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Tomorrowland

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Cuando vemos una película, existen ocasiones en las que puede resultar difícil hacer la diferencia entre el planteamiento de un tema complejo llevado de forma interesante, y una idea sobre la que su desarrollo se pueda advertir derechamente falaz o pretensioso. Y es que, paralelamente al sentido macro que quieran otorgar los realizadores a sus largometrajes, existen factores –agravantes o atenuantes, dependiendo de la disposición del espectador- que pueden ser entendidos como distractores para desviar la atención respecto de la verosimilitud del relato. Para poner en contexto lo TOMORROWLAND 01anterior a través de sus extremos, existen dos ejemplos recientes: “Interstellar” (2014) y “Lucy” (2014), donde la primera, más allá del sopor que pueda despertar en algunos, termina siendo clara en todas sus líneas, y la segunda, gira en torno a una premisa que es falsa desde su raíz.

Tras verse envuelta en un arresto, Casey Newton (Britt Robertson), una adolescente tan problemática como inteligente, encontrará entre sus pertenencias una misteriosa insignia que tiene el poder de transportar a una persona a un mundo paralelo, con sólo tocarla. Casey, llevada por su curiosidad, decide buscar información sobre el broche, encontrándose en su camino con Athena (Raffey Cassidy), una extraña niña que parece tener todas las respuestas que la primera necesita. Las dos jóvenes van en busca de Frank (George Clooney), un ex niño prodigio de la ciencia, convertido ahora en un hombre huraño, para averiguar más acerca de la tierra conocida como Tomorrowland, un lugar perdido en el tiempo donde las cosas quizás no son lo que parecen.

TOMORROWLAND 02Al contrario de la gran cantidad de títulos que últimamente han puesto presente y futuro por igual como lugares distópicos desde sus proyecciones, con las sagas de “The Hunger Games” y “Divergent” como puntales de aquello, “Tomorrowland” nace a partir de una imagen prometedora respecto de cuál podría ser el devenir de nuestra raza una vez consumados los avances tecnológicos e intelectuales de la época ambientada en la ficción. Un ejercicio ciertamente riesgoso, al no tomar parte del elemento común en este tipo de películas, se termina asumiendo como tal cuando la historia que aquí se presenta empieza a languidecer antes del cierre de su primer tercio; en lo que parece ser un desentendido sobre los múltiples y difíciles temas que propone durante todo su metraje, la cinta producida por Disney se queda en un bucle que, por una parte, busca reemplazar las omisiones de su guión por un formato que apela a la vertiginosidad de sus escenas y, por otro lado, se atrapa intencionalmente en toda la ilusión que crea su declamatorio espectáculo visual.

Considerando lo anterior, se entrevé que el problema fundamental de “Tomorrowland” reside en su estructura narrativa, al no haber una relación clara e inmediata entre los hechos que se van sucediendo y que nunca llegan a puerto por su causalidad. En otras palabras, es como si sobre la marcha el filme no se hiciera cargo de lo que dice por lo complicado que puede ser expresar en síntesis lo grande de sus tópicos. Aparte de crear confusión, lo último se establece transversalmente en una producción que no bien termina un desglose inconsistente para ideas que abarcan desde el TOMORROWLAND 03entramado espacio–tiempo hasta sistemas sociales no sustentables, plantea a sus personajes de manera unidimensional, teniendo esto un reflejo paradójico en el mismo curso del relato cuando, hacia su mitad, Frank Walker le pregunta a Casey –una sobreactuada y, por momentos, insufrible Britt Robertson- “¿Quién es?”, no teniendo él, ni el público, una respuesta satisfactoria para esto, a pesar de que ella sea la excluyente protagonista del largometraje.

Indistintamente de toda la agitación que ha causado el estreno de la película que aquí comentamos, no es un despropósito pensar en ella como la antesala perfecta a la mega apuesta que Disney ya celebra con el lanzamiento del séptimo episodio de “Star Wars” para fin de año. Sin ir más lejos, “Tomorrowland”, desprovista de cualquier sutileza, hace un espacio antojadizo para mostrar durante un largo pasaje una tienda con toda clase de artículos geeks coleccionables, sobresaliendo entre estos, claro, las figuras ilustres del universo creado por George Lucas. Al margen de la estrategia, al muy buen director que es Brad Bird esta vez no le alcanza.

Por Pablo Moya

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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