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Alice Cooper – “Paranormal”

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Referirse a la figura de Alice Cooper no es fácil. Estamos hablando de un artista que revolucionó la música, especialmente en lo que se refiere a la estética y las presentaciones en vivo cargadas de teatralidad, donde impacta cada noche con su shock rock, el que ha influenciado a un sinnúmero de bandas. Hoy en día, con una carrera de casi 55 años y que la ha desarrollado de manera muy activa, Cooper no está para grandes presiones. Realiza un trabajo donde se siente cómodo y con buena compañía, y vuelve a estar detrás de las mezclas el mítico productor Bob Ezrin, el mismo que lo ha acompañado durante gran parte de su carrera y que también ha colaborado con bandas como KISS, Pink Floyd, Lou Reed y Peter Gabriel, entre otros. Por si fuera poco, trae algunos invitados de lujos, como Larry Mullen Jr. (U2) golpeando los parches en casi la totalidad del disco, así como también Roger Glover (Deep Purple), Billy Gibbons (ZZ Top) y ni más ni menos que los integrantes de su banda clásica.

“Paranormal” abre con su canción homónima, la que comienza con unos arpegios mezclados con unos acordes potentes, invitando de inmediato a ponerse cómodo y disfrutar de una buena dosis de hard rock. Además, incluye la participación de Roger Glover en las cuatro cuerdas; un arranque demoledor. Dentro de la misma línea, “Dead Flies” recuerda la faceta más clásica y al hueso de Alice Cooper, con un ritmo rápido y una vibra de blues. Las guitarras más duras y ochenteras aparecen en “Fireball”, la que además cautiva con una línea vocal muy pegajosa y un minimalista, pero punzante trabajo de Mullen Jr. en batería, coronándola como uno de los momentos más destacados de este trabajo. También hay mucho groove en “Paranoiac Personality”, primer single de este LP, donde se siente la potencia necesaria para que a futuro pueda convertirse en un clásico. Muy setentera, donde incluso a ratos recuerda a uno de sus grandes discípulos, KISS.

Las canciones de este trabajo son más bien directas; de hecho, la mencionada “Fireball” es la de duración más prolongada, apenas llegando a los cinco minutos. Se logra sentir que la intención de Cooper es que fluya de manera natural y sencilla, pero logrando un nivel que esté a su altura, y gran responsable de esto es Bob Ezrin, quien participa de manera activa en cada una de las canciones, colocando arreglos y efectos que las elevan aún más. “Fallen In Love” nos transporta a un viaje en una carretera por el desierto, sintiéndose toda la presencia de un invitado de lujo, Billy Gibbons; junto a la voz de Alice Cooper crean un rock lleno de blues, que hipnotiza durante sus tres minutos y medio. La revisión del sonido cercano a los primeros años de Cooper sigue con “Dynamite Road”, “Private Public Breakdown” y en la fiestera “Holy Water”, esta última donde se introducen bronces al estilo de una big band, dando un mayor brillo a la canción, junto a unos coros hechos para cantar al unísono, dando cuenta de otro momento destacado de este “Paranormal”.

La intensidad aumenta con la rocanrolera “Rats”, que no da respiro en su breve duración. Y finalizando la versión oficial, “The Sound Of A” nos lleva a un ambiente psicodélico que le hace un guiño a Pink Floyd, y además recuerda a “Welcome To My Nightmare” (1975). Hablamos de la versión oficial, porque el disco incluye dos bonus tracks que son una verdadera joya. “Genuine American Girl” y “You And All Of Your Friends” son protagonizadas por Neal Smith, Dennis Dunaway y Michael Bruce, la clásica alineación de The Alice Cooper Band. En ambas canciones se siente la esencia intacta de la agrupación y son logradas con una gran vitalidad, cerrando el álbum con broche de oro.

Alice Cooper nos entrega una producción que está a la altura de su nombre. El padre del shock rock tiene claro que no piensa lograr una nueva tendencia musical, pero con este trabajo demuestra que su calidad está intacta y prefiere tomar los elementos esenciales de su carrera para plasmarlos en un trabajo entretenido, sencillo y sin grandes complicaciones. A veces se dice que menos es más, y este álbum es el ejemplo perfecto de aquello.

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Arctic Monkeys – “Tranquility Base Hotel & Casino”

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Tranquility Base Hotel & Casino

Un hype autogenerado en prensa y fanáticos por igual mantuvo las miradas del mundo en “Tranquility Base Hotel & Casino”, el sexto álbum de Arctic Monkeys, esperado ansiosamente por quienes anhelaban saber el siguiente paso que el cuarteto de Sheffield iba a tomar. Ante esto, el conjunto dio vida a uno de los trabajos más extraños y desorientados de su discografía, incluso más que su antecesor “AM” (2013), polémico punto de inflexión en el camino de Alex Turner y los suyos. Sí, Turner y los suyos, porque este nuevo LP no hace más que reflejar un deseo casi intrínseco del frontman por tomar el control de todos los aspectos creativos de la banda, asumiendo poco a poco más protagonismo sobre sus compañeros, al punto de llegar a un disco en que los otros tres talentosísimos miembros quedan relegados a ser la banda de compañía de su figura principal.

Desde el comienzo se aprecia un trabajo claramente influenciado por las decisiones artísticas de Turner, entregando un constante tempo de ambiente lounge, con la banda completa sirviendo de acompañamiento rítmico para el desolado Alex y sus reflexiones sobre la vida, como cual rockstar en el ocaso, sólo que con varios años y vivencias menos que de costumbre. Esa caricaturización del artista introspectivo y melancólico no ayuda mucho a la hora de sentar sobre la mesa lo que debía ser un regreso en gloria y majestad, pero que va perdiendo fuerzas por ripios que su misma naturaleza pretenciosa va dejando en el camino. Canciones como “Star Treatment” o “American Sports” dejan en evidencia el sentido principal de la obra, que se sostiene bajo una calidad sonora sólida y mucho más elaborada que en trabajos anteriores, pero que a la larga no posee un trasfondo más potente para su desarrollo general.

Continuando con lo que se siente como un loop eterno, el bajista Nick O’Malley igual logra lucirse junto a la batería de Matt Helders, pese a lo reducida de su participación en términos creativos, igual que lo ocurrido con el guitarrista Jamie Cook que, independiente de unos cuantos solos genéricos en algunas canciones, no es mayor el trabajo que realiza. Muchos de los defensores de este trabajo han criticado el hecho de que la gente pide que Arctic Monkeys vuelva a ser lo de antes, aludiendo a una ausencia del estilo que la banda profesaba en sus primeros años. Lo cierto es que eso está lejos de ser así, ya que lo que se pide no es un regreso en términos de sonido, sino que de calidad. No se trata de volver a los guitarrazos de antaño o a las potentes canciones de tiempos rebeldes, como “Favourite Worst Nightmare” (2007), en vez de eso, se siente la necesidad de que la banda encuentre su norte en términos de creatividad, dejando de lado una pomposidad forzada y repetitiva, que no le hace un gran favor a su verdadera calidad como músicos.

Un giro artístico siempre será un riesgo considerable, y Arctic Monkeys lo supo manejar de cierta forma con su anterior álbum, pero en el caso de “Tranquility Base Hotel & Casino” no existe un deseo de reforzar la línea sonora que proliferó en aquella placa, optando por adornar composiciones donde se huele a millas de distancia el trabajo casi solitario de Alex Turner. Ese sonido ya conocido en proyectos del músico –como The Last Shadow Puppets– que se toma cada segundo de este álbum, estableciéndolo más como un capricho personal del frontman en vez de un disco que tenga un sentido claro de su forma y fondo, así como del concepto que pretende englobar entre sus canciones. No hay que confundir todos los argumentos expuestos con que la calidad sonora del trabajo es precaria, ya que sin duda existe una ampliación en el espectro de la banda, solidificando así su interpretación. El principal problema es lo forzado con que Turner intenta vender una supuesta obra maestra, recurriendo a clichés que derivan en un producto insípido y falto de ideas.

Muchos coinciden en que este álbum representa un gran paso para la banda, algo que es completamente cierto. Ahora, el destino que ese paso le entregue al cuarteto será la gran interrogante, ya que podría poner en jaque los egos de una agrupación que se empieza a ver consumida por el protagonismo de su vocalista. El propio Jamie Cook afirmó haberle sugerido a Turner lanzar este trabajo como un álbum solista, pero finalmente accedieron a etiquetar la obra como el sexto LP de la banda. Todas las cosas tienen un significado diferente, dependiendo el punto de vista en que se mire, y claramente este disco habría tenido una recepción abismalmente diferente si no se presentaba como el nuevo trabajo de una de las bandas más importantes de los últimos años.

El amor al recuerdo siempre estará latente, pero sólo el tiempo dirá cuál es el destino de Arctic Monkeys. Por ahora, existen dos caminos claros: abrazar esta etapa como la nueva obsesión del principal titiritero del conjunto, o reflexionar sobre una banda que podría dar mucho más, pero que prefiere dejarse llevar por ideas que se imponen en pos de un beneficio no igualitario para todos sus integrantes. En manos de todos queda la elección sobre el camino que se tomará.


Artista: Arctic MonkeysTranquility Base Hotel & Casino

Disco: Tranquility Base Hotel & Casino

Duración: 40:51

Año: 2018

Sello: Domino


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