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Mëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh Mëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh

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El Álbum Esencial: “Mëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh” de Magma

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Antes de hacer nuestra parte y agradecer la herencia de “Mëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh”, un álbum fundamentalmente esencial por la atípica originalidad de todos los elementos que lo componen, cabe preguntar si una banda puede ser trascendental a partir de su irrupción en un momento y contexto determinado, por sobre la valoración otorgada a sus trabajos en todo el quehacer de su carrera. Para hacer rankings con los mejores discos de la historia están los ingleses y la revista Rolling Stone, sin embargo, si hablamos de los nombres que han sacudido por completo el proceso creativo dentro de la disciplina musical, con el halo de locura/genialidad que necesariamente debe intervenir, las opciones se reducen y es más factible garabatear una revisión inédita.

Cualquier lista de ese tipo podría ser perfectamente encabezada por artistas como John Cage, o grupos como The Residents, Neu! o los mismísimos Magma. Está claro que estas figuras y muchas más fueron parte de una avanzada vanguardista que se tomó la experimentación como un dogma, sabiendo (o no) que posteriormente sus resultados alcanzarían un estatus de culto dentro de los medios que hoy día se auto validan pretenciosa y equivocadamente a través de la transversalidad de sus gustos y mediante el estrecho margen de sus seguidores. En relación con lo primero, la intención saneada del conjunto francés pasó por llevar la irracionalidad hacia un irrepetible imaginario basado en la ciencia ficción, mientras hacían uso de un extensivo abanico de herramientas que escapaban al concepto puramente musical. El ilimitado espectáculo visual que construyeron en vivo se integró casi por añadidura.

Aquí la consigna parece haber sido planteada para unificar las rutinas de Monty Python con las películas de Luis Buñuel o Pier Paolo Pasolini y, sobre ese extrañísimo escenario, sumar la revolución del lenguaje de William S. Burroughs. ¿Qué pensar cuando nos dicen que una banda ha inventado literalmente su propio idioma para hablar sobre realidades distópicas en el marco de los movimientos artísticos europeos de exclusividad casi idiota, que a principios de los setenta ya representaban un acceso improbable para el público? Más allá de que lo anterior suene como el caldo de cultivo ideal para la proliferación de los esnobistas más insoportables, lo cierto es que la noción original de los parisinos –prácticamente intacta hasta nuestros días– apostó por la demarcación absoluta de las ideas que se encontraban vigentes, algo que por supuesto facilitó que su círculo fuera cerrado bajo una especie de cofradía. No es un exceso decir que Magma transformó su anonimato en un gueto cultural voluntario.

De esta manera asoma el zeuhl, subgénero del rock progresivo creado por la agrupación en el alba de su carrera, cuyo paralelo con el estilo abierto y dominante de la época (centralmente progresivo de corte sinfónico), y con escenas como la de Canterbury (ahí Soft Machine, Gong y Caravan prevalecieron), radica mucho más en la deuda histórica con John Coltrane que en sus ítems estéticos o temáticos. Y es que el saxofonista norteamericano fue tan influyente para el rock experimental de primera generación, que no hay corriente dentro de aquel que esté al margen del fabuloso delirio de su free jazz; fuere emulando el clímax de sus composiciones, ocupando sus complejas estructuras instrumentales o sumando el componente social, político y espiritual de su propuesta, la presencia del autor de “Giant Steps” siempre fue solicitada. Sin ir más lejos, el responsable intelectual de Magma, Christian Vander, señaló haber formado la banda para lidiar con la temprana muerte de Coltrane, ocurrida en julio de 1967, cuando el músico de Richmond sólo tenía 40 años.

Con esos antecedentes mediante, es que los europeos saltaron desde sus dos primeros discos –el homónimo de 1970 y “1001° Centigrades” de 1971– sobre los que plantearon un relato conceptual de tres movimientos, en el que una porción de la humanidad se refugia en un planeta llamado Kobaïa tras el colapso de la civilización terrestre, para llegar a “Mëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh” y así comenzar una nueva trilogía titulada “Theusz Hamtaahk”, la que sería finalizada en temporadas subsiguientes.

Fue hasta el año 2000 que Magma utilizó esta forma compositiva, es decir, contar una historia dividida en tres segmentos, independiente de los álbumes que incluyera la suite completa. ¿La línea común de estos trabajos? El argot kobaïano. Igual que algunos habitantes de la Tierra Media, los Klingon de “Star Trek” o los Drugos de “La Naranja Mecánica”, Magma tiene un dialecto patentado con el que recoge todas las letras de sus canciones. Y es que, en la proyección quimérica de Vander, el francés como lenguaje no era lo suficientemente expresivo para emparejarse con los sonidos del zeuhl (que en kobaïano puede traducirse como “celestial”), cuya probada vocación hacia el eclecticismo incorpora retazos de la música clásica, del rock progresivo y espacial, del soul, de la música coral, de los cantos tribales africanos construidos en el formato pregunta/respuesta y, claro, del jazz libre.

Desde luego, “Mëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh” también fue registrado a través de la misma lengua artificial, lo que en principio se puede advertir fácilmente porque, en el pleno de esa hipnótica introducción emplazada en “Hortz Fur Dëhn Štekëhn Ẁešt”, la conjunción fonética para el oyente es un terrible sinsentido; una anarquía vocalizada que, sin embargo, se transforma rápidamente en el resquicio más adictivo del larga duración. En efecto, el zeuhl en combinación con la afiebrada jerigonza del planeta Kobaïa produce tal paroxismo en los nueve cantantes de la banda (además de Vander, sobresalen Klaus Blasquiz y Stella Vander, desde esos años pareja de Christian), que sus interpretaciones resultan tan abrasivas como iluminadas. Los respiros de esta vehemencia generalizada obedecen a ciertas máximas de los movimientos instrumentales de larga duración: transiciones entre cortes con marcada relación entre los propios, melodías y letras iterativas que anticipan los episodios climáticos más estridentes, o ritmos autónomos que favorecen el caos ordenado, como queda particularmente reflejado en el escalofriante desenlace de “Nebëhr Gudahtt”, un tema con efecto bola de nieve, donde la cordura ya no deambula, sino que se arrastra.

Ahora bien, si el colectivo de canciones en “Mëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh” parece una sola pieza es porque originalmente se imaginó de ese modo. La agrupación creó todo el concepto del álbum para imprimirlo en una gran toma de 38 minutos, sin embargo, su sello discográfico para la época, A&M Records, se negó a la idea y dividió el registro en siete temas (en 1989 el disco tendría su publicación en el formato inicial bajo el nombre de “Mekanïk Kommandöh”) cuyas cadencias están armonizadas de manera tal, que cada uno de los instrumentos participados cumple una función específica. Mientras que las cuerdas de primera línea (piano, órgano, teclados y bajo) establecen la base vital del trabajo, sobre la que descansa el sonido por largos pasajes siniestros del mismo, la guitarra subyace para reinterpretar el compás vocal y, sobre todo, para incorporar el éxtasis traducido en música más acabada de toda la producción. Por otro lado, los ritmos que arroja la percusión se encuentran tan notablemente arraigados en el jazz, que es imposible un desarreglo en la suma, porque su sola estructura precipita que los demás instrumentos asuman un riesgo. Por último, están los vientos, que surgen como una herramienta de énfasis ideal en los rincones más ceremoniales del LP, como en la mitad de su quinto corte, “Mëkanïk Kömmandöh”, cuando se desencadena el quiebre más espectacular del relato.

Por supuesto, ante un trabajo de tantos engranajes como es “Mëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh”, era indispensable la presencia de un regulador estético, un creador que fuera capaz de cohesionar un proyecto a todas luces demente. Sin equivocaciones, ese tipo no es otro que Christian Vander, el artista que nació en 1948 al este de París, hijo de una madre música que lo introdujo tempranamente al siempre lacerado ecosistema del jazz para luego transformarlo en un barra brava de John Coltrane. Es la admiración fuera de toda lógica la que produce Coltrane en Vander una que permite al último desarrollar un leitmotiv tan absurdamente pasional, no sólo en el tercer disco de su banda, sino que en toda la historia de aquella. Después está la visión multicultural del baterista (instrumento de cabecera del compositor), quien puede conciliar tantos estilos distintos dentro del subgénero que inventó, que sus coléricos gritos en todo el ancho de “Mëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh” se ajustan a toda regla cuando dirige la brillante catarsis vocal a la que llega el conjunto.

Hay dos grandes formas de recibir un álbum como “Mëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh” y de entender el concepto parcial tras el nombre de Magma. La primera, siendo el o la arrogante que acapara la música como un tesoro individual que no se comparte (no se puede creer, pero el apartheid de los fanfarrones se sigue construyendo). Y, la segunda, aceptando el hecho de que el universo Magma no va a terminar de ser descubierto jamás porque sencillamente nuestros idiomas no coinciden, lo que en realidad poco importa si el intercambio llega a través del zeuhl. Para adoptar el último punto, sólo es necesario revisar conciertos añejos del grupo y ver cómo en su trance Christian Vander se retiró en alma a Kobaïa hace rato.


Artista: MagmaMëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh

Disco: Mëkanïk Dëstruktïẁ Kömmandöh

Duración: 38:47

Año: 1973

Sello: Vertigo Records


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Bob Dylan – “Rough And Rowdy Ways”

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Rough And Rowdy Ways

Es la voz cansada y áspera que abre “I Contain Multitudes” un chispazo del largo aliento que hay tomar para abordar el trigésimo noveno, y primer álbum original desde 2012, de Bob Dylan. De emociones vacilantes, los múltiples narradores de “Rough And Rowdy Ways” transitan entre un extraño optimismo hasta una mirada contemplativa de la muerte, de figura tan oscura como curiosa.

Moviéndose entre sonidos, la novedad no asoma con “False Prophet”, un agresivo blues que ya suena clásico en el autor, quien a ratos toma un poco de jazz, añade steel guitars y da vida a “My Own Version Of You”, que sí destaca por su macabro relato. Plagado de referencias, el narrador se pasea por el cementerio recolectando diferentes partes humanas. De todo ello bebe este álbum para trazar un camino que se moverá fácilmente entre temas con el denominador común de la ya recurrente muerte.

A propósito de la partida de una de sus máximas influencias, Little Richard, en una reciente entrevista Dylan señalaba que el gospel era la música de las buenas noticias, sin embargo, hoy en día no hay ni una sola. Si existiera la melancolía después de más de medio siglo de carrera y esa banda sonora estuviera a cargo de alguien, ¿sería “Rough And Rowdy Ways” la respuesta? Y es que, pese a renunciar hace años a su histórica figura de portavoz, Bob sí es capaz de proyectar una mirada absolutamente influyente, descansando en pequeños guiños históricos y autobiográficos bajo una mirada reflexiva y serena. Si hasta toma la armónica en “Goodbye Jimmy Reed” para rendir tributo a otro de sus referentes del blues y dar un paseo lleno de anhelos hasta la balada “Mother Of Muses”.

Desde cierto punto a la fecha, Dylan se refugia en clave crooner para dar vida a canciones como “I’ve Made Up My Mind To Give Myself To You” hasta la oscura “Black Rider”, de sobrios y lentos arreglos. La ejecución toma tiempo para revelar minuciosamente cada aspecto del álbum, lo que podría dejar fuera el factor sorpresa, pese a que no haya nada que demostrar. Una lista de colaboradores incluyó, entre otros, el nombre de Fiona Apple al piano en el último track, y también en voces. Pese a que aún no se determina para qué canción Apple prestó su voz, la sobria “Key West (Philosopher Pirate)” se funde entre arreglos de acordeón y coros que bien podrían pertenecer a la neoyorquina.

Hacia el final, “Rough And Rowdy Days” es un álbum de reposado y lento avance; un trago espeso de nueve canciones que superan desde los 4 a los 9 minutos hasta la maciza “Murder Most Foul” –una serie de anotaciones en torno al asesinato de John F. Kennedy–, que roza los 17 minutos recitados. Es en su extensión una pieza que por sí sola refleja el estado actual de un todo como una pintura, según sus propias palabras. Resulta que, más allá de lo suntuoso e imperturbable que pueda parecer, sin laureles ni introducciones, lo que queda de este álbum es su atemporal revisión reflexiva de cómo mirar el pasado y el propio presente. Un recordatorio de una mente vivaz en completa conexión con su historia y rol.


Artista: Bob Dylan

Disco: Rough And Rowdy Ways

Duración: 70:33

Año: 2020

Sello: Columbia


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