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T2 Trainspotting: La Vida en el Abismo

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Los 20 son años que ameritan celebrar con toda autoridad el estreno de una película. Entre este y 2016, dos décadas o más han estado cumpliendo varios de los largometrajes más recordados de los 90, aunque pocos, eso sí, han podido festejar con la aparición de una secuela. Una de ellas, “Trainspotting” (1996), el último alarido de una Escocia sucia, agitada y delirante. Una cinta que caló hondo con su despliegue de personalidad, deleite visual y sonoro, momentos imborrables, carne ideal para levantarla al nivel de clásico de una época en la que evidentemente se hicieron filmes más trascendentales para el cine. Sobre ese título su director, guionista y elenco original intentan ejercer continuidad, a punta de esfuerzos medidos y atados al control.

Asumiendo que han pasado dos décadas para sus protagonistas, Mark Renton (Ewan McGregor) –lejos de sus tiempos de Rent Boy– regresa a Edimburgo proveniente de Ámsterdam, donde dice tener familia, y encuentra a Spud (Ewen Bremmer) lidiando con su adicción a la heroína. Sick Boy (Jonny Lee Miller) divide su tiempo entre extorsiones y la atención del bar de su tía, mientras que Franco (Robert Carlyle) está de vuelta en las calles luego de años encerrado. Los reencuentros se suceden, pero no todo tiene carácter familiar ni es bien recibido, menos si han quedado rencillas del pasado sin resolver.

De la incomprensión y el descarrío no se pasa a la construcción de una vida plena y carente de defectos, ni siquiera en 20 años, y eso al menos la película lo transmite con convicción. Incluso con voluntad pedagógica, pues gasta cerca de un tercio en estudiar el momento que vive cada uno de los integrantes de la pandilla. Aquello adquiere sentido cuando remarca las diferencias abismales que produjeron haber tenido la sagacidad de arrancarse con un botín, versus haber tenido que seguir adelante con la frustración y la ausencia de oportunidades. Sobre eso la cinta no trabaja ni penetra, pero al menos es un tema que atina a poner sobre la mesa, y es probablemente el instante en que se toma más en serio, porque la verdad todo el resto se desplaza por una comedia negra que apela sin pudor al pasado y a gags que le quedarían cómodos a un exponente promedio del género.

El cambio de tono existe y en vez del frenesí de la original emerge una calma que parece va a ser interrumpida en cualquier momento. Mero espejismo, ya que ni en intensidad ni en un robustecimiento del argumento irrumpe algún ahínco detrás de la propuesta. Su primera ambición, aunque tarde algo en reconocerlo, es beber hasta hartarse de los cabos sueltos y recuerdos de su antecesora, dejándola como un artefacto que significó menos de lo que uno hubiera podido imaginar para sus protagonistas. Las huellas y cicatrices en Renton existen en porciones bajas, y es seguramente la principal piedra tope de la película a la hora de persuadir sobre su afán por fijar la mirada en el pasado y ligarse fuertemente a memorias y emociones que no le son verdaderamente propias.

Danny Boyle trata por momentos de darle músculo con sus características jugarretas visuales, aunque no hay rastro de la garra de sus trabajos más osados. No transmite fervor por lo que está narrando y se restringe a darle algo de estilo a un guion perezoso y sin base contundente. Si bien evita declarar inmediatamente su intención –y eso hace parecer que el filme arranca muy tarde–, lo que empuja a la trama son las consecuencias del desenlace de la cinta de 1996 (detonadas por la reaparición de Renton). Pero aquello no es más que una excusa para caminar por donde antes se corrió con éxito e inclusive plagiar sin pudor algunos de sus momentos, como la desquiciada risa frente al auto del personaje de McGregor.

Pueden mirarse con cariño las calles, las habitaciones, los objetos, y los flashbacks de la niñez alguna efectividad pueden guardar, pero realmente “T2 Trainspotting: La Vida en el Abismo” luce como un ejercicio de secuela hecho por aficionados, por tipos que no podían superar el efecto de la original y les urgía imaginar un futuro para Renton y compañía. La falta de inspiración y hambre de esta segunda parte así lo manifiesta, por decepcionante que parezca. Y si lo que se quería expresar era el rumbo circular de la vida, pues había modos más amables que realizar un nuevo filme de dos horas. ¿Ideas? Tal vez un cortometraje, como el que se prepara sobre “Love Actually” (2003).

Ciertas alusiones a la actualidad –el sarcástico “Choose…” pronunciado por McGregor que figura en el trailer– podrían confundirse como un intento por darle una estocada al presente de parte de los ahora cuarentones protagonistas, pero lástima que eso únicamente sea una frase dicha de manera muy aislada y casi sin justificación en la trama. Pura fantasía, además, porque si la primera respondía y se alimentaba en alguna medida de su época –incluso en la selección musical– esta se resta de cualquier intento por ser importante en estos tiempos. Ya no hay nada nuevo que decir ni qué inventar, por lo que se resigna a ensalzar una nostalgia atípica pero vacía hacia la gloria que rozó la original y sus personajes, jóvenes que por un segundo alcanzaron algo desgraciado, maravilloso y efímero.

Por Gonzalo Valdivia

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Cine

David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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