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Un Momento de Amor

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Las historias de amor han sido siempre un foco de atracción a la hora de narrar, desde los amores imposibles hasta las grandes pasiones que constantemente inundan todos los productos artísticos, o desde el arte hasta la televisión y el cine. Es por esto que es difícil encontrar una propuesta que revista alguna novedad sustancial en el modo de contar o hacernos partícipes como espectadores de un idilio amoroso. “Un Momento de Amor”, cinta que viene de la mano de Nicole Garcia y basada en la novela de Milena Agus, es un nuevo intento de hacer ese cruce entre amor, locura y pasión que promete atrapar al espectador entre sus garras, pero sin lograrlo en ningún momento. Un intento fracasado que, a pesar de su estética y el notable trabajo actoral, no se encamina hacia ningún lado y termina por impresionar al espectador más por la forma en que logra boicotearse a sí mismo que por su propuesta o lo que pueda transmitir con ella.

Una de las dificultades transversales de este filme es, sin duda, su enrevesada forma de contar una historia que es en principio muy simple: Gabrielle Rabascal (Marion Cotillard), se entrega a un matrimonio infeliz tras ser rechazada por su profesor de historia en la juventud. Luego, presa de una enfermedad conocida como el Mal de Piedras, conoce a su gran amor, André Sauvage (Louis Garrel), en un centro de tratamiento.

Hasta este punto la historia tiene mucho potencial, claramente no por su originalidad, pero sí por su fuerte trabajo estético y la delicadeza que tiene Nicole Garcia para llevar el ritmo de una película que exige la atención del espectador para poder entrar en su sensibilidad. Sin embargo, tras los primeros treinta minutos de metraje, la narración se vuelve plana y las motivaciones de los personajes son cada vez más falsas. Los puntos álgidos de la historia amorosa se ven prontamente forzados gracias a una narración pretenciosa y sin contenido, que se esmera en dar dimensión a personajes crípticos que no tienen ninguna razón de ser. Adicionalmente a ello, la historia general de Gabrielle (Marion Cotillard) se ve atravesada por una serie de microhistorias que no alcanzan a desarrollarse, dejando un sentimiento de incomplitud total a medida que el personaje principal se sume más y más en sus recuerdos, dejando el resto de contenido como un mero decorado sin importancia ni valor.

En lo sonoro, la propuesta de la película tampoco alcanza a madurar en su totalidad. Un trabajo desde el silencio y los ruidos naturales que distienden una narración que ya ha sido suficientemente mal planteada, generan una atmósfera de espera notable. No obstante, a pesar del buen trabajo en generar dicho ambiente sonoro, la película se traiciona a sí misma con la ocasional entrada de pistas de audio contra este silencio al natural que se configuraba como uno de sus grandes puntos. Dichas entradas, a su vez, no logran encontrar una explicación plausible a medida que los minutos avanzan, dando la impresión de que –en un afán por hacer una buena película– la dirección auto boicotea su propio trabajo al bombardearlo de una mixtura de lenguajes nacidos desde la pretensión y no desde una propuesta artística sólida.

Finalmente, desde el punto de vista del trabajo de cámara, color y espacio, la película hace gala de exquisitos ambientes arquitectónicos y naturales, que sólo encuentran su contrapunto en la performance comedida y visualmente agradable de sus actores. El juego de colores, punto indiscutiblemente fuerte de la propuesta, logra formar un lenguaje propio que se enlaza con la emocionalidad de su protagonista.

Sin embargo, dicho juego, que empieza a hacerse crucial a la hora de desvelar la trama hacia la segunda mitad de la película, comienza a verse mal utilizado por las fijaciones sin sentido de su guion: la intimidad de la protagonista –usualmente ligada al sexo y a colores oscuros– mantiene en penumbra gran parte del gran trabajo actoral de Marion Cotillard y desaprovecha en gran medida la amplia paleta de colores que haría de esta cinta una joya visual del paisajismo europeo.

Es debido a estas razones que, tras ver “Un Momento de Amor”, sólo quedan dos preguntas que hacer: “¿Qué?” y “¿Por qué?”. Interrogantes que nos hablan de un trabajo pretensioso que no logra plantearse con claridad, que no consigue encantar y mucho menos hacer sentir algo a la audiencia. Es en medio de esta reflexión sobre las razones que harían justificable contar esta historia, que el giro final del argumento se presenta como un insulto a la sensibilidad e inteligencia de quien mira este filme, terminando de lapidar un intento que en su punto más álgido solo podría ser calificado de mediocre.

Por Ricardo Tapia

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Top Gun: Maverick

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Top Gun: Maverick

La última de una larga seguidilla de reboots, secuelas y remakes de películas clásicas de la década del 80, “Top Gun: Maverick” de primeras cumple con su cometido. Es una perfecta secuela de “Top Gun” (1986), que, si bien cae en muchos de los mismos vicios, también la actualiza para las nuevas audiencias sin perder el núcleo que hace recordar a la original.

La historia empieza cuando Maverick (Tom Cruise) es enviado, a petición del almirante Iceman (Val Kilmer), su antiguo compañero, a volver a la academia Top Gun a entrenar a un equipo de egresados para una peligrosa misión. Sin embargo, en el grupo de pilotos se encuentra Rooster (Miles Teller), hijo de Goose, viejo amigo de Maverick que falleció mientras ambos estudiaban en la misma academia. Maverick tendrá entonces que enfrentarse a su pasado para poder entrenar al hijo de su amigo y poder cumplir la peligrosa misión que les ha sido encomendada.

Desde el primer momento “Top Gun: Maverick” deja sumamente claro que, más que contar una historia terriblemente original, lo que busca es de alguna forma transportar al espectador al mundo de la primera película. Esto la lleva a caer en varios de los mismos vicios. De hecho, casi se siente como si fuera la misma película, pero todo un poco más exagerado. Los personajes son inverosímiles, la forma de Maverick de relacionarse con el mundo se siente superficial y maqueteada, todo está diseñado para que cada momento nos recuerde lo talentoso e intrépido que es el personaje. Incluso los momentos más interesantes desde un punto de vista narrativo y que son el núcleo emocional de la película, es decir, la relación entre Maverick y Rooster, se ven sofocados en un mar de nimiedades estilísticas.

La peor de estas nimiedades es la trama romántica entre Maverick y Penny (Jennifer Connelly), con un romance bastante parecido al de la primera cinta, e igual de innecesario, ya que Penny lamentablemente no tiene una personalidad ni un objetivo, más allá de ser el interés romántico del protagonista. Lo anterior se siente casi como si hubieran metido al personaje sólo para mantener la misma estructura que la primera película, y porque Penny es una referencia a una línea de la misma.

Sin embargo, y a pesar de todos sus problemas narrativos, los momentos en que la “Top Gun: Maverick” brilla, realmente lo consigue. Las secuencias de vuelo, al igual que la de 1986, son dinámicas, entretenidas y tensas, pese a la falta de peso emocional que puedan tener, ya que durante las escenas de entrenamiento no se siente que los personajes tengan realmente mucho que perder. Son espectáculo puro y, al poner la cámara al interior de las cabinas de los F-18 que pilotean los personajes, se genera una experiencia sumamente inmersiva, emocionante y frenética. Esto se da particularmente en el último tercio, cuando a todo esto se suma el peso del combate real, generando una tensión que mantiene al borde del asiento a punta de velocidad y vértigo, a pesar de que los personajes no sean particularmente queribles.

Visualmente la película se cae un poco. Sufre del look genérico que tantas cintas de acción actuales tienen, donde no hay una dirección y estilo reconocible, fuera de que todo sea fácil de leer visualmente para que la acción en pantalla se entienda. Hay muchos guiños visuales a la primera película, pero esto sólo genera que, en el contraste con su antecesora, “Top Gun: Maverick” se sienta mucho más plana y genérica. Y aquello tiene sentido, puesto que esta no es una película de visión autoral, sino que un producto de nostalgia.

Y a eso se reduce de alguna forma “Top Gun: Maverick”, demostrando que es posible tomar una película muy propia de su época para actualizarla de forma exitosa. Sin embargo, no se siente como una sucia estrategia de marketing para ganar dinero, sino que como algo originado de un verdadero cariño y una real pasión por el cine de acción, por el estilo de películas que se hacía en esa época y que ha ido desapareciendo con el tiempo. Si bien no es una gran película, “Top Gun: Maverick” cumple con creces su objetivo de mantener vivo el espíritu de esa era, para bien o para mal.


Título Original: Top Gun: Maverick

Director: Joseph Kosinski

Duración: 131 minutos

Año: 2022

Reparto: Tom Cruise, Miles Teller, Jennifer Connelly, Jon Hamm, Glen Powell, Ed Harris, Val Kilmer, Lewis Pullman, Charles Parnell, Bashir Salahuddin, Monica Barbaro, Jay Ellis, Danny Ramirez


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