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Truman

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Buenos artesanos siempre van a hacer falta en el cine. Tipos que sin llegar a las honduras ni ser unos portentos de directores, aseguran otorgar buenos momentos, presionar más de alguna tecla de manera acertada y brindar títulos a ser recordados con especial afecto. Que uno que progresivamente se ha instituido como tal ofrezca la mejor de sus películas, ya luce como una buena noticia. Que lo haga afirmado en dos actores fenomenales, transforma el asunto en un pequeño pero significativo evento.

TRUMAN 01Con pasos en los últimos festivales de Toronto y San Sebastián –donde se adjudicó la Concha de Plata al Mejor Actor para sus dos protagonistas–, “Truman” se centra en Julián (Ricardo Darín), un intérprete argentino residente desde hace años en Madrid que está viviendo días delicados, contando con la constante atención de su prima Paula (Dolores Fonzi), además de la inexpugnable compañía de Truman, un bullmastiff ya mayor con el que va donde sea. Proveniente de Canadá, a la ciudad llega de visita su viejo amigo, Tomás (Javier Cámara), para lograr pasar algunos días juntos, los que serán mezcla de reencuentro y última despedida, y tendrán como una de sus principales ocupaciones buscarle un nuevo dueño al perro.

De acotadas y aisladas alegrías también se compone la cartelera, no sólo de atronadores triunfos o fiascos. La séptima película del catalán Cesc Gay, tras “Una Pistola en Cada Mano” (2012) –un filme coral sobre el mundo masculino, que sorprendentemente tuvo un (fugaz) paso por las salas nacionales–, congrega varios elementos que la hacen una noble sostenedora de tal afirmación, comenzando por la serenidad que subyace en cada uno de sus rasgos más distintivos. El director, TRUMAN 02suspicaz de la excesiva modulación, limpia de todo ornamento su propuesta, al punto de esculpirla como una cinta donde todo parece estar en su lugar, pero nada luce artificial.

Con un argumento minúsculo y sin grandes juegos ni aspiraciones narrativas, la película encuentra sus principales bastiones en un tono llano, una narración expedita y en el poderío actoral de sus protagonistas, todos logros que le confieren una calma y finura que sólo la hacen crecer. Tanto Darín como Cámara dan interpretaciones muy pulcras, plenamente congruentes con lo que exige el filme. El argentino está tan bien como siempre, con peaks dramáticos contenidos y bien manejados, manteniendo una química de mesura y complicidad con Cámara, quien con poco expresa mucho, en un trabajo sigiloso pero muy contundente. El despliegue actoral de ambos es tan exacto, que, si bien es indiscutible que cargan con el peso de la cinta, eso no se hace notar mientras se observa.

Aunque a lo largo de todo el relato la cercanía de la muerte es lo que late, como parte de desechar el tratamiento facilista la película integra brillantemente este reencuentro entre amigos y las breves pero reveladoras fracciones de la historia consagradas exclusivamente a Truman. De ese modo, afloran TRUMAN 03interrogantes sobre lo que implica para el protagonista y para quienes le rodean decidir si batallar por extender la existencia, intercaladas con el amor incondicional forjado entre los amigos y el buen humor, pese a la desgracia. Con diálogos certeros en su escritura y aporte al conjunto, la obra cuenta con algunos momentos preciosos, en particular aquellos que muestran a Julián topándose con cercanos, puliendo así cuán bella puede ser una historia de líneas simples y bien acabadas.

Habiendo tanta cinta en busca de ser varias películas en una, es un gusto encontrarse con un filme de la sencillez, moderación y fuerza dramática de “Truman”, donde no se imponen ni se sobregiran las situaciones y no hay, por ejemplo, ni un personaje excéntrico o forzado, cuya inclusión sólo se explique por el simple hecho de subrayar algo o dar una nota distinta. Sólo una vez se sale del libreto y pone bastante riesgo en juego, con una escena hacia el final que quiere expresar mucho, pero que no terminar de cristalizar. Es probablemente la única decisión discutible de una cinta que en general se siente como inspirada. Sostenido en firmes cimientos, Cesc Gay exhibe una lucidez que ya se quisieran tantos directores más ambiciosos, irregulares y desbocados. Tal vez el español jamás haga una gran película, pero cuando las sensaciones son tan positivas, al menos momentáneamente eso no parece importar.

Por BlackSmoke

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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