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¿Y Dónde Está El Fantasma?

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La comedia familiar, el torture porn, el drama romántico, la parodia. Hollywood ha convertido en verdaderas instituciones cierto tipo de películas de las que no cabe esperar demasiado. Películas que reiteran una y mil veces los mismos recursos, los mismos giros y las mismas problemáticas. Lo lamentable es que  llegan con excesiva regularidad a colmar de mediocridad la cartelera local.

A HAUNTED HOUSE 01La cinta que nos convoca pertenece al género de la parodia, que consiguió nuevos impulsos en 1980 con “Airplane!”, una comedia que sí sabía cómo hacer reír a carcajadas. El título en español es una obvia referencia al filme protagonizado por Leslie Nielsen, que acá se llamó “¿Y Dónde Está El Piloto?”. Más allá de coincidencias de nombre, esta nueva heredera está lejos de estar a la altura. ¿Quién iba a imaginar que lo que reiniciaron los Zucker en los ‘80 terminaría en esperpentos como este?

Malcolm (un Marlon Wayans rayando en lo insoportable) y Kisha (Essence Atkins) deciden que ya es tiempo de irse a vivir juntos. Algunas cosas no funcionan según lo planeado por él, pero cualquier preocupación es aplacada luego de que un demonio empieza a acosarlos. Los ataques irán en escalada, por lo que la pareja recurrirá a un psíquico, un sacerdote y una dupla de cazadores de fantasmas.

A HAUNTED HOUSE 02Lo anterior es supuestamente la trama de la película, sin embargo, lo que realmente hay es un esbozo de historia, o aún peor, una suma de incoherentes sketches hechos por gente amateur con los mismos personajes y ambiente, todo bañado en un humor que provoca cualquier cosa menos gracia. Un camino es tomarse las cosas a la ligera, otro es ni siquiera tener el cuidado de armar una historia mínimamente decente.

Esta es una hermana pobre de la pésima saga “Scary Movie”, en la que Marlon Wayans también participó. Menos ambiciosa pero igual de tontorrona. En este caso las burlas apuntan a las películas found footage, en especial “Paranormal Activity”, y también a emblemas del terror como “The Exorcist” (1973), aunque en menor medida. Su humor es muy visual y también muy reiterativo, y pesar de que puede sacar risas, estas son muy aisladas. No nos engañemos: hasta la cinta más mala puede hacer reír. Un humor que, además de ser simplón y de mal gusto, es  inofensivo y de corto alcance. Le pega a los filmes en cuestión y nada más. De irreverente poco y nada.

Los fines de “¿Y Dónde Está el Fantasma?” son tan infames como básicos: hacer caja riéndose muy burdamente de una franquicia que ya de por sí es despreciable. Nada con menor valor cinematográfico que aquello. Esto es cine desechable que, para disfrutarlo, requiere que dejemos toda exigencia mínima fuera de la sala, y que se olvida apenas aparecen los créditos. Si bien es imposible ofuscarse demasiado con una propuesta que se toma tan poco en serio como esta, sí da como para exigir la plata de vuelta.

¿Por qué diablos películas como esta han proliferado? Simple: tienen un público incondicional que asiste en masa cada vez que un nuevo ejemplar se estrena. Presupuestos minúsculos y recaudaciones moderadas las convierten en un negocio redondo. En teoría,  esta cinta no debiese desembocar en una saga, pero no hay que cantar victoria: la secuela ya está en marcha y hasta tiene fecha de estreno. Ya lo sabemos, los estudios son capaces de exprimir al máximo premisas que apenas daban para una entrega. Que alguien nos salve.

Por Gonzalo Valdivia

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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