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Brujería – “Pocho Aztlan”

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En sus inicios y hasta hoy, si hay algo que caracteriza al rock y al metal en particular, es el sentimiento de rebeldía ante el estado actual de cosas, el que se expresa principalmente por esa afinidad a los entes ocultos, como un  golpe a la cultura del establishment. De eso se ha escrito mucho y qué mejores testimonios de esto que los discos de los años 80, explícitos en lo macabro, lo oscuro y lo agresivo. Sin embargo, en la actualidad esta aura se ha atemperado en parte por su excesivo uso –y consiguiente pérdida de novedad–, aun cuando sigue predominando fuertemente. En el mundo complejo hay otras formas de canalizar esa insubordinación, y existen bandas que han dejado el lado seguro que entrega el prototipo rockero para adentrarse en otros recovecos de indocilidad, como, por ejemplo, el humor y la cotidianeidad de la vida misma.

brujeria-01Brujería, con su último disco de estudio, “Pocho Aztlan”, es un excelente exponente de aquello. A ratos, este opus muestra el grindcore más furioso (“Culpan La Mujer”, “Satongo”) y luego divaga en el humor negro característico de Juan Brujo y compañía, en canciones como la genial “México Campeón”, la perezosa “Bruja” o la versión basada en el clásico de Dead Kennedys  “California Uber Alles”, renombrada como “California Uber Aztlan”. Particularmente este último aspecto ha molestado en cierta forma a aquel público más ortodoxo en su entendimiento de lo que tiene que ser la actitud “metalera”, no obstante, es innegable que es un agente catalizador de irreverencia, algo que escasea en su originalidad hoy en día. En ese sentido, Brujería es una banda que plasma muy bien los variopintos elementos de los que se vale para mostrar su mezcolanza de metal pesado.

Pero por más que los aspectos reseñados en lo precedente sean los más llamativos, el metal agresivo y sucio de Brujería ocupa un lugar preponderante en todo “Pocho Aztlan”. Sin ir más lejos, en este trabajo –quizás como en ningún otro– se destaca de manera preponderante el trabajo en las cuerdas de Hongo (Shane Embury) y de El Cynico (Jeff Walker). Temas como “Debilador”, “Profecía Del Anticristo” o “Plata o Plomo” escupen riffs asesinos, que no  hacen extrañar en nada a Dino Cazares, considerado por muchos junto con el Brujo como el alma de Brujería. Acá los integrantes de Napalm Death  y Carcass dejan bien en claro que esto no se trata sólo de un  proyecto paralelo, sino que es algo que va en serio. Sobre estas bases llenas de grindcore, Juan Brujo arroja todas sus diatribas contra la religión, su descripción gráfica del narcotráfico y, quizás el elemento que predomina las líricas en este álbum, la falta de identidad de aquellos de origen mexicano pero nacidos en suelo estadounidense, y por eso mismo despreciados por ambas sociedades (“pocho” es un término despectivo utilizado en México y el sur de Estados Unidos, que describe a aquella persona de origen mexicano nacida fuera de México y que, por consecuencia, no encuentra bien determinada su identidad).

brujeria-02En otros aspectos, y como un elemento crítico de esta placa, está el hecho de que al contrario de las otras producciones de Brujería, “Pocho Aztlan” no se siente como un trabajo unido, sino más bien como un compilado de las mejores canciones que  los californianos han compuesto durante los más de 15 años que duró su receso creativo. En ese sentido, falta cierta coherencia narrativa que logre juntar a sus personajes dentro de un todo más amplio. Así, por ejemplo, la ya nombrada “Bruja” debe ser una de las más aburridas que Juan Brujo haya escrito y no se justifica; por otro lado, un tema con mucho potencial como “Isla De La Fantasía” se vuelve soso con el exceso de arreglos vocales, y “Códigos” no logra crear la atmósfera misteriosa que pretende, justamente por no estar acorde con la idea del álbum en su conjunto, a pesar de que por separado puede ser un buen tema.

En definitiva, Brujería se encuentra en una etapa de maduración, pero siguen fieles a la irreverencia que los vio nacer, aquella mezcla de satanismo, narcotráfico, inmigración y humor negro. Por consiguiente, la rebeldía se muestra intacta y sin estereotipos para encajar. Brujería es una banda de desadaptados y por eso consiguen la más absoluta libertad, aquella que les permite tocar el metal más crudo y hablar de fútbol a la vez. Brujería no es tan serio y, por lo mismo, hay que tomarlos muy en serio.

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Descendents – “9th & Walnut”

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9th & Walnut

La trayectoria de Descendents habita en una doble marginación: por un lado, están dedicados al hardcore y al punk, un par de estilos que en su momento fueron contraculturas incomprendidas, aunque hoy gocen de prestigio histórico y, por otro lado, dentro de su mismo círculo siempre fueron un bicho raro, nunca se vistieron como punks (muchas veces una condición discutiblemente excluyente en esta y otras corrientes del rock más radical), ni quisieron jugar con esas mismas reglas estilísticas, trasuntando el pop de guitarras de The Beach Boys con los bajos vibrantes del post punk. Así y todo, se apuntaron con el seminal “Milo Goes To College” en 1982 para luego comenzar con una espiral de cambios de formaciones, hiatos definidos e indefinidos, y mayormente el ir y venir de Milo Aukerman, su vocalista y origen de la icónica marca registrada de la banda. Casi cuarenta años después llegan con su octavo disco, “9th & Walnut”.

Citar a “Milo Goes To College” viene muy al caso para hablar de “9th & Walnut” porque fueron canciones creadas en esa locación del sur de California y, en ese entonces, específicamente entre 1978 y 1980, cuando en su formación contaban a Bill Stevenson en la batería, Frank Navetta en la guitarra, Tony Lombardo en el bajo y el recién llegado Auckerman. Lo que hoy se presenta como un nuevo álbum de estudio en este milenio pudo perfectamente haber sido la continuación de aquel debut, pero la vocación de biólogo molecular de Auckerman pudo más y lo alejó del cuarteto como varias veces más durante la historia de la banda. En 2002, antes de la lamentable muerte de Navetta en 2008, se reunieron a plasmar todas estas tomas que quedaron en el aire y el resultado, junto con regrabaciones hechas en plena pandemia durante 2020 de su primer single “It’s A Hectic World / Ride The Wild”, es este puñado de canciones frenéticas.

Resulta anecdótico que Epitaph haya sido la casa discográfica de este álbum y de su anterior trabajo, “Hypercaffium Spazzinate”, porque es una relación de ida y vuelta: sin Descendents, gran parte del catálogo de Epitaph y del punk pop en general no existiría, o habría tomado un rumbo desconocido; Green Day, The Offspring, Rise Against y otros hoy andan por una carretera de alta velocidad que pavimentaron los californianos. Al mismo tiempo, Descendents se sirve de la actualmente amplia red de difusión del sello para entregar a todo el que lo quiera oír un larga duración potente, aunque bastante más contenido y menos espacioso en términos de sonido que su predecesor, desde el inicio con “Sailor’s Choice” hasta el final con “Glad All Over”, cover de The Dave Clark Five, otro guiño al pop de guitarras de los sesenta. Canciones como “Tired Of Being Tired”, “I’m Shaky” o “Mohicans” parecen justamente estar ahí a manera de puerta giratoria entre el mersey beat y el hardcore.

Por supuesto, hay latigazos punk como títulos rozando lo cliché, tales como “You Make Me Sick” o “Yore Disgusting”, o canciones para mosh pits cuarentones como “Like The Way I Know”, e incluso le dan espacio a píldoras disonantes como “Grudge”, donde el bajo de Lombardo no sólo se encarga de dar el puntapié como a muchas de las canciones de “9th & Walnut”, sino también redirigir el punto focal de la canción y dejar que la guitarra de Navetta se sumerja en el caos, y que la batería de Stevenson se mantenga como un motor inacabable, mientras que la voz de Auckerman se luzca como una de las más constantes y reconocibles del panorama punk, una versión ochentera de Pete Shelley de Buzzcoks, pero mucho más enrabiada y tosca cantando al desamor juvenil y a sentirse un desencajado social.

Este álbum probablemente no está pensado para ser el mejor de la banda, pero no defrauda. Sabido es que hay artistas, y muchas veces variantes del rock completas, que son una suerte de copiar/pegar de ellos mismos o de otros compañeros de rubro y que, a la larga, en su conjunto formar un bloque macizo y difícil de picar, y el punk no es la excepción. La gracia de “9th & Walnut” radica en recordarnos, aquí y ahora con ideas de aquel entonces y con la destreza de los años, por qué gozan de la reputación de ser una de las grandes bandas en la historia de este estilo, elaborando un ejercicio de nostalgia que no suena a punk trastabillante ni a una muralla mecanizada carente de mayores objetivos que pegar un guitarrazo en la cara, sino que a algo en medio, algo propio y reconocible, y pocos pueden decir eso.


9th & WalnutArtista: Descendents

Disco: 9th  & Walnut

Duración: 25:14

Año: 2021

Sello: Epitaph


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