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AFI – “AFI (The Blood Album)”

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No se deben agregar muchas palabras para saber que la senda trazada por AFI -desde hace ya más de 20 años- tiene una clara impostura sonora acompañada de una nítida identidad. Así las cosas, para los oriundos de California, el hardcore y el punk rock han sido el sello y motor de una larga trayectoria que no ha estado lejos de los escándalos, los disturbios internos, abundantes colaboraciones insignes y el reconocimiento internacional. Reaparecer después de cuatro años en la escena musical con un nuevo álbum no es para nada sencillo, sobre todo porque tenemos claridad de que, para Davey Havok y Adam Carson, la composición y el arreglo de canciones es un arte minucioso y nunca azaroso. Con “AFI (The Blood Album)” y sus 14 canciones nos aproximamos a un disco bastante poco benevolente con la tranquilidad auditiva del público, acompañado de buenos y pesados momentos que bien recuerdan el largo pasado musical de la banda.

La placa la abre “Dark Snow”, una canción apesadumbrada en su lírica, pero que deslumbra por su marcada batería y por la lealtad sonora de la banda. Una notable obertura que da vida a una inicialmente acústica “Still A Stranger”, la que lentamente va transformándose en un crescendo y agresivo coro que expele incomprensión y dolor emocional. Energía pura extraída de las entrañas de los californianos. Pasamos a continuación a “Aurelia”, una canción autobiográfica que empapa de coherencia rítmica al disco y le adiciona un tono melancólico de tinte juvenil. “Hidden Knives” puede ser catalogada como un tema de amplia sensibilidad, pero representada a través de la dureza del riff al que Jade Puget nos tiene acostumbrado. Nada muy lejos de un característico sonido al estilo AFI se vislumbra con “Get Hurt” y “She Speak The Language”, aunque esta última es una canción de un tono más acompasado, experimental a ratos, y adornada por una línea de bajo y de guitarra que recuerdan los mejores momentos acústicos de la banda en los ya lejanos 90.

Una nueva etapa en el disco puede escucharse con “So Beneath You”, una composición que avanza y desciende sistemáticamente en su intensidad, dejando al oyente aletargado con tanto movimiento sonoro. Una guitarra definida, una batería protagonista, un bajo que llena el paisaje sonoro y un reconocible coro transforman a “Snow Cats” en una canción de estadio, que bien podría ser tocada en cualquier lugar del mundo; no por nada fue escogida como sencillo del álbum.

“Dumb Kids” devuelve a la vida al disco y recuerda la mejor versión de las pasadas glorias de la banda, que mucho le deben a The Misfits y Dead Kennedys, es decir, asistimos a una notable versión del mejor punk rock de antaño. “Pink Eyes” está en sintonía con la energía ya derrochada del tema anterior, que bien podría ser una hermana melliza en lo sonoro. Vitalidad, actitud y desenfreno de comienzo a fin. “Feed From The Floor” es un cable a tierra que contrasta con la impulsividad de “White Offerings”, una canción rabiosa que impulsa a la placa hacia unas texturas sonoras pesadas y duras. “Above The Bridge” expele elegancia en lo sonoro y desencanto y sensibilidad en lo lírico. Finalmente, “The Wind That Carries Me Away” cierra el disco, no sin antes regalarnos unos delicados riffs que delinean una canción notablemente ejecutada.

“AFI (The Blood Album)” recorre distintas intensidades rítmicas, ofreciendo así variadas texturas sonoras en sus 14 composiciones. Ciertamente no hallaremos nada muy desconocido ni menos imprevisto en estos 45 minutos de sonido, pero con todo esto a cuestas, es un disco equilibrado, inserto en un libreto ya conocido por los californianos. Líricamente presenta una evidente madurez que armoniza con ejecuciones instrumentales de artistas cuya experiencia es indiscutible. Identidad, es sin lugar a dudas, un calificativo del tamaño de este trabajo.

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El Álbum Esencial: “Gentlemen” de The Afghan Whigs

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Gentlemen

R&B metido en el rock con aspiraciones mainstream, hombres reconociendo errores, creatividad mezclada con generosidad, una vocación digna del salmón para nadar contra la corriente, y una conciencia adulta y comprometida. Todos estos factores se conjugaron para convertir a “Gentlemen” en uno de los discos más relevantes de una época que no le reconoció ese estatus en su momento, pero que, con la perspectiva que entrega la distancia temporal, va quedando poco a poco como uno de los bastiones escondidos de una época que fácilmente fue minimizada y estigmatizada, y que tuvo mucho más que grunge y britpop.

Hoy, es natural encontrar en la música negra a un componente esencial de los quiebres rítmicos y sonoros que hacen más rico el panorama de las canciones, pero esto tiene directa relación con la preponderancia alcanzada por el hip hop, y también por el surgimiento de intérpretes que revalorizaron el R&B para el pop. A finales de los 80 esa mezcla no era algo que impactara en el rock, pero Greg Dulli fue formado con esa impronta, viendo en figuras como Al Green, Stevie Wonder o Prince a verdaderos ídolos y, pese a vivir en un lugar conservador, sabía que en el movimiento de las caderas y el groove de un bajo bien instalado había una energía que superaba las diferencias.

Incluso al propio Dulli le costó instalar esta mezcla en su sonido característico. Le tomó un par de discos, muchos conciertos y algunas peleas notar cómo el rock de The Afghan Whigs necesitaba esa cadencia para expresar lo que se hacía urgente. En medio de franela y pelo largo, Dulli y los suyos se ponían trajes, se peinaban y combinaban. Nada de eso les quitaba potencia y se ganaron una reputación tal con ello, que saltaron desde la en ese momento quebrada, pero emblemática etiqueta Sub Pop, hacia el sello Elektra. En medio de un crecimiento basado en la diferencia, esos desencuentros hicieron que Dulli quebrara una relación y esas serían las vísceras desde las cuales “Gentlemen” se haría carne.

Aunque el disco tiene una mirada prominentemente masculina, Dulli escribe y piensa en el álbum como una forma de examinar de forma brutal las relaciones humanas, alejándose de los eufemismos y de la mentira del amor romántico. Aunque ahora existe un conocimiento de cómo la dinámica hollywoodense de pareja es algo construido, pocas veces se había puesto bajo la lupa, en especial desde una visión que ve en el hombre a un ente multidimensional que no sólo sufre, sino que hace sufrir, y que no busca una retribución o un regreso al pasado, sino que sencillamente acepta que se equivoca. Aunque no es explícito en ello, Dulli en “Gentlemen” aborda las aristas de la naturaleza de lo masculino, lo que culturalmente se le asocia, los roles que debe tomar, y mucho más. Más aún: en el disco la voz de un hombre dominante es la que poco a poco se va apagando para dar paso al acto de escuchar. No sólo existe una alquimia que transforma el vital rock de The Afghan Whigs en algo sabroso, sino que la mezcla involucra las voces y los hablantes que se disponen. En vez de dejarse llevar por el ego, está el mérito amplio de entender lo que el disco y las canciones requieren.

Desde el rol que se debe jugar (“Gentlemen”) se pasa al contraste entre lo que se espera románticamente y lo que el sentido más bruto quiere (“Be Sweet”). Las fachadas se caen en “Debonair” justo antes de la separación (“When We Two Parted”), el intento de recaída (“Fountain And Fairfax”) y el bloqueo interior inaguantable (“What Jail Is Like”). Una acrobacia de sentimientos que quiebran al hablante, que queda a merced de, por fin, escuchar. Y eso ocurre cuando Dulli le deja el micrófono a Marcy Mays, quien canta en “My Curse”, y lo hace dejando en claro que, aunque el hombre tenga un dominio dado por múltiples instancias, siguen existiendo posibilidades de igualar el campo y que el opresor sea oprimido –donde más le duele–. Con esa revelación viene “Now You Know”, acusando recibo y quitando del camino el pasado.

Este es un arco casi conceptual, pero se da con fluidez y sin elementos forzados. Quizás tiene que ver que en una sola noche Dulli hizo las voces de seis canciones, pero es más que eso. Hay un entendimiento de cómo las relaciones decaen y de la estética que la banda necesitaba disponer en un disco. “Gentlemen” enfrentó las tendencias de géneros más estáticos y dispuso el soul al servicio de la rabia de una guitarra distorsionada, o al R&B como pauta para la sección rítmica.

Viendo cómo el disco se desenvuelve, no es extraño que se rinda un homenaje a los sonidos que lo sostienen con un cover de “I Keep Coming Back”, popularizada por Tyrone Davis. En vez de usar sus palabras, Dulli entiende que existe alguien que expresa mejor eso, y a él le queda interpretar para dejar casi como si fueran los créditos el final con “Brother Woodrow”, un instrumental que parece soundtrack de película, abriendo el abanico de sensaciones.

En un álbum que busca representar prácticas masculinas, es el hombre el que queda poco a poco sin voz para dar paso a otras, otros, y al acto de oír al resto. Despojado de la carga omnipresente del ego, existe un crecimiento palpable, y donde otros hurgaban en sensaciones adolescentes de rabia y angustia, The Afghan Whigs se hace de un disco que tuvo mucho más en juego y que recién en este presente de perspectivas más conscientes se puede ver cómo intentó cambiar reglas y, más importante, mostrar el camino que se podía seguir. Lástima que no se enteraran por allá en 1993.


Artista: The Afghan Whigs

Disco: Gentlemen

Duración: 48:56

Año: 1993

Sello: Elektra Records


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