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Beardfish – +4626 Comfortzone

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¿Cómo podemos definir el rock progresivo actual? Quizás muchos afirmen que es una pelea de egos de nunca acabar, de solos tediosos y eternos, que su ejecución es prolija pero aburrida, o que la cohesión dentro de cada banda es nula, e incluso creer que muchas agrupaciones resultan ser una copia redundante y excesiva de exponentes consagrados. Bueno, todo esto es lo que precisamente Beardfish no es. Una propuesta singular en cuanto a estructura, cargada a un sonido envolvente, el cual hace rememorar a bandas del género como Yes, Jethro Tull e incluso a los nacionales de Congreso, posicionando, sin ser insulsos, un sonido clásico sin caer en lo obvio, y trayendo de vuelta la destreza ligada con la naturalidad y la simplicidad melódica agradable de digerir de los 70, hoy en día casi extinta.

BEARDFISH 01Su octava entrega, nos sumerge en una historia bárdica de antaño, relatando distintos parajes emocionales. “The One Inside: Part 1 (Noise In The Background)” es el prólogo de voz discursiva que nos sitúa en la antesala de lo que escucharemos. Con un riff muy pausado, junto al sonido de un violín ahogado, da la cuota de nerviosismo por lo que vendrá, y es así que de inmediato se presenta “Hold On”. El bajo de Robert Hansen se introduce de manera muy dinámica a una canción que tiene el poder de despertar la expectación de este trabajo. “Comfort Zone” resulta ser un bálsamo después de dos tracks potentes en destreza e intensidad; una muestra limpia y homogénea en ejecución y técnica, potenciada por la guitarra melancólica e in crecendo de Zackrisson, acompañada de una voz que hace gala especial de su gran registro y una ejecución del teclado impecable por parte de Sjöblom, dando la cuota exacta de melancolía y sobrecogimiento al relato.

El caso de “King” al principio puede sonar desconcertante en su forma conceptual, pero se hacen notar casi de inmediato que lo que proponen los suecos es mantenernos con el factor sorpresa, dando la impresión que en este caso quieren honrar el legado que los precede. Con riff de guitarras y tonos característicos en ellos, pero acompañado de intenciones en voz y fraseos que hacen eco a un Dream Theater de a mediados de los 90’, nos apronta al clímax de la obra. Esto, sin dejar de lado el sello particular de la banda.

BEARDFISH 02“The One Inside: Part 2 (My Companion Through Life)” es el que da inicio al segundo acto, mostrándonos acordes de guitarra acústica que la hacen particularmente única. En este punto no hay duda de que Beardfish sorprende, pero con “Daughter / Whore” demuestran su versatilidad. Al principio impacta  por acordes y solos reconocibles en el thrash noventero, para luego cambiar a una melodía gratamente reconocible en ellos, pero sin dejar de lado la intencionalidad crossover, haciendo la voz de Sjöblom irreconocible a ratos. “If We Must Be Apart (A Love Story Continued)”, el track más largo del disco, es una catarsis que recorre todo lo que hemos escuchado con anterioridad, para cerrar con  “Ode To The Rock ‘N’ Roller” y “The One Inside: Part 3 (Relief)”, este último un epílogo que sella la obra de los suecos con una despedida que está lejos de ser un adiós, sino la culminación de un capítulo más para la banda. Sin la necesidad de rebuscar en la ejecución, se involucran en algo más actual dentro de lo que es la escena del rock progresivo, dejando en evidencia que su propuesta no es por carencias de interpretación, sino todo lo contrario: están cimentadas bajo la búsqueda y la reinvención perpetua.

“+4626 Comfortzone” hace precisamente eso, situarnos en nuestra zona de confort, a diferencia de sus antecesores “The Void” (2012) y “Mammoth” (2011). En esta oportunidad nos entregan la posibilidad de escucharlos y deleitarnos con un sonido prolijo y sin mayores pretensiones, pero sin dejar de evolucionar musicalmente. Nos hace ser capaces de entender que estamos frente a un álbum con una estructura que nos cuenta una historia; conceptual y fácil de interpretar sensorialmente, con actos y tiempos que varían en intensidad y matices en cuanto a estilo, sin dejar posibilidad alguna al aburrimiento o a la monotonía, reacción que suele pasar al escuchar este estilo.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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