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Ases Falsos – Conducción

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Existe algo a lo que se le podría llamar “la comezón del segundo álbum”, que refiere a esa complicación de los artistas y bandas muy exitosos con su primer disco, en la preparación y lanzamiento de su segundo larga duración. Muchos, la mayoría, empeora porque, después de todo, está la vida entera para planificar el debut, pero meses para el segundo paso. ¿Qué pasa cuando esta “comezón” aparece por segunda vez? El caso de Ases Falsos es particular dentro de la escena nacional, porque la banda es el resultado de la mutación de otra agrupación, los respetados pero nunca masivamente exitosos Fother Muckers, que tuvieron 4 discos de estudio, 2 EP, un compilatorio y un disco en vivo. Una cosa poca.

ASES FALSOS 01El éxito de “Juventud Americana” (2012), debut de Ases Falsos, dejó en claro que esta era una etapa nueva y que la banda no viviría a la sombra de su pasado. El disco no sólo tuvo mucho éxito, sino que también presentó una propuesta catártica y llena de empuje en momentos en los que se vivía la resaca de un país convulsionado por las marchas y la noción de que sí existía una voz colectiva, que hábilmente tomó Cristóbal Briceño, y que condensó en quince tracks directos y con pocas concesiones. Pero una de esas concesiones fue el sonido del disco, que sin dudas no se condecía con el enorme potencial de la banda en vivo, donde logran una comunión casi perfecta con su fanaticada. Allí es donde entusiasma y da gusto “Conducción”, su segundo álbum. El disco suena perfecto, lleno de sutilezas, texturas, manejo de las capas, arreglos excelentemente bien desarrollados y, lo más importante, con las decisiones precisas para dotar a las canciones del marco que se merecen. Una madurez sonora que también coincide con la calma pop que se superpone a la catarsis rockera, muy en línea con los otros proyectos donde se maneja Briceño.

Sin embargo, en este disco es donde más se nota un sentido de banda, fuera de la aparente omnipresencia del frontman y principal compositor. Martín del Real (guitarra) comparte créditos en cuatro tracks, y Francisco Rojas (teclados y sintetizadores) realizó los arreglos de cuerdas en muchas canciones, donde destaca la participación de Magdalena Rust, violonchelista que toca permanentemente con Nano Stern. El resultado no puede ser otro que un disco lleno de colores, de intenciones y de capacidades, donde lo electrónico es una ganancia concreta, teniendo en los sintetizadores una gran novedad, muy bien lograda, por cierto, en tracks como el inicial “Mantén La Conducción” o la creciente “Plácidamente”. Triunfo concreto de Rojas, quien en vivo comenzó a hacerse necesario para el crecimiento de la banda.

ASES FALSOS 02Las canciones tienen una vibra AM que se relaciona directamente con la inquietud de Briceño por la canción romántica, como evidencia su proyecto con La Estrella Solitaria, pero ese sonido se logra de forma más atemporal que revisionista, logrando interpretar al modo de Ases Falsos las claves de un pop que vive en la profundidad del imaginario colectivo latinoamericano. Allí también se explica la inmediata buena recepción de este álbum en otras latitudes del continente, y es que aunque el anterior disco llevara por nombre “Juventud Americana”, es en “Conducción” donde los Ases logran un sonido que se escapa a las convenciones nacionales y se erige como una propuesta de ribetes latinoamericanos.

Es imposible escuchar “Cae La Cortina” sin pensar en el estilo de producción de Gustavo Santaolalla, o “Niña Por Favor” sin recordar el primer disco solista de Jorge González, o “Nada” con una vibra tan setentera y playera que pinta perfecto en un Festival de Viña de los antiguos, o el funk de la vieja escuela de “Al Borde Del Cañón”. Los sintetizadores y arreglos de la entretenida “Tora Bora” son un caso aparte, logrando un track tan desquiciado como bien armado, donde la capacidad de rescatar sonidos aparentemente de décadas pasadas consigue un caos bello, en un espacio en el que perfectamente antes podría haber quedado un desastre.

Otro foco del disco es el amor y el sentido más clásico del romanticismo. No es antojadizo que el primer y segundo singles oficiales de “Conducción” hayan sido la imbatible “Simetría” y la atemporal “Mi Ejército”, y es que parte de la reflexividad que expele el disco viene de la capacidad de mirar las relaciones humanas desde un prisma de añoranza, y no sólo de la lamentación. El amor se torna algo digno de confesar, y no algo que se guarde (“La Flor Del Jazmín”). Este trance romántico se nota también como la evolución desde ese sencillo de transición que fue “Información Sentimental”, que sin duda hubiera sido una buena adición a este disco, tanto por su sonido, como por su complejidad compositiva.

ASES FALSOS 03En vez de relatar historias mediante escenas, como ocurre mucho en “Juventud Americana”, “Conducción” incurre en frases listas para quedar impregnadas en los oídos como “La fuerza de la idea no se mide en decibeles” en “Búscate Un Lugar Para Ensayar”, la canción más cercana al disco anterior, o “voy a cantar hasta aprender a hablar” en “La Gran Curva”, pero lo que más queda grabado es la declaración de principios de la segunda parte de la robusta “Yo No Quiero Volver”, apuntando directamente a empresarios y medios, una excepción en un disco que se concentra más en sentimientos genéricos que en personas específicas.

Ases Falsos expande sus horizontes en un segundo disco que supera con creces lo logrado musicalmente en su debut, con más riesgos, tanto en lo sonoro como en lo estilístico, y donde la figura de Briceño da un par de pasos atrás para que la banda, en sí, avance y dé un gran salto. Si bien es un disco menos memorable y con menos posibilidades de identificar a una generación, como pasó con “Juventud Americana”, y que cae mucho en los clichés de los géneros que a veces homenajea, “Conducción” es sin duda un contendor potente a mejor disco chileno del año, con un sonido impecable, una producción y mezcla de gran factura, y canciones, lo que al final es lo más importante.

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El Álbum Esencial: “Undertow” de Tool

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La portada de todo álbum debiese generar impresiones anticipadas sobre el contenido que este alberga. Bajo esa lógica, ver esa especie de caja torácica roja –que en primera instancia tendría a una mujer obesa y desnuda dentro de ella, pero fue censurada– delante de un fondo negro, no puede más que desconcertar. Si a eso se le suma el intrigante título, “Undertow” (“Resaca” en inglés), esto sólo pude verse potenciado. La estética visual de todo esto simplemente respondía a la proyección del vivo reflejo de la música de Tool. Agonía y desconcierto, no existe otra forma de describirles.

Sin duda alguna, aquello que encierra esta criptica iconografía y perfora nuestro cerebro desde los oídos es difícil de clasificar para la época, o incluso hoy por hoy. A mediados de los 90, todo lo que sonara más o menos distorsionado solía ser etiquetado de grunge o, en el mejor de los casos, como rock alternativo. Pero acá había una diferencia: el uso que se dio a la oscuridad. No hablamos del manto de sombras melancólicas que rodeaba al común de la música de la denominada Generación X, sino que de una penumbra mucho más densa que se manifestaba mediante una catarsis brutal. Pese a su crudeza y visceralidad, también encontramos niveles de introspección y sutileza muy alejados de los márgenes de la escena de la costa oeste estadounidense.

Es habitual que los álbumes debut de una banda expongan una continuidad estética en referencia a los demos, cosa que acá no ocurre. “Undertow”, para ser el primer larga duración, es sumamente complejo, pues marca un temprano punto de inflexión en el trabajo de los oriundos de Los Angeles, cosa que en otras agrupaciones ocurre entrada la discografía. Hay acá una sonoridad mucho más oscura, la que comienza a reemplazar progresivamente el rock más frontal y acelerado presente en el EP “Opiate” (1992). Los temas de tres minutos en donde se lograba apreciar la influencia hardcore que posee la banda, comenzaron a alargarse hasta los seis o más debido a un aumento de versatilidad en las estructuras de cada canción, en donde los pasajes instrumentales empezaron a tomar cada vez mayor relevancia. Comenzaban así a ganarse paulatinamente la etiqueta de “progresivos” y vaya que lo merecían.

Aunque pudiese ser paradójico, la guitarra de Adam Jones no se caracteriza por exponer las destrezas sobrehumanas con las que se está habituado en la mayoría de las bandas denominadas como metal progresivo, aun así, demuestra una técnica inconfundible, en donde el juego entre tonalidades densas y frecuencias que bordean la estridencia entregan diferentes matices a las composiciones. “Bottom”, tema en donde colabora el eterno Henry Rollins, es quizás el más claro reflejo de esto. Por su parte, el trabajo en el bajo de Paul D’Amour suena de forma penetrante y aguerrida, batallando el protagonismo rítmico y melódico en cada compás. La potencia y misticismo de “Flood” se debe en gran medida a la labor de este instrumento. Mismo misticismo que –con vidente de por medio– rodea la salida del bajista tras una gira por Europa promocionando el disco. En el futuro no lejano, sería el británico Justin Chancellor quien se haría cargo de las frecuencias bajas hasta la actualidad.

Si bien, en los instrumentos de cuerdas no podemos apreciar una técnica elevada como lo demandaría el género progresivo, aquello sí se puede hallar en la percusión. Probablemente, la rítmica que impone Danny Carey es el componente más experimental de la propuesta de Tool en sus inicios. Aunque aún no incorporan estructuras demasiado complejas como en posteriores discos, es notoria la variabilidad de los tiempos y la sagacidad con la que se pasea por la batería. Prueba de ello son temas como “Intolerance” o “Swamp Song”. Punto aparte también es el poderoso registro vocal del hoy endiosado Maynard James Keenan, clave para dar forma al tema homónimo del disco, en donde es capaz de saltar de fraseos melodiosos a desgarradores gritos, pasando por diabólicos arrullos con una facilidad inexplicable. Además, durante la promoción del álbum ya comenzaba a dar cuenta de esta particular visión del espectáculo, dado su singular desplante escénico.

Pese a que Tool suele ser clasificado como metal progresivo, en “Undertow” lo vanguardista está en mantener elementos minimalistas al alero de una gran sensibilidad instrumental. Es cosa de escuchar temas que quizás pasan más desapercibidos, como “Crawl Away” o “Swamp Song”, para dar cuenta de aquello, y ni hablar de temas como “4°” y “Flood”, que empezaban a dar pequeños, pero ahora evidentes indicios del camino que la banda tomaría en sus posteriores discos. Quien haya escuchado los casi 16 minutos de “Disgustipated” y diga que no es vanguardista, debe comenzar a cuestionar sus concepciones del mundo.

En cuanto a sencillos, el primer LP de la banda nos entrega “Sober” y “Prision Sex”, los cuales fueron acompañados de perturbadores videoclips promocionales, dirigidos por el mismo Adam Jones. El primer tema, en un ejercicio sublime de minimalismo al ser guiado por una secuencia repetitiva de tan sólo dos acordes, nos habla de la adicción del alcohol –incorporando la concepción cristiana del pecado–. Mientras tanto, el segundo relata la brutalidad de la violación infantil. Este último, dado lo tétrico de las imágenes y la crudeza de su letra, fue duramente censurado por las cadenas televisivas de música, pero como ha ocurrido a lo largo de la historia, el morbo ante lo prohibido sólo ayuda a atraer nuevos adictos e incrementar el peso de los cultos.

Así es como “Undertow”, con todos sus componentes, establece los cimientos de la catedral que posteriormente construiría Tool, dando pie para un largo legado que sigue influenciando a un sinfín de bandas de diversos estilos. Si bien, suele ser denostado por ser el disco menos experimental de la banda y, por ende, el con menos teorías conspirativas alrededor de él, su sonido más duro ha ayudado a consolidar a un grupo no menor de fanáticos de esta obra, quienes incluso profesan que este es el mejor de todos los lanzamientos del grupo. Pero ¿puede segmentarse la discografía de Tool y no comprenderla como un todo? ¿Hay realmente un mejor Tool? Preguntas tan complejas como sus respuestas y el objeto al que apuntan.

De todas formas, sí se puede asegurar algo: ser fan de Tool es probablemente uno de los actos de masoquismo más grandes dentro de la ya auto flagelante vida de los melómanos –podría incluirse dentro de esta patología el ser fan de Radiohead; si se es de ambos, el diagnostico debe ser crítico–. Y es que sentir atracción por aquello que no logramos comprender, por aquello que nos desestabiliza mentalmente por no poder apropiárnoslo, debe ser uno de los males más viejos de la historia de la humanidad. Aquel primer trago de la banda, sin duda, ha generado una resaca que sigue palpitando en nuestras cabezas. Lo único que se espera es mantenerla hasta que Maynard y compañía nos entreguen una nueva dosis de su tan ansiado licor.

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