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Angra – “ØMNI”

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Hay bandas que recaen eternamente en lo genérico y no experimentan más allá de los materiales básicos que les ha proporcionado en algún momento de sus carreras el éxito. Hay otras, como el caso de Angra, que buscan experimentar y fusionar sonidos que finalmente acaban sentando precedentes y, por lo mismo, perdurando en la memoria colectiva. Y es que una de las particularidades de Angra ha sido, a lo largo de su valiosa trayectoria, la búsqueda de un estilo propio, que los ha llevado a experimentar con varias vetas sonoras del metal, desde su lado más melódico hasta el más pesado. Incluso, muchas de estas exploraciones musicales podemos encontrarlas dentro de un mismo disco.

Desde su irrupción en el mercado internacional noventero, con aportes de muy buena calidad (“Angels Cry” de 1993, y “Holy Land” de 1996), hasta el día de hoy, la variación ha sido algo que no ha afectado solamente su trabajo con respecto a lo musical, sino que también a nivel de formación, algo que resulta comprensible, al fin y al cabo, en una agrupación de varios años de recorrido. Tras la salida definitiva de André Matos y la no tan definitiva de Kiko Loureiro (a las filas de Megadeth), el único miembro estable que va quedando desde sus inicios es Rafael Bittencourt, pero, como parte de la evolución misma de la banda, aquello no interfiere en esta ocasión en la calidad de la entrega de su noveno álbum de estudio. Así, lo que resulta destacable de “ØMNI” es, por una parte, la consistencia en el abordaje de los elementos representativos del power metal en equilibrio con sonidos más originales, que dan como resultado un atractivo e interesante producto final.

Dentro del espectro más tradicional destacan canciones como “Light Of Transcendence”, donde la voz de Fabio Lione (Rhapsody) anuncia estabilidad y solidez, y “Travelers Of Time”, con sus arreglos orquestales de fondo y el poder de la velocidad de sus guitarras. Además, la percusión estilo batucada como intro nos permite reconocer la identidad de lo que escuchamos, pues el sello de Angra se hace presente. Así sucede también en “Caveman”, que fusiona ritmos brasileños y versos en portugués con elementos más progresivos, una mezcla que nunca deja de ser interesante y que puede llegar a ser una de las características más atractivas del disco. De hecho, esta interacción con lo progresivo resulta ser una idea eficaz, cuyos efectos escuchamos en temas como “War Horns”, con la colaboración de Loureiro en composición y guitarra, y “Magic Mirror”, destacando por la variación de sus compases y por dejar en la boca el sabor, no concluyente, de un experimento algo blusero. Aportes de este tipo refuerzan la singularidad presente a lo largo de cada una de las composiciones; cada canción posee algo que la hace distintiva, incluso en alguna no tan memorable, como “Black Widow’s Web”, que cuenta con la colaboración de Alissa White-Gluz (Arch Enemy) en los guturales. Sin embargo, a pesar de la dureza que evoca, igualmente alcanza a captar la atención del que escucha.

En contraste con los conceptos más rígidos del metal, encontramos los momentos más apacibles en la acogedora “Always More”, y las dramáticas y sombríamente encantadoras “Silence Inside” e “Infinite Nothing”, culminando esta última como una pieza instrumental que hace gala de una gran teatralidad y que sugiere a la imaginación la idea de estar escuchando el outro de una película de ciencia ficción, idea que hace sentido al tener en cuenta la temática futurista del disco. Mención aparte merecen la oscura intensidad de Bittencourt en “The Bottom Of My Soul”, joya del conjunto, y el sobresaliente bajo de Felipe Andreoli en “Insania”.

Si bien, hace algún tiempo los cambios sufridos por la mítica banda brasileña repercutieron de forma negativa, hoy auguran un prometedor futuro. Es parte del progreso, y bien han demostrado que son capaces de adaptarse a ello de manera favorable. Igualmente, mientras mantengan su originalidad característica, siempre habrá algo que decir al respecto, pues la calidad de los músicos que componen Angra –en cualquiera de sus versiones– es definitivamente indiscutible.


Artista: Angra

Disco: ØMNI

Duración: 01:07:08

Año: 2018

Sello: earMUSIC


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El Álbum Esencial: “La Voz de los ’80” de Los Prisioneros

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La Voz de los 80

Jorge González dijo una vez que el primer disco de una banda toma mucho tiempo porque el proceso parte desde que naces hasta que cumples edad para grabarlo, mientras que para el segundo sólo cuentas con un par de meses debido a la presión del sello. “Corazones” (1990), en rigor el primer trabajo de Jorge como solista, goza de un sonido pulcro y de una genialidad compositiva totalmente atemporal, “La Cultura de la Basura” (1987) cuenta con atisbos de experimentación y materializa el virulento sarcasmo social de la agrupación, y “Pateando Piedras” (1986) representa el cénit creativo del grupo produciendo un trabajo de alta calidad, que los posicionó como un suceso de masas. Pero es “La Voz de los ’80” el que encapsula esa energía primal, rudimentaria y cruda, que rompió con todo lo establecido como signo de una catarsis a nivel nacional en un país sumido en una gris dictadura.

Son diez cortes nacidos en la adolescencia de tres jóvenes de San Miguel que aplanaban las calles de la capital chilena entre interminables conversaciones sobre la música y su entorno. Nacieron como una banda de colegio, tocando en festivales escolares muchas veces con instrumentos prestados, sin embargo, su equipamiento más valioso eran sus canciones, creaciones que son la consecuencia de una mezcla ecléctica entre lo mejor de la música juvenil de la época, léase The Cars, Depeche Mode, New Order o The Clash, con la tradición auditiva de cualquier casa de clase media, como Raphael, Camilo Sesto o Salvatore Adamo. La sensibilidad pop con la aspereza del rock al servicio de letras inteligentes, llenas de sarcasmo, que se derraman en un disco que en la actualidad parece un compilado de grandes éxitos.

La capacidad que tuvo Claudio Narea, Jorge González y Miguel Tapia para retratar a su generación, el momento político y la cultura pop, es el gran valor que hace a este disco permanecer en el tiempo. La juventud que aparece en “Brigada de Negro”, esa que nada en alcohol y tabaco, es casi tan difusa como la sombría línea de bajo de González que serpentea por toda la canción, mientras Narea marca el ritmo con sus acordes y Tapia promueve una batería marchante, que narra la hipocresía juvenil de una felicidad hedonista que difícilmente era la realidad de la clase media asolada por la política neoliberal de los Chicago Boys. Parte de esa atmósfera aparece en “La Voz de los ’80”, canción que remece con la energía rabiosa de un trío que se quería comer al mundo desde el primer momento. A pesar de que cada obra esté anclada a su época, lo importante es cuando esta trata temas tan universales que se van repitiendo generación tras generación.

El primer larga duración de Los Prisioneros es un disco que siempre será joven, porque refiere a los temas que vive cada chiquillo o chiquilla desde que esta etapa de la vida humana emergió como una forma cultural en sí misma, después del destape mundial en los años 50. Tanto el relato del despertar sexual que se palpa en “Eve-Evelyn”, como la posterior desolación amorosa de carácter invernal de “Paramar”, son impulsivas y encaran la frustración amorosa con un relato original, el mismo que sale disparado de los parlantes de manera un poco más furiosa en “Mentalidad Televisiva”. Y ¿si la chica que perdió su imaginación para instalar un video tape ahora la perdiera para instalar la última actualización de YouTube, Snapchat o Instagram? Son los temas que, entre la ingenuidad y suspicacia, instalan esas verdades que siempre vamos a vivir, estemos en la época que estemos.

Esa aterrizada visión que ostentaba el trío siempre los hizo ver como algo distinto en un panorama musical un tanto agreste. En la primera mitad de los 80 la música de guitarras era marginal en nuestro país, el rock estaba relegado a encuentros que, si bien cimentaron gran parte de lo que después se expresaría en el underground criollo en estilos más extremos como el thrash o el punk, se veían aplastados por la culturalidad de un régimen que impuso firmemente su manera de ver la realidad, contexto clave para entender letras como “Latinoamérica Es Un Pueblo Al Sur De Estados Unidos” y “No Necesitamos Banderas”, que recogen elementos foráneos como el reggae y el ska para alinearlos a nuestras características locales. Esto choca de frente con la postura del sonido imperante en el mundo universitario dominado por el Canto Nuevo, forjado desde las raíces propias de nuestra música, y no al revés, como en el caso del rock.

Las letras pomposas y repletas de metáforas, adornadas con la complejidad de los acordes de una guitarra acústica, no podía ser más distinto al mensaje directo de “Sexo” o de “¿Quién Mató A Marilyn?” que, tomando elementos de la cultura pop, prefiguran un mensaje directo, conciso y simple de entender, aunque no por ello menos contundente. Es por eso que “Nunca Quedas Mal Con Nadie”, grabada el 6 de diciembre de 1984 –mismo día en que Jorge cumplía 20 años–, emerge como una crítica tanto a ese movimiento como también a la liviandad de las bandas que compartieron un terruño que Los Prisioneros nunca quisieron habitar. Aparato Raro, Cinema, Valija Diplomática, Emociones Clandestinas, seguidos de un largo etcétera, se subieron al carro del nuevo rock chileno y recibieron un mejor trato de las emisoras locales, cosa que no pasó con los de San Miguel, precisamente por lo filudo de su lírica.

Famoso por sus frases para el bronce, el otrora vocalista de la banda expresó: “Pocas veces nos hicieron una crítica en un diario, y las veces que lo hicieron, era para decirnos que éramos pésimos, lo último, que sonábamos mal, que no servíamos para nada y que éramos una moda no más”. El tiempo no se ha cansado de probar lo equivocado que estaban los tabloides del momento. Desde aquella foto tomada en la Vega Central en la que se ve a tres muchachos sosteniendo sus instrumentos, hasta esa camisa apuñalada como carta abierta a un amor imposible que vino a cerrar la primera etapa del grupo después de la vuelta a la democracia, Los Prisioneros marcaron a fuego la historia de nuestro país.

Su valor no está condicionado por el mero hecho de retratar a una generación que vivió momentos sombríos ­–lo que ya sería un mérito–, sino que recae en cómo tres miembros de esas escuelas numeradas, en las que les enseñaban humildad y resignación, lograron establecer un mensaje que resuena hasta el día de hoy y que se mantiene totalmente vigente. Eso habla tanto de la inteligencia de sus letras, como de una sociedad que siente un romanticismo exacerbado por muchos elementos de la cultura de épocas pasadas, sobre todo en lo que se refiere a los años 80; no por nada se sigue escuchando en la radio casi la misma música que alguna vez llamó la atención de Narea, Tapia y González.

En la actualidad, Chile sigue teniendo problemas limítrofes (“no necesitamos banderas, no reconocemos fronteras”), sigue luchando contra el machismo (“…y les sigues el juego, y les das tu dinero, y te sientes muy hombre y me río en tu cara de tu estupidez”) y seguimos presa del cinismo ahora exacerbado por las redes sociales (“pretendes pelear y sólo eres una mierda buena onda”). Los Prisioneros cambiaron la forma de ver la realidad, pero parece que somos nosotros los que no hemos cambiado tanto.


Artista: Los PrisionerosLa Voz de los 80

Disco: La Voz de los ’80

Duración: 40:22

Año: 1984

Sello: Fusión / EMI Music


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