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Un Monstruo Viene A Verme

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El dolor, la rabia y la impotencia ante la pérdida de un ser querido no son sentimientos fáciles de afrontar a ninguna edad. Incluso mayores, pese a la evidencia de un destino inexorable, intentamos combatir lo inevitable con el único fin de encontrar consuelo frente a las demás posibilidades. Nunca es fácil dejar partir a quien amamos y el temor, la angustia y la incertidumbre son monstruos siempre presentes, hasta que la muerte se hace real. La idea original de la escritora Siobhan Dowd fue llevada póstumamente al formato de novela ilustrada por la pluma de Patrick Ness. El mismo escritor adaptó el premiado libro infantil a guion cinematográfico, obra que bajo la dirección del español Juan Antonio Bayona explora, a través de una oscura y bella fantasía dramática, el temor de un pre adolescente ante la pérdida de su madre que sufre cáncer terminal.

Pesadillas recurrentes, bullying en el colegio, un padre ausente, una abuela estricta (Sigourney Weaver) y el cáncer terminal de su madre (Felicity Jones) son parte de los problemas que Conor O’Malley (Lewis MacDougall) debe enfrentar a su corta edad. Pero una noche inesperada, un extraño monstruo (Liam Neeson) lo visitará para contarle tres historias sin conexión aparente, que lo llevarán a descubrir y enfrentar sus miedos más ocultos.

“¿Cómo comienza esta historia? —Con un muchacho demasiado grande para ser un niño; demasiado joven para ser un hombre”. Con esta voz en off, “Un Monstruo Viene A Verme” presenta previamente que no estamos frente a una inofensiva cinta fantástica para niños (como erróneamente se presenta al público), sino que nos encontramos con una obra más real, completa y dura de lo que quisiéramos. Por un lado, se entrega una historia donde la magia se hace presente de manera inusual, invitándonos a imaginar; pero por otro, se hacen tangibles los sentimientos desalentadores de un tema arduo de afrontar.

Aunque los mensajes trabajados en sus formas y fondos se pueden presentar confusos para las audiencias más pequeñas –y también lo puede ser para aquellos que no han vivido algún tipo de agonía cercana–, la ferocidad de la temática tiene un tratamiento simplemente fenomenal y completo. Sí: es oscura, triste y reveladora, pero también es real, sincera, inocente y delicada. Tanto para el protagonista como para los espectadores, el enfrentamiento feroz de una situación propia de los seres vivos dispone a realizar una introspección áspera y humana que repercute en emociones dolorosas y sentimientos encontrados, pero que a través del camino propuesto en la cinta se van desplegando en significados propios para las situaciones ficticias y las verdaderas.

En general, es muy difícil hacer cine que trate y retrate el dolor de la muerte segura producto de enfermedades incurables sin caer en efectismos vagos. De manera errónea, la reciente “Collateral Beauty” (2016) propuso que es posible encontrar belleza hasta en los hechos más terribles que suceden a los hombres, pero no se advertía que los consuelos artificiales son el peor remedio contra un hecho existente, pues generan aún más sufrimiento que el presente. Tal vez no hay belleza pura en el dolor, pero sí es posible transformarlo y sobrellevarlo, por mucho que cueste. Esa es precisamente una de las tesis de “Un Monstruo Viene A Verme”.

Con una atmósfera que recuerda el estilo de “Where The Wild Things Are” (2009) y “El Laberinto del Fauno” (2006), un ritmo pausado –que a ratos cuesta enganchar–, poco a poco las escenas impregnadas en diferentes emociones cobran forma tocando hasta las fibras más profundas disponibles. Con un protagonista que no es necesariamente extraordinario, pero que sí transmite tras sí el peso de llevar el dolor, se logra un relato sincero, que guarda años de agonía pura y que de alguna forma se desahoga catárticamente por un camino que hace sentido, más allá de la magia captada con el CGI.

Las actuaciones de los protagonistas, e incluso la voz otorgada por Neeson, ayudan a formar una atmósfera tan amigablemente conocida como extrañamente sombría. Hay secuencias animadas y reales armadas con profunda belleza, construidas desde la delicadeza de una verdad cruda y sublime que en todo momento demuestra lo terrenal de sus cimientos. Los planos macro logrados sutilmente con lentitud y significado, tomas aéreas captadas con gran perfección y un sentido único del uso de silencios, conforman una sinfonía abrumadora que no teme ahondar en resquicios desgarradores. Y aunque peque de diálogos imprecisos o situaciones enredadas, el encuadre realista a través de los toques de perfecta fantasía lóbrega logran un clímax completamente emocionante, si se le permite, hasta las lágrimas.

Por Daniela Pérez

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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