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Un Fin De Semana En París

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París, ciudad mágica, llena de secretos; luminosa, viva, juvenil, nostálgica. Cuna de grandes anécdotas, perdida en el tiempo, elegante refugio romántico. Ciudad musa de directores y realizadores, la capital francesa goza de ser una de las pocas metrópolis turísticas en que el tiempo parece detenerse, o al menos eso es lo que se ha intentado forjar a través de las innumerables cintas que tienen a la urbe como centro de la historia. Lejos de la cruda realidad a la que se ha visto expuesta París en el último tiempo, no deja de sorprender la majestuosidad con que la ciudad recibe LE WEEK-END 01al visitante, el sigilo con que guarda sus secretos y que terminan por transformarla no sólo en un lugar donde suceden cosas o en una locación más; es un personaje pasivo, presente y discreto, que observa sin juzgar y ofrece protección a los viajeros perdidos, física y casi emocionalmente. Esta tesis nuevamente cobra sentido ahora, en el último largometraje de Roger Michell, que si bien llega tarde a la cartelera, se guarda unas joyas atemporales sobre la vida en pareja.

Casados hace más de 25 años, Nick (Jim Broadbent) y Meg (Lindsay Duncan) regresan a París, lugar donde fue su luna de miel, para recordar viejos y buenos momentos. Sin embargo, la relación de ambos pasa por segundos difíciles y pende de un hilo. Con París como detonante de los hechos, van quedando expuestos sus problemas de la vida adulta mientras intentan remendar el pasado y controlar el rumbo de sus destinos individuales.

Teniendo en cuenta que “Un Fin De Semana En París” es una película para un público bastante segmentado y definido, el pulso aletargado y regularmente reflexivo de la obra se fundamenta para explicar los problemas que se buscan retratar. Y este público maduro será quien mejor entenderá los vaivenes de la vida generosamente compartida. Los altibajos que refleja la pareja inglesa, con el coraje de haber estado tanto tiempo junta, manifiestan cavilaciones inseguras respecto al futuro, individual y como un todo. El hombre, por un lado, reclamando la falta de romanticismo e intimidad perdido en el camino; la mujer, por el otro, reivindicando la falta de libertad después de años forjados LE WEEK-END 02en la honestidad y la confianza. La determinación con que el director desenvuelve esta historia romántica y terrenal, que para nosotros es un poco más complicado de dilucidar sin haber estado en los zapatos de los personajes, hacen virtud de la importancia de la experiencia compartida, los deseos de redención, libertad y autonomía, y el disfrute de los años que van quedando como un fin en sí mismos, como un premio al final del camino de la vida.

Tanto Broadbent como Duncan conceden una performance perfectamente conectada,  honesta y totalmente creíble. Hay momentos en que las miradas de culpabilidad delatan lo que los personajes no pueden decir y allí recae la gran hazaña de esta cinta: la comprensión, tras años y años de práctica para conocer realmente a la persona que acompaña nuestra existencia, puede hacer completamente fuerte o terriblemente débil una relación. Cuando se pone en mesa interrogantes como “¿para qué seguir sufriendo cuando ya no hay nada que hacer en contra del tiempo?”, surgen los verdaderos cuestionamientos acerca de las decisiones importantes que se han tomado y si fueron realmente correctas.

LE WEEK-END 03El humor recatado pero no invisible, sarcástico y delator, se hace presente entre estos dos compañeros y, a ratos, némesis, logrando naturalidad y llaneza, elementos con los que la trama se levanta de las recaídas que sufre a lo largo del metraje. Declives que tienen que ver con el distanciamiento de la tesis que se deja entrever, pero que por fortuna pasa desapercibida por las constantes desventuras de la pareja, a veces sumida en un éxtasis extravagante casi juvenil, y otras en la desdicha del miedo y la soledad.

Como broche de oro, los dos personajes principales potentes y definidos que se apoderan de la pantalla, reflejan una historia profunda y trascendente, tanto para la época como para las etapas que seguramente todos viviremos en algún momento. En definitiva, una nueva mirada a la idealización inevitable de los lugares, de los momentos, del pasado, de las personas, de la vida y de las relaciones.

Por Daniela Pérez

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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