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El Álbum Esencial: “Tubular Bells” de Mike Oldfield

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“Tubular Bells” fue y sigue siendo una rareza. Hasta el día de hoy parece llamativo que un sello discográfico haya elegido iniciar su historia en la industria lanzando un álbum compuesto únicamente por dos canciones de casi veinticinco minutos cada una, donde prácticamente ninguno de los tracks incluía vocales. Más llamativo resulta aún que dicho álbum se haya logrado instalar con innegable éxito en una escena plagada de grandes nombres del rock progresivo, si consideramos que el autor del larga duración era un desconocido chico de diecinueve años. Finalmente, una de las cosas más particulares e ingratas de “Tubular Bells” es que, tratándose de una obra de fantástica complejidad y belleza, haya quedado grabada en el imaginario colectivo casi únicamente como “el disco de la música de ‘The Exorcist’ (1973)”.

La juventud de Oldfield no había sido fácil. Siendo el menor de tres hermanos, la severa condición psiquiátrica que aquejaba a su madre lo había impactado a tal punto, que únicamente a través de un prolongado y autoimpuesto claustro en la música (a quien más tarde describiría como una encantadora criatura) lograría comenzar a lidiar con esto. Autodidacta y perseverante desde el primer día, terminaría transformándose en un intérprete excepcional. A los catorce años iniciaría su carrera “formal” como guitarrista participando en Sallyangie (un dúo con su hermana), para luego afianzarse como bajista en The Whole World, la banda liderada por el ex Soft Machine, Kevin Ayers. De hecho, sería este último, al regalarle una grabadora de dos pistas el mismo día que decidió disolver la banda, el culpable de plantar en Mike Oldfield la idea de alguna vez llegar a grabar su propia obra.

Habiendo grabado una versión primigenia de lo que luego se convertiría en “Part 1” de “Tubular Bells”, y luego de ser rechazado por CBS y EMI, quienes encontraron que sin voces el álbum no sería atractivo, Oldfield terminaría hallando la oportunidad de grabar su primer álbum después de participar como músico de sesión para Arthur Louis en The Manor, el estudio de grabación propiedad de un joven Richard Branson, quien precisamente se encontraba en la búsqueda de artistas para dar el puntapié inicial a su nuevo sello discográfico. Serían, de hecho, el ingeniero y el productor a cargo del estudio de grabación quienes convencerían a los fundadores de Virgin de que lo que Oldfield se traía entre manos era realmente un proyecto excepcional. Ya instalado en The Manor y con todos los astros a su favor, Oldfield comenzaría a dar cuerpo a su opera prima solicitando alrededor de una veintena de instrumentos, de los cuales, en su gran mayoría, interpretaría él mismo a la hora de grabar el álbum.

Los primeros seis minutos de “Part 1” son de aquellos pequeños retazos de música grabados en el subconsciente popular de forma indeleble. Son muy pocas las personas que no reconocen en los primeros segundos de este track los sonidos de la película “The Exorcist”, emparentando a la secuencia de piano inicial con un ánimo sombrío y tenso, que en realidad Oldfield nunca persiguió para su obra. Una de las gracias de esta secuencia de piano radica precisamente en su manera de “obligar” al cerebro a estar pendiente de ella. Al estar compuesta en una estructura de 15/8, abre con un set de ocho compases que luego, en vez de repetir, nos regala sólo siete, dejando al cerebro esperando ese octavo compás que nunca llega y que, al mismo tiempo, sirve para enganchar la siguiente serie. Luego de algunos segundos de esta cautivadora secuencia hace su entrada el bajo, dando lugar a un ambiente calmo y acogedor que, hacia el minuto dos, suma discretos compases de órgano, en lo que Oldfield imaginó como un latido cardiaco. En la medida que avanza el track, se suman paulatinamente nuevos instrumentos, llenando el paisaje de distintas y seductoras capas de sonido que corren cada una de manera independiente, sin atropellarse entre sí.

Hacia los catorce minutos de esta primera parte, viene el primer gran quiebre del tema que abre el disco, momento en el que entran marcadas guitarras distorsionadas de aire hard rock, manteniendo el ritmo por un par de minutos para luego de un breve lapso acústico dar paso a la reverberante línea de bajo que iniciará la salida del corte a contar del minuto diecisiete. Para comenzar la recta final de esta pequeña sinfonía, el maestro de ceremonias Vivian Stanshall comienza a “introducir” uno a uno distintos instrumentos que van agregando nuevos y atractivos matices a lo ya escuchado, para llegar finalmente a un clímax sonoro liderado por las tubular bells (instrumento que da nombre al álbum). Luego de esto, el corte se toma un minuto para bajar las revoluciones, cerrando perfecto y acogedor en formato acústico.

“Part 2” inicia calma y pausada, sin sacudir la tranquilidad que deja el final de la primera mitad del disco, entregándose a sonidos de aire psicodélico que transitan lenta y cómodamente hacia un ánimo abiertamente folk, que culmina cerca de los diez minutos en una suerte de tributo al inconfundible espíritu de la gaita escocesa. Sin embargo, es hacia los doce minutos de esta segunda parte donde ocurre quizás lo más llamativo del registro. No sólo hacen su entrada protagónica las voces (y la batería, también ausente hasta ese momento), sino que se toman por completo el track en lo que, más que un canto tradicional, son aullidos y gritos guturales de aspecto death metal, en un giro completamente inesperado y revitalizador. Luego de esto es imposible tildar de plano el disco. Finalmente, en el minuto veintiuno se produce un nuevo quiebre que comienza a despedir este segundo corte, desplegando una alegre tonada marinera en base a mandolina y órgano.

Los casi cincuenta minutos de “Tubular Bells” no sólo marcarían el inicio de la carrera solista de Mike Oldfield, sino que además darían un exitoso inicio al sello discográfico de Richard Branson, marcando un precedente extraordinario para un álbum de sus características, ya que incluso en un año particularmente exitoso para el rock progresivo (el mismo año se lanzó “The Dark Side Of The Moon” de Pink Floyd y “Tales From Topographic Oceans” de Yes) el disco lograría instalarse lenta pero progresivamente en las listas de lo más escuchado y en el ADN de todos lo que, a lo largo de más de cuarenta años, han tenido el privilegio de disfrutar cada uno de los rincones que dan vida a este fantástico álbum. Y es que definitivamente “Tubular Bells” excede las barreras del rock progresivo, moviéndose sin problemas a través del rock sinfónico, el folk, la psicodelia e incluso el hard rock, regalándonos una verdadera odisea sonora para disfrutar múltiples veces y redescubrir con cada nueva escucha. Ya lo decía a modo de broma la contracara del disco original, este trabajo no fue pensado para ser escuchado en reproductores de baja calidad, definitivamente se trata de un álbum que merece mucho más que eso.


Artista: Mike Oldfield

Disco: Tubular Bells

Duración: 49:16

Año: 1973

Sello: Virgin


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1 Comentario

1 Comentario

  1. Gaston Caro

    30-Sep-2017 en 11:21 am

    Una joya , despues Omadawn

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Bright Eyes – “Down In The Weeds, Where The World Once Was”

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Down In The Weeds Where The World Once Was

Tras un receso de nueve años y con una serie de proyectos bajo el brazo, Conor Oberst ha reunido a la banda que lo vio convertirse en uno de los compositores insignia de la mirada adolescente apocalíptica de los noventa. A más de veinte años de su debut, junto a los multiinstrumentistas Mike Mogis y Nate Walcott, la prosa de Oberst ha crecido inevitablemente junto al cantante, quien en “Down In The Weeds, Where The World Once Was” vuelve a su zona de confort para examinar un presente que pareciera haber advertido durante años.

Parece difícil continuar con un proyecto tras casi una década de pausa, en especial para uno encargado de retratar la angustia del presente, pero “Down In The Weeds, Where The World Once Was” logra retomar desde donde se dejaron las cosas, con una química entre el trío difícil de replicar. “Pageturners Rag” sitúa rápidamente la ambientación del disco, con un sutil y melancólico inicio representando los inicios de bar de la banda, con voces familiares como la de la ex esposa de Oberst, quien introduce al grupo y una conversación con la madre del vocalista. Desde este punto, no se alejan de los espacios conocidos, pero logran reflejar el paso de los años a través de una composición madura.

A diferencia de los sonidos de su trabajo en solitario, el regreso de Bright Eyes trae consigo el dramatismo en sonido y composición que los destacó desde un comienzo. “Dance And Sing” presenta triunfantes cuerdas a cargo de Walcott, contrastando con desgarradoras vocales. Adornado con una orquesta y un coro, el tema presenta a la pérdida como temática fundamental y la necesidad de avanzar a pesar de esta: “Ahora todo lo que puedo hacer es seguir bailando”, canta con un optimismo no presente antes. Y es que la madurez alcanzada con los años se refleja en sus letras, donde su pesar ya no lo consume, sino que es comprendido como uno de naturaleza universal.

“Mariana Trench” trae un sonido contemporáneo y de rock convencional, en otra mirada positiva mientras relata los altos y bajos de la vida. En este sencillo brillan los invitados, con Flea (Red Hot Chili Peppers) y Jon Theodore (Queens Of The Stone Age) destacándose como colaboradores. Musicalmente el disco fluye entre las composiciones vulnerables y acústicas de Oberst, y la grandiosidad de los instrumentos a cargo de los otros dos miembros. “Just Once In The World” comienza con un desnudo instrumental acústico, que rápidamente es acompañado por percusión y una melódica segunda voz a cargo de la cantautora Miwi La Lupa. Para el final, la canción se acerca a la ambientación festiva y barroca que recorre el resto del álbum, con cítaras, pianos y la percusión de Theodore cobrando protagonismo. “Stairwell Song” representa de mejor manera la paleta sonora del disco, con un cinemático final adelantado por el mismo compositor, en un guiño a sus oyentes que reconocen sus clichés.

Durante el disco, Oberst batalla por no caer en el autodesprecio y mantener la universalidad de los dolores, pero sus pérdidas son palpables, como la imagen de su ex esposa presente en el inicio y en “Hot Car In The Sun”, donde el compositor confiesa sus pensamientos suicidas en el corte más simple y honesto. La muerte de su hermano también pesa en el álbum, donde su fantasma lo visita en “Tilt-A-Whirl”, siendo una meditación de la soledad en un sonido reminiscente de los comienzos del conjunto. “Calais To Dover” es un homenaje al fallecido Simon Wright, amigo de la banda, en un contaste choque entre la tristeza y la brillante melodía. Mientras que “One And Done” presenta uno de los momentos más oscuros del disco, tanto en lírica como en musicalización, y donde la participación de Flea le agrega dinamismo a los continuos breaks barrocos.

“Comet Song” cierra “Down In The Weeds, Where The World Once Was” de la forma circular que Conor deseaba, representando a través de la metáfora de la vida de un cometa los dolores en común, en otro explosivo instrumental que se consume tal como la figura retratada. “Te estás acercando, incluso mientras desapareces”, se repite así mismo y a los oyentes en un eufórico cierre antes de regresar a la escena del bar del inicio. Para el final, es claro que Bright Eyes sigue un sonido cómodo y pulido, confirmando que su esencia está lejos de perderse, pero el paso del tiempo les ha permitido evolucionar su mirada del mundo, donde la pérdida y la angustia son imposibles de ignorar, aunque su naturaleza es tan colectiva como personal.


Artista: Bright Eyes

Disco: Down In The Weeds, Where The World Once Was

Duración: 54:45

Año: 2020

Sello: Dead Oceans


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