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Blur – The Magic Whip

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Pocas bandas logran un reconocimiento tan amplio con el paso del tiempo como ha ocurrido con Blur. Tal vez es la multiplicidad de estilos y matices que ha dominado Damon Albarn en sus proyectos, la perspectiva que entrega el tiempo, o la posibilidad de leer la música editada por el cuarteto de Essex sin el marco molesto de su “guerra” con Oasis, pero lo cierto es que Blur ha ganado un respeto transversal que pocos se atreven a negar. Parte importante de esto radica en la solidez de la banda en vivo, la cual pudimos observar en noviembre de 2013, pero una duda rondaba: ¿Qué más podría hacer Blur, además de reeditar sus clásicos de antaño? La respuesta llegó en forma de álbum. “The Magic Whip” es el octavo disco de estudio de Blur, que llega doce años después del irregular “Think Tank” (2003) y dieciséis desde el último disco con Graham Coxon en la banda, “13” (1999), y aunque estos dos últimos trabajos se caracterizan por la experimentación y la necesidad de sonidos nuevos, pese a que fueran más difíciles de leer por las audiencias masivas, en “The Magic Whip” la apuesta es a la mezcla entre los colores sonoros del Blur más complejo, con la dinámica y estructura del Blur más lúdico y fácil de digerir.

BLUR 01Si hay un ripio claro en el octavo álbum de Blur es la apariencia deslavada que tiene el registro, lo que probablemente venga del tiempo breve en el que se generó su material, con Blur armando la música en unos días libres que tuvieron en Hong Kong, y luego con Graham Coxon y el productor Stephen Street insistiendo en trabajar con ese material, que a Damon Albarn le parecía un entramado de ideas buenas más que canciones bien ejecutadas. Coxon y Street, como en los viejos tiempos, dotaban a Blur del sonido más bluresco. Pero claro, Albarn tenía un punto, y a veces las composiciones no tienen el momentum para empujar los diferentes rumbos que transita el disco, lo que hace que a veces se sienta el peso de una propuesta madura y bajo ciertas estructuras clásicas, pero no por ello menos efectivas.

Es esa falta de fluidez en ciertos momentos lo que algunos han considerado también que es la “falta de corazón” en “The Magic Whip”, pero lo cierto es que en materia de sonido y en las interpretaciones a lo largo de los doce tracks, nos encontramos con una banda en el peak de sus capacidades y con la conciencia de que, aunque a lo largo de su historia hayan experimentado tantos colores, son los pintores lo que se mantienen ahí, y por lo tanto su obra será lo que ellos sean capaces de dotar a su bastidor. Este álbum es todo lo que se puede esperar de Blur en 2015, a 27 años de su partida, siempre innovando, nunca repitiéndose a ellos mismos, y he allí la relevancia de este trabajo: la confirmación de que Blur no volvió para simplemente hacer caja, sino que la existencia de una curiosidad por lo que ya habían hecho juntos, y también por las posibilidades de seguir generando algo valioso en conjunto.

BLUR 02A simple vista, muchos tracks del disco como “New World Towers”, “Ice Cream Man” y “I Though I Was A Spaceman” aparentan ser un material muy Damon Albarn, similar a su excelente “Everyday Robots” (2014), y quizás formaron parte de las inquietudes de Damon en el momento de la composición, pero hay algo en la dinámica, en los quiebres de compás y también en el sonido de los instrumentos, que logra traspasar la frontera de lo que ha hecho Albarn como solista, muy introspectivo y delicado, para generar una sensación más desoladora y profunda, más convocante, donde lo ruidosa de la guitarra de Coxon y las líneas de bajo de Alex James son partes relevantes de canciones aparentemente simples y que no son tan así. Y esto es importante porque, claro, en la última década es Damon el que ha captado atención y respeto transversal hacia su obra, con muchos proyectos, pero en “The Magic Whip” quien tiene el lugar más importante, sin ser el centro, es Graham Coxon. Sin las intervenciones claras pero cuidadas del guitarrista y del productor Stephen Street, probablemente este disco no sería tan profundo en lo que consigue. La muestra más clara de esto está en los tracks más nostálgicos, como “My Terracota Heart”, y también en los más parecidos al disco “The Great Escape” (1995), como “Go Out” y “Lonesome Street”.

Blur excede expectativas en “The Magic Whip”, moviéndose entre lo ceremonioso (la excelente “There Are Too Many Of Us”) y lo más feliz y convocante (la dedicable y guitarreable “Ong Ong”), ofreciendo más de lo esperado porque, claro, lo obvio era pensar en un disco muy Albarn, con canciones poco sorprendentes o con vocación nostálgica del pasado, pero lo que encontramos es el presente de Blur, y eso se notará aún más en la potencia con la que estas canciones, con –como dijimos- apariencia deslavada a veces, ofrecerán en las versiones en vivo. Porque Blur está más vivo que nunca, y eso no es un acto de magia.

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Oh Sees – “Face Stabber”

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Face Stabber

Camaleónica es una palabra que queda corta al definir la carrera de Oh Sees, nombre con el que, tras siete bautizos, se hace llamar la banda californiana fundada en 1997. Lo anterior se debe a que la experimentación y el cambio han sido las consignas de la agrupación encabezada por John Dwyer, y con el presente LP, “Face Stabber”, los norteamericanos las hacen más propias que nunca. Siguiendo el camino trazado por sus antecesores “Orc” (2017) y “Smote Reverser” (2018), el disco se basa en un fuerte coqueteo entre el garage, el progresivo, el noise y el pysch-punk, convirtiéndose en toda una experiencia.

La apertura con “The Daily Heavy”, el cual se posa esplendoroso con el ruido dominante de un juguete de goma siendo presionado en forma repetitiva para marcar el paso, funciona como argumento a la hora de afirmar que no hay límites en la exploración de nuevos sonidos, aquello que los ha empoderado para ir más allá de lo que sus seguidores y ellos mismos hayan podido imaginar. Posteriormente, la canción se funde con una variada instrumentación que sigue un ritmo punk y guitarras que hacen solos a su antojo e incorpora, de forma intermitente, la voz de Dwyer para sazonarlo con oscuridad y dureza.

La sencillez del estilo que tiene como exponentes a Ty Segall y Black Lips, se hace evidente en los primeros segundos de “The Experimenter”, la cual –haciendo honor a su nombre– permite que la doble batería y las cuerdas desenfrenadas se mezclen con sonidos futurísticos, electrónicos y ambientales de ciudad y de puerto, dando rienda suelta a la creatividad de sus miembros. Luego, “Face Stabber” da el paso al estruendo y saturación propia del metal, encontrando cobijo en este corto pero intenso tema; en él, los platillos gritan fuerte y van de la mano de cargados wah-wahs, lo que sólo le añade rudeza y vigor.

Una novedad interesante que aporta este larga duración es la inclusión de extensas piezas musicales, con “Henchlock” llevándose el oro como pista más larga en los 22 años de carrera de Oh Sees. A pesar de que la inclusión de canciones que superaban los siete minutos se venía dando desde 2017, este track expira pasados los 21 minutos. Esto podría constituir una especie de homenaje a bandas como Pink Floyd, quienes se atrevieron a lanzar pomposas composiciones tanto en instrumentación como en tiempo, tales como “Echoes”, “Atom Heart Mother” y “Dogs”. Concebidas bajo el alero de una dinámica propia de una agrupación de jazz, “Scutum & Scorpius” y “Henchlock” contienen diversos guiños al progresivo de la década del setenta. El mellotrón, los sintetizadores, las cajas y el hipnotizante pero operático ritmo de la misma, intervenido por sabrosas guitarras eléctricas comandadas por diversos pedales, coronan a ambas piezas como dignos viajes en el tiempo a la escena rock que marcó pauta hace medio siglo.

Sin embargo, no todo es fantasía y afán por superarse a sí mismos en términos experimentales. Si bien, Dwyer es un compositor delirante y onírico, no por ello es menos crítico. En esta ocasión, el líder se posiciona de manera belicosa contra los políticos y sus mentiras en “Snickersnee”, donde no duda en bombardear a la clase gobernante. Esto lo hace acompañado por cajas que le ayudan a emprender y dirigir la marcha, a las que se suman penetrantes y agudos riffs e intervenciones de guitarras que se derriten alla 8-bit en el ocaso de la canción ayudada de sintetizadores.

No apto para auditores ansiosos, “Face Stabber” constituye una agotadora pero gratificante experiencia para quienes gozan de perderse en la inmensa nebulosa sonora. El disco es rudo, pero seductor; fantasioso, pero real. La exquisita ejecución y mezcla de estilos y subgéneros del rock hacen que el ambicioso vigesimosegundo lanzamiento de la ecléctica banda sea tanto envolvente como potente.


Artista: Oh Sees

Disco: Face Stabber

Duración: 79:51

Año: 2019

Sello: Castle Face


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