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Terremoto: La Falla de San Andrés

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A propósito de que, para 2016, se encuentra programado el estreno de la secuela de “Independence Day” (1996), a cargo de Roland Emmerich, también director de la primera parte y puntal para el desarrollo del cine catastrófico, resulta sorprendente ver cómo, en los casi 20 años que han pasado desde el estreno de la película bisagra de un subgénero que antes no fuera tan explotado, la considerable cantidad de títulos que han adherido a la fórmula ha ido aumentando exponencialmente una respuesta estremecedora en la taquilla. Y es que el argumento que pone a los desastres SAN ANDREAS 01naturales, las invasiones, o a cualquier tipo de mega accidente como fondo en un drama marcado por la acción, parece ser uno de los favoritos del público, sin importar que la calidad cinematográfica de estos muchas veces sea, paradójicamente, un desastre.

Mientras en Los Angeles se comienzan a suceder un número anormal de sismos para la actividad tectónica de la ciudad, Ray (Dwayne Johnson), un piloto profesional que lleva años en el servicio de rescate, deberá ir extremando recursos para enfrentar una situación que rápidamente se está saliendo de control: la Falla de San Andrés se ha activado, provocando los terremotos más grandes registrados en California y el mundo entero. Ray, quien también está atravesando una crisis familiar por el divorcio con su esposa, Emma (Carla Gugino), tendrá que recorrer toda la costa oeste del país norteamericano para rescatar a su hija Blake, (Alexandra Daddario), quien se halla en el norte del estado californiano.

De entrada, la película nos presenta el perfil del héroe que se dedica a salvar vidas en medio de circunstancias desgraciadas, aquel que en la realidad sería sólo ilusorio, porque las coincidencias y la suerte no son compatibles de la forma en que el filme exagera sobre una ficción, por muchos pasajes, desbordada. A punta de datos que son enciclopédicamente correctos (las alusiones a Chile como SAN ANDREAS 03centro de cataclismos también tienen su lugar), la película se va desenvolviendo por escenarios que están plenamente identificados con el género. Acá no importa si los arcos dramáticos están establecidos sobre razones consistentes, o si la verosimilitud de la historia se encuentra trastocada: mientras el argumento pueda sostenerse en su expresión mínima para que las secuencias de acción predominen, el camino ya está allanado para hacer germinar el relato sobre el vértigo.

Considerando lo anterior, y entendiendo que “Terremoto: La Falla de San Andrés” está concebida sólo como entretenimiento proyectado sobre una gran pantalla, hay que hacer la concesión respecto al ritmo que mueve a una cinta cuyos 114 minutos de duración no se sienten tan fulminantes gracias, esencialmente, al planteamiento de una estructura que permite la progresión de tres historias simultáneas. Sin embargo, lo último no alcanza a aplacar equivocaciones que en este punto para el estilo, más que fortuitas, ya parecen una mala broma: la música de nuevo utilizándose como el catalizador de emociones, que sólo restan impulso al desarrollo de la aventura como concepto adoptado en este tipo de largometrajes; la imagen de las protagonistas femeninas sujeta casi SAN ANDREAS 02exclusivamente a la idealización de la belleza, donde el maquillaje no puede verse corrido, aunque un terremoto de 9.6 grados lo esté destruyendo todo, o –lo que es peor- el espacio hecho para mostrar el clásico muro de lamentaciones que todavía emula la imagen macro del 11-S, manipulando sobre el umbral de lo victimario la introducción gloriosa de una bandera estadounidense flameando implacable, sin rasgadura alguna, de una limpieza imposible.

Una vez más, la figura del héroe americano es representada en una película que pone al cine de catástrofe en el lugar de los giros convenientes, donde todo lo que va ocurriendo se nota facilón, a pesar de detenerse esta última sobre algunos pasajes que muestran los resultados de una posible devastación. La acogida que tenga “Terremoto: La Falla de San Andrés” en nuestro país, siendo un producto prescindible, va a depender de qué tan repuestos del tema nos encontremos en Chile, donde hablar de movimientos telúricos resulta tan cotidiano como ir al cine.

Por Pablo Moya

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Pia Torres

    14-Jul-2015 en 5:42 pm

    Grandes efectos especiales, la acción visual por delante y por detrás también. Todo lo salva Dwayne J., el hombre-acción de moda. Músculos, carisma, estilo. Terremoto: La Falla de San Andrés es una más de estás películas que no traen más que entretenimiento, pero eso basta en los días de ocio, para qué darle vueltas a los pesados argumentos. A veces no se está de humor para esas cosas y la acción es la opción, ¿apoco no?

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Cine

David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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