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Cine

Sully: Hazaña en el Hudson

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Siempre en los últimos meses del año llega un avance de lo que será el manojo de títulos protagonista de la temporada de premios. Sólo una pequeña muestra para ir calentando motores de cara a lo que sucederá en enero y febrero (y también marzo), cuando los cines se ven dominados por propuestas seductoras y potentes, que levantan el ánimo luego de una sucesión de jueves deprimentes. Aconteció de ese modo el año pasado con “The Martian” (2015) y “Bridge Of Spies” (2015), y el antepasado con “Gravity” (2013) y “Captain Phillips” (2013), como indicando que la ciencia ficción y Tom Hanks tienen garantizado desembarcar por adelantado. Y tal afirmación no es una humorada: la misma pareja se reitera ahora, con “Arrival” y “Sully: Hazaña en el Hudson”, dos que de seguro tendrán algo que decir en los reconocimientos a lo mejor de 2016.

sully-01La película se instala detrás del capitán Chesley “Sully” Sullenberger (Tom Hanks), hombre con experiencia que debe partir desde el aeropuerto LaGuardia, en compañía de su segundo al mando, Jeffrey Skiles (Aaron Eckhart). El viaje debe ser uno más de los miles que realiza un piloto en su vida, pero no todo sale según lo calculado y se produce un incidente que da paso a días en que, mientras recibe el reconocimiento de la gente y la prensa, el ente que debe investigar y determinar responsabilidades maneja bastantes dudas respecto al actuar de Sully.

Otra historia real bajo el lente de Clint Eastwood, sociedad que en el último tiempo no ha concebido cintas particularmente notables, moviéndose entre la intrascendencia y el conservadurismo moral, poco para un realizador de su talla. “Sully: Hazaña en el Hudson”, con un enfoque muy acotado y directo, le permite distanciarse de esas exploraciones que tan pocos réditos le han traído, centrándose en un estadounidense que en 2009 vive un hecho que desestabiliza lo que parece una vida normal: dos hijas, una esposa cariñosa (Laura Linney), un buen empleo y suficiente experiencia en el cuerpo.

sully-02Un cineasta promedio –de esos que abundan y siempre tienen trabajo– se habría puesto sobre los hombros de esta historia con irritable convencionalidad, dirigiendo la narración hacia ese punto de ebullición al que hace referencia el título y toda la campaña promocional. Eastwood, en cambio, fracciona con prestancia el relato, le quita pomposidad y lentamente lo conduce hacia exploraciones más sosegadas y contundentes, en una operación que tiene cuerpo y al mismo tiempo cierto clasicismo: hay raccontos, el personaje se va viendo absorbido con hitos bien marcados, la mayoría de las conversaciones de relleno son más o menos las esperables, y los secundarios no subvierten su limitado rol.

Puede que en esta cinta no hayan grandes personajes aparte de Sully, y no sea este el reino del atrevimiento y la osadía, pero Eastwood macera la película con una elegancia de la que es difícil abstraerse –manejo de tiempos, movimientos de cámara–. Y, ciertamente, hay más que algo de osadía en plantear el relato con tal despojo de adornos (salvo los indispensables para comprometer a la audiencia) y desarticular las convenciones del filme que adapta hechos reales: le quita ruido, le baja dos cambios, y lo que sale es un largo mucho más silencioso e interesante que aquel que la historia original invitaba a crear. Una apuesta que encuentra en Tom Hanks al aliado ideal, que encarnando la procesión que vive su personaje está impecable, e invita a pensar que pocos actores ofrecen esas texturas, esas minuciosidades, que finalmente consolidan un gran protagónico.

sully-03Un Hanks que se pone los auriculares, hace partir el motor, toma decisiones con convicción y siempre muestra nervios de acero, jamás exagerando la nota. Eso es algo que vemos más de un par de veces durante la cinta, y en el tratamiento de aquella escena está nítida la mano de Eastwood, que no se engolosina por contar con cámaras IMAX para filmar toda la película. Lo mismo se percibe en la manera en que trata el accidente, segundos de enorme y silente violencia que en este caso, ya sea solo esbozando o mostrando sin aspavientos, el director consigue cristalizar como instantes en que se expone en toda su dimensión la fragilidad de la vida humana. No obstante, no está interesado en que eso figure como el momento definitivo, porque, al margen de ciertas simplificaciones, lo suyo es desnudar al ser humano agrietado y desarmar lo que el espectador creía tener tan resuelto. Elecciones como esta sólo pueden ser celebradas y, en definitiva, hacen de este uno de los títulos más lúcidos del último tiempo.

Por Gonzalo Valdivia

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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