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A Night At The Opera A Night At The Opera

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El Álbum Esencial: “A Night At The Opera” de Queen

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Al abrir la versión en vinilo de “A Night At The Opera” (1975) uno se encuentra con una imagen reveladora en su funda interior: una foto de Queen en vivo, adueñados totalmente de su hábitat natural, el escenario. Ciertamente es una sentencia, es el retrato de una agrupación que nació para ser grande y con este disco lo logró con creces, se ganó la inmortalidad. Además, como si fuera poco, tuvo el doble mérito de ser el gran salvavidas de las arcas de la banda en momentos en que su relación con el sello Trident llegó a su punto más bajo. Era muy difícil imaginar que podían facturar un verdadero testamento sónico mientras atravesaban una situación tan turbulenta con su casa grabadora, sin embargo, la placa fue la coronación definitiva para cuatro compositores que lograron confluir canciones muy distintas, aunque siempre dentro de su estética clásica, pese a los tormentosos tiempos que enfrentaban.

Gracias al arrollador éxito obtenido por el tercer disco, “Sheer Heart Attack” (1974), y especialmente por el single “Killer Queen”, Freddie Mercury, John Deacon, Roger Taylor y Brian May llegaron a lo más alto en los rankings musicales de todo el orbe y eran recibidos por hordas de fanáticos en países como Japón o Estados Unidos, no obstante, el dinero seguía siendo esquivo para la banda. Cuando firmaron el contrato con Trident Studios en 1972, el acuerdo consistía en que iban a grabar el disco para la compañía productora y luego esta se lo vendería a la casa discográfica, hecho que provocó que Queen no recibiera las regalías de los trabajos que vendían y, obviamente, provocó una crisis económica mayúscula entre sus integrantes.

Toda la rabia causada por esa situación se vio reflejada en una de las canciones más belicosas jamás creadas por Mercury: “Death On Two Legs (Dedicated To…)”, una verdadera declaración de odio cuya progresión de piano se tiñe con un tono siniestro gracias al tritono de la guitarra de Brian May, un riff que el herido Freddie creo en el piano y que el ondulado guitarrista va marcando con su Red Special. La música logra reflejar el hastío, la falta de respeto y lo vulnerado que se sentía el frontman en ese período, pero también la presión a la que estaban sometidos debido a las deudas que contrajeron con todo su equipo de iluminadores, tramoyas, entre otros, a causa del inconveniente con Trident. Así las cosas, terminaron su trato y recurrieron al mánager John Reid para que pudiera salvarlos de todo ese infierno que estaban viviendo. Las palabras de Reid simplemente fueron: “entren al estudio y hagan el mejor disco de sus vidas”.

Para Queen esto era de vida o muerte; si el disco no era exitoso, no tendrían otra opción que separarse. Este fue un factor determinante que los llevó a usar el estudio como un laboratorio para sacarle el mayor provecho posible, tal y como había hecho Jimi Hendrix y The Beatles antes que ellos, influencias directas para crear canciones tan eclécticas como “Lazy On A Sunday Afternoon”, en la que el ingeniero Gary Lyons y el productor Roy Thomas Baker utilizaron el efecto “megáfono”, que consistía en que las voces cantadas en el estudio se reproducían en unos audífonos metidos en una lata de metal y luego un micrófono recogía ese sonido desde la lata. El increíble crisol de voces y el perfeccionismo de la agrupación consiguió que el proceso fuera un período de gran aprendizaje, además de propiciar que todos los integrantes se sintieran a sus anchas para incluir sus aportes.

Precisamente, el hecho de que cada miembro era un compositor en sí mismo ayudó a que el disco tuviera distintas caras y, a su vez, reflejara las personalidades de cada uno. Acostumbrado a dejar su estampa en cada publicación, el aporte de Roger Taylor en “A Night At The Opera” –nombre que sacaron de una película de los Hermanos Marx– es ciertamente uno de sus puntos cúlmines. Cuando el baterista de voz rasposa le presentó el demo de “I’m In Love With My Car” a Brian May, este pensó que era una broma, pero nada hacía presagiar que una canción dedicada a Jonathan Harris (roadie de la banda que compartía el fanatismo automovilístico con Taylor) llegaría a ser tan importante como para ocupar la cara B del single de “Bohemian Rhapsody”, y con esto el baterista terminaría ganando la mitad de los beneficios económicos de la ventas del single. Esta no es la típica canción de Taylor, que siempre defendió un estilo encajado en los cánones del rock más convencional, tanto en canciones lentas como en otras más aceleradas, es una composición excesiva y abultada con una exquisita mezcla de voces que agregan dramatismo y que termina con el rugido furioso de su auto, el Alpha Romeo.

La poderosa intromisión de Roger contrasta con la delicadeza de “You’re My Best Friend”, compuesta por John Deacon. El bajista emergió desde las sombras y creó lo que sería el primero de varios éxitos para el conjunto, entre los que más tarde se incluirían “Another One Bite The Dust” o “I Want To Break Free”, además facturó quizá una de las composiciones de amor más bellas de la historia de la banda, y eso que pueden regodearse de tener varias. Este es un ejemplo de cómo las armonías constituyen una de las mejores armas secretas de la agrupación, ya que pareciera que van contando historias paralelas que se suman al fino teclado Fender Rhodes al estilo Motown tocado por el mismo Deacon, quién batalló con los demás para sacarla como single, en una jugada que terminó siendo acertada. No cabe ninguna duda de que, con esta cara más amable, la banda quería apostar a la masividad y tuvieron razón: hasta el día de hoy es una de las favoritas de las radios estadounidenses.

En la otra cara de la moneda, “‘39” no corrió la misma suerte, a pesar de que Brian apostó todas sus fichas para que la sencilla canción de folk espacial llegara al gran público, pero solo logró que quedara como cara B del single compuesto por Deacon. Es impresionante como May logró poner la ciencia al servicio de una canción que trata sobre un astronauta que viaja por el universo para descubrir nuevos mundos, pero que, traicionado por la teoría de la relatividad y la velocidad de la luz, regresa al cabo de cien años de una travesía que para él solo duró uno, formulando así una gran alegoría sobre los sentimientos de un artista que tiene que abandonar a sus seres queridos para salir de gira y encontrar que todo ha cambiado a su regreso.

Otras canciones como “Sweet Lady”, una descarga total de adrenalina rockera en la que May desborda riffs afilados y solos monumentales, “Good Company”, una reposada tonada compuesta con un ukelele-banjo que intenta emular el jazz de los años veinte, o la descomunal “The Prophet’s Song”, obra grandilocuente llena de recovecos instrumentales, que Brian toca con la guitarra afinada de manera distinta para darle más profundidad al instrumento y en la que se vierten todas sus fantasías musicales cercanas al rock progresivo, nos hablan de un guitarrista que siempre buscaba colores distintos, sin que esto necesariamente abrumara a los oyentes con complejidades que no pudieran entender, sino que aportaba detalles sorprendentes que transformaban cada canción en un viaje.

En ese sentido, May contaba con una tripulación que podía conducir ese periplo a los parajes sonoros más impresionantes que la música popular haya conocido, y para esto, nadie podría haber tomado mejor el timón –o el control del transbordador espacial para estar más a tono con Brian– que Freddie Mercury, un personaje totalmente teatral y dueño de una adaptabilidad melódica y lúdica como podemos apreciar en “Seaside Rendezvous”, o que puede lucir desgarrado, desnudo y sensible en una de sus baladas más conocidas, “Love Of My Life”, dedicada a Mary Austin, a quienes muchos señalan como el verdadero amor de la vida de Freddie,  en la que hace gala de un registro que proyecta emoción y romanticismo con una precisión inconmensurable. La forma de ser extrovertida y desinhibida de su actuación en vivo le aseguran su lugar en la historia como uno de los mejores showman de la historia, pero Freddie era mucho más que eso.

Sólo un músico de una calidad tan extraordinaria podría haber dado vida a una pieza tan trascendental como “Bohemian Rhapsody”, un verdadero monumento artístico que muchos han intentado interpretar, pero cuyo real significado se fue a la tumba con Mercury. La canción rompió todos los moldes posibles en una época en que los singles tenían que durar tres minutos; demasiado críptica para ser un éxito, decían algunos. Además, no sigue ningún esquema convencional de composición, está plagada de flashbacks y flashforwards, conectando ideas que a simple vista carecen de todo sentido. Aun así, su principio a capella, la secuencia de guitarra, piano, bajo y batería, el interludio operático, el final al más puro estilo del hard rock más afilado y sus referencias a personajes clásicos como Scaramouche, el payaso de la commedia dell’ arte; Galileo, el astrónomo, y Belcebú, entre otros, se unen en un hechizo mágico que todavía logra encantar a generaciones.

“A Night At The Opera” no solo marcó un punto de inflexión en el desarrollo artístico de la agrupación británica, sino que logró salvarlos de la quiebra total gracias a sus tres millones de copias vendidas, lo que les abrió la puerta para tocar ante cien mil personas en el Hyde Park de Londres y los catapultó para siempre como el mejor acto de rock en el planeta. De hecho, ese fuego espiritual que sale de los parlantes cuando el álbum cierra con “God Save The Queen” nos hace sentir en un estadio, logra que veamos a Mercury con su capa de rey recorriendo el escenario con la corona en la mano. Cuando un disco sigue impresionando de forma constante y se mantiene fresco sin que su pomposidad lo vuelva anticuado, es porque supera el paso del tiempo y se transforma en un verdadero golpe a la cátedra, efecto que Queen logra con una capacidad casi tan grandilocuente como su sonido.


Artista: QueenA Night At The Opera

Disco: A Night At The Opera

Duración: 43:10

Año: 1975

Sello: EMI / Elektra


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Jack White – “Entering Heaven Alive”

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Entering Heaven Alive

Como si el estreno de “Fear Of The Dawn” no fuera suficiente, Jack White hizo lo impensable al publicar dos trabajos solistas en un mismo año, los que, pese a claras diferencias en lo sonoro, presentan una línea que los une como dos obras hermanas, o bien, como un solo gran disco, dependiendo desde el punto de vista que se le escuche. “Entering Heaven Alive” es el nombre de la segunda placa que presenta el hombre a cargo de múltiples proyectos, como The White Stripes, The Raconteurs o The Dead Weather, entregando una versión suya mucho más calmada y reflexiva que la alocada sonoridad que reina en su trabajo anterior, dándole un especial protagonismo a la guitarra acústica sobre una base rítmica que bailotea entre el teclado y la batería, elementos esenciales cada vez que el autor de “Seven Nation Army” ha querido estructurar canciones más robustas, musicalmente hablando.

Las diferencias no se hacen esperar apenas inicia la primera canción del disco, donde se evidencia una orientación mucho más calma en comparación a la ruidosa experimentación de su álbum hermano. “A Tip From You To Me” es el track responsable de ejecutar esa primera impresión, con un White que se escucha mucho más cercano a The White Stripes que en sus últimas aventuras solistas. A pesar de que la amplia instrumentación siempre ha sido ley en el trabajo del guitarrista, es en el tipo de canciones como esta –o las siguientes “All Along The Way” y “Help Me Along”– donde se aprecia mejor la capacidad que tiene de verter elementos acústicos al son de un teclado y batería para generar canciones cálidas, cercanas y con una introspección necesaria entre los furiosos guitarrazos que predominan en su música.

Esos elementos en esta aventura quedan fuera, de ahí su naturaleza de disco hermano con “Fear Of The Dawn” y un lado mucho más salvaje del guitarrista, optando por momentos mucho más convencionales en lo que conlleva al uso del instrumento de seis cuerdas, siempre con una intimidad directa desde el alma y voz de White, quien logra dar finalmente con ese ansiado disco de corte acústico que había entregado en cierta forma con el recopilatorio “Acoustic Recordings 1998–2016” (2016), donde echó mano a algunas composiciones de The White Stripes y The Raconteurs, junto con parte de su catálogo solista. Es así como una canción del tipo “Love Is Selfish” perfectamente puede ser parte de “Icky Thump” (2007) o incluso “Elephant” (2003), para acompañarse posteriormente de experimentos como “I’ve Got You Surrounded (With My Love)” y la primera presencia de guitarras eléctricas, o “Queen Of The Bees” y su juguetona base concentrada en distintos modelos de teclados y sintetizadores.

Hacia la segunda mitad de “Entering Heaven Alive”, White ejecuta claramente una postura más cómoda y jugando a la segura, donde se pueden escuchar algunas de las canciones más impregnadas de su fórmula en todo su catálogo, tales como “A Tree On Fire From Within”, “If I Die Tomorrow” o “Please God, Don’t Tell Anyone”, paseándose por un sinfín de estructuras melódicas sacadas de prácticamente cada etapa de The White Stripes en lo que respecta a su sonido. Si hay algo que más caracteriza a este disco como la segunda parte de una obra más grande, es lo presentado hacia el final, donde, luego de “A Madman From Manhattan”, Jack decide cerrar con “Taking Me Back (Gently)”, versión en clave country de la canción que abre el álbum “Fear Of The Dawn” y que le entrega un cierre completo a todas las variantes de experimentación y uso de fórmulas ya probadas que utilizó el artista durante estos dos larga duración. ¿Por qué esto último? Porque el artista cierra inteligentemente con el mismo sonido de la guitarra que abre “Taking Me Back”, haciendo que estas 11 canciones formen un bucle junto con las 12 del LP anterior.

Es difícil hacer un análisis de un disco que tenga su antecesor con tan poco tiempo de diferencia, pero se entiende cuando la propuesta que White ofrece no es algo tan diferente, sino más bien un complemento. El único “pero” que está quedando todavía pendiente en la música del hombre detrás de Third Man Records es de ver cómo sonaría con un productor externo, que sepa explotar sus cualidades o lo guíe en la exploración de terrenos diferentes, más allá de seguir transitando los mismos caminos, pero con distintos métodos de transporte. Tanto este disco como el anterior fueron fruto de un prolifero período creativo durante la pandemia, donde se nota que Jack mantuvo sus esfuerzos en desarrollar y afinar su propuesta, ejecutando fórmulas un poco más accesibles y sacando del nicho a su carrera solista para situarla en un terreno más parecido a lo que hacía con su proyecto principal. Dejando todo esto sobre la mesa, donde más se nota la evolución de White como artista es en el sentido de comprender y estar consciente de sus capacidades y el sello que imprime en sus composiciones, permitiendo que la ejecución de estos factores consiga un claro beneficio más que un intento de autoplagio.


Entering Heaven AliveArtista: Jack White

Disco: Entering Heaven Alive

Duración: 40:06

Año: 2022

Sello: Third Man Records


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