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Un Viaje de Diez Metros

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Como consecuencia de una obligación inventiva constante, los distintos géneros cinematográficos han tenido que incorporar diferentes herramientas que deban servir como soporte al tema que se trate –más allá del sentimiento que la cinta busque causar en el público- y que, simultáneamente, levanten un camuflaje a través del cual el espectador se pueda sentir atraído por el argumento. En otras palabras, una película puede tomar como referencia para su definición algún elemento que se relacione expresamente con la forma en que se proyecta el relato, por sobre el fondo del mismo. Así, algunos títulos pueden trascender sobre el género o subgénero al que están sujetos de raíz; ejemplos de filmes trabajados bajo este concepto se enmarcan, sólo por citar algunos, en las road movies, feel good movies, spoof movies, o bien en las food movies, lugar por donde se mueve “Un Viaje de Diez Metros”, que toma como base el libro homónimo superventas de Richard C. Morais.

La familia Kadam, quienes se pueden jactar de poseer una tradición culinaria antiquísima, se verá en la obligación de dejar su India natal a raíz de un accidente, para trasladarse a Saint-Antonin-Noble-Val, un pueblito tan conservador como clásico en el sur de Francia. El testarudo pero bien intencionado jefe de familia, Papa (Om Puri), se pone en la muy difícil labor de levantar un espacio de comida típica hindú, con la ayuda a regañadientes de sus cinco hijos y sabiendo que justo en frente se ubica Le Saule Pleureur, un sofisticado y legendario restaurant de la zona, propiedad de Madame Mallory (Helen Mirren), una elegante y perfeccionista mujer. La guerra por captar comensales ha empezado, y Hassan (Manish Dayal), el talentosísimo chef hijo mayor de Papa, deberá tomar importantes decisiones.

“La comida trae recuerdos”, se repite más de una vez en el transcurso de la película. Una sentencia clara, con la que muchos podemos comulgar, sirve para cimentar un relato en donde la familia y la aceptación –conceptos que le sientan tan bien a películas nacidas o venidas de la India, como la apasionada “3 Idiots” (2009)- ocupa una parte medular en el filme. Las contraposiciones culturales que se muestran están representadas en distintos flancos. Desde los 3 idiomas hablados en la película, que si bien la dotan de toda naturalidad, pueden llegar a ser exagerados en algún momento, hasta una postura nacional arraigada de los personajes, reflejados consistentemente en los papeles de Om Puri y Helen Mirren. Por una parte, se desliza al amor fraterno como vehículo esencial para superar los complicados obstáculos acaecidos de una tragedia, y en el otro extremo se ubica el simbolismo de un lugar, en este caso el restaurant de Madame Mallory, como contenedor de toda esperanza y recuerdo instantáneo de un tiempo feliz.

La paleta es liviana y agradable en las imágenes de los espacios abiertos, y la luz que se filtra en los interiores que tienen tonos en madera, caracterizan casi un lienzo con un bodegón pintado en él. Estos dos detalles tan bien elaborados, proponen una mixtura que recrea un ambiente dispuesto en la presentación de exquisitos platos de comida dentro de los dos restaurantes, y un paseo lleno de coloridos por las escenas que tienen lugar en los bosques y las compras que se hacen en la feria popular de la villa, instancia en donde se dan las situaciones con más gracia en el filme. Este recurso también sirve para presentar la idílica relación que podrían forjar Hassan y Marguerite (Charlotte Le Bon), la encantadora ayudante de cocina de Madame Mallory.

Lamentablemente, la película comienza a languidecer apenas se supera poco más de la mitad de un metraje, que ya es extenso, por lo tanto todo lo que en un principio se visionaba agradable, va adquiriendo un matiz dulzón, con su semillero en diálogos que, en cada abrir de boca, causan más empacho. Los personajes, aunque sin perder sus particularidades, son objeto de cambios en sus caracteres que resultan demasiado fáciles, restando buena parte de la credibilidad que ya hubieren logrado. Lasse Hallström anteriormente había probado con este formato en “Chocolat” (2000), pero a diferencia del título protagonizado por Johnny Depp y Juliete Binoche, “Un Viaje de Diez Metros” no cuenta con aquella historia de amor provocadora, que rozaba el erotismo y que desprendía pasión. La THE HUNDRED-FOOT JOURNEY 03falta de una relación amorosa más arriesgada, supone un punto en contra en el balance de una cinta que va desgastando su cara amable en cada orden tomada.

En contraste con lo que inicialmente fueron los subgéneros ocupados para producir una food movie, hoy la orientación que se le da a este tipo de películas va más inclinado hacia la comedia romántica, rezagando los dramas que abordan temas más delicados, como por ejemplo, y a propósito de la India, de la película favorita de Apu Nahasapeemapetilon y Manjula, “Fried Green Tomatoes” (1991). Así, el objetivo que persiguen los títulos de corte culinario en estos días, obedece al regocijo que pueden originar en el espectador por medio de una historia bonita y bien contada –“Ratatouille” (2007) aparece dando una clase en este ítem- o la semblanza de una relación tan dulce como picante, condimentada en porciones equilibradas. Mirado desde ese prisma, el reto acá es sólo uno: no caer en la indigesta zalamera. En esta ocasión, “Un Viaje de Diez Metros” se queda sólo en las medias tintas, desaprovechando lo que pudo haber sido una cornucopia de sabores para nuestro deleite.

Por Pablo Moya

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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