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Vida Sexual de las Plantas

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Reproducción, un tema complejo. Algunos creen que es el fin último de toda especie: trascender en el tiempo liberando descendencia por generaciones. No por nada en el colegio nos enseñaron que los seres vivos nacen, crecen, se desarrollan, se reproducen y mueren. Evidentemente, una de las diferencias con el mundo animal y vegetal es que los seres humanos tomamos decisiones, en general ligadas a los sentimientos, frente a nuestra sexualidad. Lejos de la significación meramente botánica del título, “Vida Sexual de las Plantas” explora, de forma incómoda, cómo funciona precisamente esta libertad de elección –a veces falsa, a veces confusa– a través de una mujer en sus 30. Contracepción, familia, amor y deseo se mezclan en un drama vívido y crudo, que replantea instintos femeninos y desdibuja otros.

VIDA SEXUAL DE LAS PLANTAS 01Tras una escapada a la cordillera, la vida de Bárbara (Francisca Lewin) da un giro radical cuando su novio, Guillermo (Mario Horton), sufre un accidente en la montaña que lo deja con secuelas leves. La amnesia temporal, los constantes cambios de humor y la nueva e infantil personalidad de su pareja, la harán cuestionarse los planes que tenía pensados para su futuro, explorando nuevas posibilidades en un mundo que no se detiene a esperar a nadie.

Bajo una premisa funcional se esconde una historia humana punzante, que late entre la búsqueda de la comodidad individual y los deseos profundos, cuando la rutina ya forma parte del telón de fondo. En este sentido, la intimidad representada es estoica, aunque su foco cambia entre el antes y después de la protagonista. Especialmente en el momento que sentimos el amor pero no el romance, o apreciamos el acto pero no percibimos unión, es cuando todas las piezas van encajando, otorgando forma y fondo al drama.

Después del accidente, Bárbara es una mujer extraviada. Todo lo que daba por sentado ya no está, y debe decidir si aguanta o se mueve. Tal vez su realidad no sea la más precaria de todas –él es VIDA SEXUAL DE LAS PLANTAS 02abogado, ella paisajista y viven en un buen barrio–, sin embargo, no deja de tener razones para titubear entre lo correcto, lo que en cuanto a sociedad y moral se espera, o acatar la libertad que los nuevos tiempos y la tecnología permiten. Por ello, se esbozó estratégicamente el slogan “¿y si el amor de tu vida ya no es el padre que elegiste para tus hijos?”. Así, una serie de what if… inunda constantemente el pensamiento de la protagonista, mientras va descubriendo sus verdaderos deseos.

Sin una mirada exhaustiva y/o crítica desde el espectador frente a las situaciones que se muestran, esta cinta no podría tener el peso suficiente por sí sola. Si bien destaca por aquella reflexión y crudeza de la trivialidad femenina, guarda en su desarrollo un estilo letárgico y un progreso de guión bastante lento. Por suerte, lo metódico de la evolución cronológica de la protagonista y sus encuentros con “nuestro” huero mundo van salvando los puntos flojos del filme.

En cuanto a los aspectos técnicos, no hay mucho que destacar. Como la temática tiene cierta complexidad, el tono es simple. Los cuadros son acatados y la fotografía es la que se esperaría ver reflejada en un living o en una plaza. Lo visualmente bello de este film es justamente la realidad que refleja. Salvo contadas melodías de violines y música diegética, es una película que no esconde ni VIDA SEXUAL DE LAS PLANTAS 03adorna su contexto, poniendo énfasis en los pequeños detalles de la vida.

Decepciona un poco la ambigua química entre Horton y Lewin, algo mezquina cada vez que salen juntos en pantalla. Si bien, aparentemente ambos funcionan, va quedando  una impresión que desestima la atmósfera creada y la que se quiso lograr, mientras que claramente las interacciones entre los demás personajes y la protagonista jamás se sienten cien por ciento auténticas.

En el que es su segundo largometraje, el director Sebastián Brahm –el mismo que protagonizó “Soy Mucho Mejor Que Voh” (2013)– explora con autonomía y visión aspectos “desagradables” del ser adultos pasados los 30, especialmente de una mujer que teme el paso de su reloj biológico. Aunque que lo literal opaca a ratos la profundidad de las temáticas que se van presentando y las actuaciones no reflejan todo lo que deberían, la intención final de la cinta es consumada con soberanía, presentando una tesis visual íntima y franca, como la vida.

Por Daniela Pérez

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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