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Turbo

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Los relatos son esenciales para el aprendizaje de los niños. Desde pequeños comenzamos a aprender (y aprehender) el mundo a través de historias que resumen la complejidad de la realidad que nos rodea, filtrando y depurando las enseñanzas que necesitamos para seguir avanzando en la vida diaria. Por eso, el ejercicio del cuento nocturno antes de dormir, es sacralizado en el recuerdo de infancia.

El género infantil cinematográfico ha reemplazado, junto a los canales de televisión y las series para niños, esa costumbre didáctica. Los padres ya no tienen tiempo (o simplemente no quieren) para dedicar a contar historias a los pequeños, entregando esa misión fundamental a las fabricadas con un molde predefinido, de fácil consumo y desecho por parte de los menores. Por esta razón, el cine infantil tiene un alto contenido moral, jugando sus cartas en las conocidas “moralejas” o enseñanzas de valores éticos a través del divertimento del cinematógrafo. Algo presente en “Turbo”, estreno infantil que viene a competir por la cuota de mercado que deje el último fin de semana de vacaciones de invierno.

Turbo es un caracol de jardín común y corriente, que lleva una vida típica para estos animalitos, lidiando con los temores y peligros tradicionales de su especie. Sólo con una diferencia: sueña con convertirse en un rápido campeón de carreras de automóvil. Como es lógico, es rechazado por sus pares, que sólo viven preocupados de no convertirse en alimento de depredadores o de terminar bajo la suela de los zapatos de algún humano. Hasta que sufre un accidente y adquiere supervelocidad, lo que le permitirá hacer realidad su mayor anhelo, participar en las 500 millas de Indianápolis.

Desde un comienzo “Turbo” deja de lado la verosimilitud para encaminarse hacia un relato con tintes absurdos, a la par con la premisa antes descrita. Está claro, nadie puede pedirle coherencia lógica a una cinta donde un caracol es capaz de correr a la par con automóviles de carrera, especialmente diseñados para superar los 300 kilómetros por hora. Aunque existen casos similares en el cine de animación para niños (un ratón cocinero, por ejemplo), en este caso es imposible comulgar con esta tremenda rueda de carreta. Además, y eso hay que destacar, lo central de la historia no está en el punto antes citado.

Donde se juega sus cartas esta película es en su carácter moralizante, aquel que obliga a extraer una enseñanza ética para el consumo y aprendizaje infantil, concentrado en la idea fuerza de perseguir los sueños, a pesar de lo grandes o absurdos que puedan sonar. En esto la cinta cumple a cabalidad con lo que promete, sosteniendo esta enseñanza sobre una trama bien construida, personajes graciosos y agradables, junto a una acción entretenida y cautivante.

TURBO 03Es evidente, en este sentido, que el cine de animación infantil no tiene porqué estar enfocado únicamente a los niños. Casos de filmes complejos, verdaderas obras de arte en su globalidad, son más comunes que antaño, donde sólo aparecían cintas “tipo Disney”. Este no es el caso, pese a que será disfrutada tanto por niños como por adultos. Lo que sí, es imposible pedirle estar a la altura de otras obras de animación, ya no sólo hablando de la archicitada Pixar, sino también “Como Entrenar A Tu Dragón”. En resumen, a seguir esperando por esos destellos de genialidad que nos entrega la industria norteamericana de cuando en vez.

Por Juan Pablo Bravo

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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