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Bloc Party – “Hymns”

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Si del ya lejano siglo XX los críticos argumentan que legó una vasta tradición en materia de estilos musicales y de sonidos, ¿qué podría decirse de las casi primeras dos décadas del siglo XXI en el siglo próximo? Una conjetura que no tiene resolución hoy día y de la cual tampoco nos enteraremos. Sin embargo, si hay algo claro en la música de este siglo, es que la movida indie –tan difusa en su conceptualización, pero evidentemente nutrida de exitosos y recordados experimentos musicales– ha sido un género que ha superado las artificiales fronteras de las periodificaciones del tiempo para asentar escenas musicales en rincones del planeta tan alejados como diversos. En este sentido, si en el siglo próximo ha de hablarse de la música de nuestro tiempo, no puede quedar fuera de cualquier comentario que se precie de serio la banda londinense de Bloc Party.

BLOC PARTY 01Dicen que el silencio y el alejamiento proporcionan nuevas miradas al camino ya andado. Con esto sobre los hombros, la banda liderada por Kele Okereke se propuso volver al estudio y concretar un nuevo trabajo, cuyo resultado son 15 canciones que abandonan la rudeza característica para abrazar unos sonidos melodiosos, profundos, bailables e introspectivos. A más de diez años de un debut demoledor con “Silent Alarm” (2005), y a cuatro años de su último trabajo, “Four” (2012), Bloc Party emprende un nuevo camino con su quinto álbum, titulado “Hymns”, trabajo que los sitúa lejos de su zona de confort y que los desvía de su camino hacia una nueva identidad. Es claro entonces que hay pocos elementos en estas 15 canciones que nos permitan reconocer a la banda de antaño, pero es un disco al que hay que prestarle atención.

Una introducción lenta y larga se avecina con “The Love Within”, una canción que juguetea con un sintetizador bien pensado y que, a medida que se desarrolla, ilumina con mucha energía el inicio del disco. Momento bailable que claramente desentona un poco con el tenor general de las otras composiciones. Con “Only He Can Heal Me” tenemos un momento más introspectivo al presentarnos un sonido monótono, lúgubre pero también intenso. Es una canción que algo de atmósfera post punk nos entrega en unos poco más de 4 minutos. “So Real” es una canción pop, con una batería acompasada, con unos retazos de guitarra, y un bajo que llena todo el espectro sonoro de la composición.

El recorrido se pone algo más rudo con “The Good News”, que en algo recuerda a la banda de la década anterior con un sonido indie claramente más marcado. Guitarras definidas en medio de una lírica profunda y directa. “Fortress” es nostalgia pura, vocalizada con tristeza y con un coro que llama a mirar el presente, es decir, decepcionarse pero finalmente seguir. Esta última canción enlaza perfecto con el inicio de “Different Drugs”, al presentarnos un tema con una batería que lleva el ritmo y que además hace aparecer unas largas líneas de guitarra que ascienden y descienden repentinamente. “Into The Earth” es reconocible por su identidad noventera, juguetona y por su suave melodía. Canción que significa otro momento de alegría después de tanta oscuridad. “My True Name” y “Virtue” son dos claves para entender el virtuosismo y versatilidad de Bloc Party, que, pese a tantear nuevos caminos sonoros, se permiten demostrar y traer algunos trozos de los grandes trabajos que los llevaron a la cima. Canciones que entremezclan coros, alegorías, toques de guitarra y una atmósfera totalmente discotequera. Ya casi al final (de la edición de lujo extendida) aparece “Eden”, BLOC PARTY 02una suerte de experimentación donde el sintetizador está muy presente, pero queda al debe por no entrar con un clímax sonoro y mantenerse por largos minutos flotando en los sonidos. “Paraíso” y “New Blood” son dos cortes emparentados no tanto en lo sonoro, sino que más bien en lo discursivo, pues ambas hablan y manifiestan la permanente preocupación por aquello que está más allá de la materia y las posibilidades que las crisis proporcionan para crecer.

El epílogo de este extenso recorrido lo culmina “Evening Song”, una canción triste, melancólica y aletargada, llena de texturas oscuras dadas por un bajo lejano, una batería casi ausente y una guitarra que se desliza muy suavemente. Para ser justos, estamos lejos del Bloc Party de hace una década, no obstante, “Hymns” es un trabajo que, más allá de las coléricas críticas, representa una fase transicional de la banda. En el disco hay implícita una voluntad por mostrarse honestos y sinceros que se valora más que seguir repitiendo la, a veces, tan sencilla fórmula del éxito.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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