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Band Of Horses – Mirage Rock

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“Mirage Rock” es el cuarto álbum de estudio de los oriundos de Seattle, que sucede al exitoso disco “Infinite Arms” (2010) y que ofrece una nueva faceta del quinteto. La placa fue grabada en los estudios Sunset Sound de Los Ángeles y contó con la producción del connotado Glyn Johns, quien ostenta el haber trabajado con monstruos de la talla de The Beatles, Bob Dylan, The Rolling Stones, Led Zeppelin, The Who, Eric Clapton, entre muchos otros. Este trabajo consta de once canciones, y para los que reserven el álbum vía iTunes incluirá un track adicional con el nombre de “Ego Nightmare”. El disco será editado bajo la etiqueta Columbia Records.

“Knock Knock” es la canción encargada de abrir el disco y también el primer sencillo que se desprende de él. Desde sus primeros acordes deja en claro que la propuesta de Band Of Horses varía sustancialmente respecto a sus anteriores trabajos, en base a una melodía rápida, llena de energía y un pegajoso estribillo. El álbum continúa con “How To Live”, que baja las revoluciones de la mano de sonidos mucho más pausados, y secuencias de percusión y cuerdas con matices muy cercanos al country. “Slow Cruel Hands Of Time”, el tercer corte de la placa, llena la atmósfera de emotividad y nostalgia, con un delicado riff de guitarra y la delicada voz de Ben Bridwell que brilla con luces propias. “A Little Biblical” rompe el letargo emocional, con una melodía que, sin ser particularmente potente, destaca por su sentido lúdico y aura distendida. La exquisita base melódica de “Shut In Tourist” de inmediato produce un efecto de relajación y tranquilidad, algo mucho más cercano al sonido más primitivo de la banda. Una hermosa pieza que marca el cierre perfecto a la primera mitad del álbum.

“Dumpster World” hace convivir dos estilos que no terminan por acoplarse, primero presenta una melodía delicada, muy propia del sonido folk rock de los sesenta, para posteriormente mutar a un rock mucho más duro, con un evidente protagonismo de la guitarra eléctrica, que aporta potencia e intensidad. “Electric Music” es prácticamente un homenaje a la alegría y vitalidad de la música country, que tiene sus mejores pasajes en el teclado de Ryan Monroe y la camaleónica voz de Bridwell. Con “Everything’s Gonna Be Undone” se muestra otra cara de los sonidos sureños, una faceta mucho más nostálgica y sentimental, con un notable acompañamiento de guitarra acústica y un contenido que pareciese provenir de lo más profundo del corazón. Sin lugar a dudas uno de los cortes más bellos del álbum. Se hace presente toda la velocidad de “Feud”, con un ritmo acelerado que no escatima en intensidad, y que además le valió su inclusión en la banda sonora del juego Fifa 2013. Las pulsaciones vuelven a decaer de la mano del medio tiempo de “Long Vows”, que permite transportarse a un plano de relajación y abstracción. El cierre de este viaje lleno de múltiples ritmos y sensaciones, corre por cuenta de “Heartbreak On The101”, otra canción plagada de desconsuelo y desolación, donde todos los créditos se los lleva una sólida interpretación que funciona en perfecta comunión con la delicada base melódica, haciendo recordar el sobrecogedor estilo de Jeff Buckley.

Con este nuevo trabajo, Band Of Horses se desmarca totalmente de la imagen que proyectó con su anterior producción, no encasillándose en un único estilo, muy por el contrario, ofreciendo una exquisita gama de sonidos y emociones que a simple vista podrían parecer disímiles, pero que en la práctica se complementan de buena manera. En este álbum podemos encontrar canciones para todos los gustos, desde cortes potentes y acelerados, hasta melodías delicadas y sensibles, que conviven perfectamente, haciendo que el disco fluya con naturalidad. “Mirage Rock” quizás no tenga todos los elementos para estar en el top ten de los mejores discos de 2012, pero sí destaca por su diversidad de sabores y su afán de proponer algo nuevo.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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