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Una Familia Espacial

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La estación espacial, el Salón Oval, la cultura de los late, la figura del excéntrico multimillonario, forman parte de una serie de elementos que contribuyen a dejar en claro que la película está contada desde el corazón mismo de los Estados Unidos, y que confluyen en la irrupción de la NASA como articulador clave de la trama. Puede oler parecido a la exageradamente celebrada “Misión Rescate”, pero no, es “Una Familia Espacial”, una película de origen español que, aunque se refugia en el punto de vista norteamericano para urdir su historia, no es de ningún modo otra de esas cintas donde la jugada de calzarse algo de ropaje ajeno se siente impostada o forzada. Simpático y tenue, el filme cuenta a su favor con que detrás hay a un director que confía en la sencillez y en el empuje de los relatos clásicos, rehuyendo de la extravagancia y desfachatez que el mundo de la animación estadounidense suele ofrecer cada vez más habitualmente.

CAPTURE THE FLAG 01Mike tiene doce años, es hijo y nieto de dos astronautas y sueña con seguir los pasos de ellos. Anhela, además, que su abuelo reaparezca y pueda volver a reunirse con la familia. El mundo por mientras contempla cómo un multimillonario quiere quedarse con la Luna para crear energía limpia, agrandar su fortuna y abultar su gigantesco ego. Ese plan involucra hacer desaparecer por completo las huellas de la supuesta proeza alcanzada por el Apolo 11 en 1969, lo que será respondido raudamente por la presidenta de EE.UU. con la aprobación de  una nueva misión espacial, que tendrá implicado al padre de Mike. En medio de esa situación, el niño se verá envuelto en una aventura en la compañía de sus amigos, Amy y Marty, que lo llevará más lejos que incluso su propia sangre.

Más cándida que el grueso de productos animados que suelen copar las salas, “Una Familia Espacial” explica su esencia por ser obra del mismo tipo que entregó “Tadeo, El Explorador Perdido”, un relato de techo bajo, pero lo sorprendentemente agradable y bien articulado como para no lucir empequeñecido al lado de tanto producto animado con estatura de blockbuster. Enrique Gato dota, al menos en su concepción, de ese mismo sello su segunda película, recorriendo pasajes seguros y llanos, aunque esta vez extravía los bríos que su primer largo ofrecía a lo largo de hora y media con CAPTURE THE FLAG 02pocos altibajos. Tanto con sucesión de hechos poco consistentes para los márgenes definidos por la historia, como con situaciones resueltas con déficit de sutileza o, peor aún, energía, la cinta va progresivamente volviéndose opaca y difícil de seguir.

Titulada “Atrapa la Bandera” en España, decepciona en momentos como el del despegue de la nave de la NASA, donde si bien todo lo que ocurre es bastante extraordinario –también ofrece en la lectura de ese momento el calificativo de inverosímil–, no se esmera en hacer lucir ese instante como algo realmente único. A la larga, le saca poco brillo a lo que cuenta, le tiene poca confianza a su propio material, contentándose con el cariño inicial que le imprime a sus personajes y los primeros trazos de la trama. Si la inventiva en la elaboración de su historia aparece aisladamente, en las secuencias en las que la emoción debiese estar arriba existe una deuda que avanza conforme se cruza la mitad.

Se reconoce que privilegie un tono quitado de bulla y conectado con la épica más honesta, y aísle lo excéntrico y disparatado en un solo personaje –el amigo extravagante, Marty, que a ratos agobia, pero también tiene algunos de los buenos momentos de la película–; queremos seguir al inocente CAPTURE THE FLAG 03protagonista y sus genuinos deseos por juntar a la familia y por viajar a la Luna. Sin embargo, llega un punto en que, superados gran parte de los escollos propuestos en un comienzo –que se pueden reducir en el regreso de ese abuelo que hasta cuando abandona por primera vez la Tierra le cuesta hacer una mueca de sonrisa–, la cinta desactiva el entusiasmo por sus propios recursos y resigna intentar convertirse en una película con una narración que bien acompañe la aventura inherente de su historia.

Que al final se hable a nombre de la “humanidad” cuando lo que estamos viendo sólo compete directamente a Estados Unidos, sólo confirma que hay algo poco convincente detrás de la elaboración misma de la película, algo desajustado o derechamente extraviado. Como si a medio camino de la producción, Gato se hubiera dado cuenta que en verdad no tenía nada demasiado interesante qué decir más que exponer los anhelos y deseos de un niño que cae bien a la primera, o que le hubiera provocado incomodidad ubicarse dentro de algo tan gringo para hacer su segundo filme. Como sea, los logros de la película, si bien no merecen total desdén, tampoco resisten mayor análisis, más que hay que reunir sagrados esfuerzos para terminar de verla sin pegar unas cuantas miradas al reloj.

Por Gonzalo Valdivia

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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