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Utopia Utopia

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Björk – “Utopia”

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El espejo es inclemente. El paso del tiempo es implacable. Los cambios forzosos desgastan, y eso se nota en las arrugas que no irrumpen de golpe, pero que se acumulan al pasar los años. Cuando hay traumas, asociados a derrumbes reales y metafísicos, las heridas pueden estar dentro o fuera del cuerpo, y el espejo en las mañanas lo recuerda sin necesidad de memorias. Desde esa falta de perdón deviene la reconstrucción, la reinvención y, a veces, hasta la resurrección. Son esos procesos, y la capacidad de pasar por encima de ellos, lo que mueve a Björk en su décimo álbum, “Utopia”, donde la islandesa muestra su nueva forma de enfrentar la vida tras quiebres familiares, de pareja y con ella misma. Esto se nota con claridad en la música, donde Arca se vuelve su perfecto partner para exponerse con transparencia, brutal como sólo se le pudo ver en “Vulnicura” (2015), pero además versátil como en los mejores pasajes de “Homogenic” (1997). En ambos discos, de hecho, pareciera que se erigieran parajes completos, con montañas, mesetas y lagos, con mares, nubes y vegetación, porque nuevamente se trata de Björk construyendo luego de un desastre, claro que en esta ocasión la tarea le es más monumental.

Como ella se nota que está llena de amor, la gran tarea es transformar lo vasto de su persona en algo factible de asir, porque la dificultad que se presentaba en la era más reflexiva de Björk –post “Volta” (2007)– fue evitar lo celestial de un trabajo de características casi divinas como el de la cantautora. Todo lo que vino después de “Volta” iba en pos de dotar de un halo extraterrenal a sus sensaciones: en su momento de mayor humanidad, materializando una familia, quizás lo más común de una vida; sus ansias de ir más allá la iban alienando un tanto.

Musicalmente, hubo una tendencia por evitar el pop sintético y abrazar lo teatral, y eso se acentuó en “Vulnicura”, que era un disco de pleno quiebre. La inmensidad quedó más clara que nunca, pero a través del vacío, de la carencia, de las ausencias que generaban ecos y un disco con mucho espacio y belleza dentro de la tristeza. Ahí es donde “Utopia” puede elaborar: en vez de invitar al espejo a hacer lo suyo, Björk lo pone en frente de ese abismo, expande aún más los horizontes y les da sentido.

El hablar de espejos no es casual. Hay canciones en “Utopia” que se disponen como una respuesta directa a las del disco anterior. “Body Memory” es una de las piezas más largas del álbum, y en este caso es un complemento a “Black Lake”, track más desgarrador de “Vulnicura”, donde en vez de pensar en ese lago negro, se busca darle vida, recordando los ecos de un pasado en el cuerpo, en las huellas que quedan. Otro punto relevante del sonido que define a “Utopia” es la presencia de flautas, un instrumento que es mucho más humano, dependiendo de la respiración y el ritmo dispuesto, casi igual a la voz, uno que había sido objeto de la atención de Björk en “Medúlla” (2004). Las flautas otorgan calidad, en tanto que la electrónica dispuesta por Arca (quien aparece como colaborador directo en casi la totalidad de los tracks) genera quiebres que complejizan a las canciones aún más.

“Utopia” brilla en terrenos densos, y es prácticamente un big bang para la artista islandesa. Luego de que un universo se termina, de inmediato surge otro, y los primeros momentos son frenéticos, bellos, y el tiempo se flexibiliza para finalmente entregar definiciones y un nuevo espacio, amplio, oscuro, pero que mediante una vocación de transparencia y honestidad Björk saca adelante en su disco más largo a la fecha, uno donde ella misma se dispone como un imposible, y lo entiende y abraza. Genialidad desde el dolor, desde el reflejo del alma, como sólo ella puede hacerlo.


Artista: BjörkUtopia

Disco: Utopia

Duración: 71:39

Año: 2017

Sello: One Little Indian


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El Álbum Esencial: “La Voz de los ’80” de Los Prisioneros

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La Voz de los 80

Jorge González dijo una vez que el primer disco de una banda toma mucho tiempo porque el proceso parte desde que naces hasta que cumples edad para grabarlo, mientras que para el segundo sólo cuentas con un par de meses debido a la presión del sello. “Corazones” (1990), en rigor el primer trabajo de Jorge como solista, goza de un sonido pulcro y de una genialidad compositiva totalmente atemporal, “La Cultura de la Basura” (1987) cuenta con atisbos de experimentación y materializa el virulento sarcasmo social de la agrupación, y “Pateando Piedras” (1986) representa el cénit creativo del grupo produciendo un trabajo de alta calidad, que los posicionó como un suceso de masas. Pero es “La Voz de los ’80” el que encapsula esa energía primal, rudimentaria y cruda, que rompió con todo lo establecido como signo de una catarsis a nivel nacional en un país sumido en una gris dictadura.

Son diez cortes nacidos en la adolescencia de tres jóvenes de San Miguel que aplanaban las calles de la capital chilena entre interminables conversaciones sobre la música y su entorno. Nacieron como una banda de colegio, tocando en festivales escolares muchas veces con instrumentos prestados, sin embargo, su equipamiento más valioso eran sus canciones, creaciones que son la consecuencia de una mezcla ecléctica entre lo mejor de la música juvenil de la época, léase The Cars, Depeche Mode, New Order o The Clash, con la tradición auditiva de cualquier casa de clase media, como Raphael, Camilo Sesto o Salvatore Adamo. La sensibilidad pop con la aspereza del rock al servicio de letras inteligentes, llenas de sarcasmo, que se derraman en un disco que en la actualidad parece un compilado de grandes éxitos.

La capacidad que tuvo Claudio Narea, Jorge González y Miguel Tapia para retratar a su generación, el momento político y la cultura pop, es el gran valor que hace a este disco permanecer en el tiempo. La juventud que aparece en “Brigada de Negro”, esa que nada en alcohol y tabaco, es casi tan difusa como la sombría línea de bajo de González que serpentea por toda la canción, mientras Narea marca el ritmo con sus acordes y Tapia promueve una batería marchante, que narra la hipocresía juvenil de una felicidad hedonista que difícilmente era la realidad de la clase media asolada por la política neoliberal de los Chicago Boys. Parte de esa atmósfera aparece en “La Voz de los ’80”, canción que remece con la energía rabiosa de un trío que se quería comer al mundo desde el primer momento. A pesar de que cada obra esté anclada a su época, lo importante es cuando esta trata temas tan universales que se van repitiendo generación tras generación.

El primer larga duración de Los Prisioneros es un disco que siempre será joven, porque refiere a los temas que vive cada chiquillo o chiquilla desde que esta etapa de la vida humana emergió como una forma cultural en sí misma, después del destape mundial en los años 50. Tanto el relato del despertar sexual que se palpa en “Eve-Evelyn”, como la posterior desolación amorosa de carácter invernal de “Paramar”, son impulsivas y encaran la frustración amorosa con un relato original, el mismo que sale disparado de los parlantes de manera un poco más furiosa en “Mentalidad Televisiva”. Y ¿si la chica que perdió su imaginación para instalar un video tape ahora la perdiera para instalar la última actualización de YouTube, Snapchat o Instagram? Son los temas que, entre la ingenuidad y suspicacia, instalan esas verdades que siempre vamos a vivir, estemos en la época que estemos.

Esa aterrizada visión que ostentaba el trío siempre los hizo ver como algo distinto en un panorama musical un tanto agreste. En la primera mitad de los 80 la música de guitarras era marginal en nuestro país, el rock estaba relegado a encuentros que, si bien cimentaron gran parte de lo que después se expresaría en el underground criollo en estilos más extremos como el thrash o el punk, se veían aplastados por la culturalidad de un régimen que impuso firmemente su manera de ver la realidad, contexto clave para entender letras como “Latinoamérica Es Un Pueblo Al Sur De Estados Unidos” y “No Necesitamos Banderas”, que recogen elementos foráneos como el reggae y el ska para alinearlos a nuestras características locales. Esto choca de frente con la postura del sonido imperante en el mundo universitario dominado por el Canto Nuevo, forjado desde las raíces propias de nuestra música, y no al revés, como en el caso del rock.

Las letras pomposas y repletas de metáforas, adornadas con la complejidad de los acordes de una guitarra acústica, no podía ser más distinto al mensaje directo de “Sexo” o de “¿Quién Mató A Marilyn?” que, tomando elementos de la cultura pop, prefiguran un mensaje directo, conciso y simple de entender, aunque no por ello menos contundente. Es por eso que “Nunca Quedas Mal Con Nadie”, grabada el 6 de diciembre de 1984 –mismo día en que Jorge cumplía 20 años–, emerge como una crítica tanto a ese movimiento como también a la liviandad de las bandas que compartieron un terruño que Los Prisioneros nunca quisieron habitar. Aparato Raro, Cinema, Valija Diplomática, Emociones Clandestinas, seguidos de un largo etcétera, se subieron al carro del nuevo rock chileno y recibieron un mejor trato de las emisoras locales, cosa que no pasó con los de San Miguel, precisamente por lo filudo de su lírica.

Famoso por sus frases para el bronce, el otrora vocalista de la banda expresó: “Pocas veces nos hicieron una crítica en un diario, y las veces que lo hicieron, era para decirnos que éramos pésimos, lo último, que sonábamos mal, que no servíamos para nada y que éramos una moda no más”. El tiempo no se ha cansado de probar lo equivocado que estaban los tabloides del momento. Desde aquella foto tomada en la Vega Central en la que se ve a tres muchachos sosteniendo sus instrumentos, hasta esa camisa apuñalada como carta abierta a un amor imposible que vino a cerrar la primera etapa del grupo después de la vuelta a la democracia, Los Prisioneros marcaron a fuego la historia de nuestro país.

Su valor no está condicionado por el mero hecho de retratar a una generación que vivió momentos sombríos ­–lo que ya sería un mérito–, sino que recae en cómo tres miembros de esas escuelas numeradas, en las que les enseñaban humildad y resignación, lograron establecer un mensaje que resuena hasta el día de hoy y que se mantiene totalmente vigente. Eso habla tanto de la inteligencia de sus letras, como de una sociedad que siente un romanticismo exacerbado por muchos elementos de la cultura de épocas pasadas, sobre todo en lo que se refiere a los años 80; no por nada se sigue escuchando en la radio casi la misma música que alguna vez llamó la atención de Narea, Tapia y González.

En la actualidad, Chile sigue teniendo problemas limítrofes (“no necesitamos banderas, no reconocemos fronteras”), sigue luchando contra el machismo (“…y les sigues el juego, y les das tu dinero, y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”) y seguimos presa del cinismo ahora exacerbado por las redes sociales (“pretendes pelear y sólo eres una mierda buena onda”). Los Prisioneros cambiaron la forma de ver la realidad, pero parece que somos nosotros los que no hemos cambiado tanto.


Artista: Los PrisionerosLa Voz de los 80

Disco: La Voz de los ’80

Duración: 40:22

Año: 1984

Sello: Fusión / EMI Music


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