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Cine

St. Vincent

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A pesar de que Ben Stiller o Adam Sandler lo superen en recaudación, no es muy alejado de la realidad el declarar a Bill Murray como el comediante vivo más importante de Hollywood. Su particular estilo de humor, que con los años ha evolucionado en una ironía muy contenida y llena de acerbo, lo han llevado a convertirse en una especie de mito viviente. Además de esto, desde que mostrara su capacidad para cruzar su humor con el drama más sutil en “Lost In Translation” de Sofia Coppola (2003), cada aparición de Murray en el cine da para algo, a lo menos, interesante.

ST VINCENT 01Vincent (Bill Murray) es un antisocial y huraño veterano de Vietnam, que vive dedicado a una complaciente rutina de alcohol, apuestas, y la ocasional visita de Daka (Naomi Watts), una prostituta de origen ruso. Pero cuando Oliver (Jaeden Lieberher) y su madre Maggie (Melissa McCarthy) se muden a la casa de al lado, Vincent verá toda su existencia interrumpida por la presencia del niño, de quien aprenderá tanto como Oliver de él.

Como una historia dulce, pero que a ratos se decanta por una veta un tanto oscura. Esta es quizás la mejor y más breve forma de definir a “St. Vincent”, película que marca una especie de re-debut en las grandes ligas de su director, Theodore Melfi (en 1999 estrenó su fallida ópera prima “Winding Roads”), además del más reciente papel protagónico de Bill Murray desde que interpretara a Franklin Delano Roosevelt en “Hyde Park On Hudson” (2012), irregular película con la que comparte más de un par de aspectos.

“St. Vincent” gira en torno a su protagonista desde un comienzo hasta el final, lo que es por lejos su mayor acierto. Cualquier otro actor habría interpretado al amargado veterano de guerra con demasiado patetismo o dureza (hay que pensar en “Gran Torino” de 2008, o “Born On The Fourth Of July” de 1989, por ejemplo). Murray, en cambio, imbuye a su personaje de una falta de empatía absoluta, pero que nunca se cruza hacia lo agresivo; parece más un jubilado que sólo busca que lo dejen tranquilo. Pero si sólo se tratara de Bill Murray, “St. Vincent” no triunfaría al nivel que lo logra. ST VINCENT 02La historia, a pesar de su simpleza, se va desarrollando con un ritmo y fluidez constante, entregando parte a parte los elementos que terminan por conformar su clímax y resolución. Al mismo tiempo, la narración se mantiene equilibrada de manera permanente a favor de los aspectos más positivos, pero dejando espacio para un par de excursiones hacia el espectro más oscuro de la vida diaria, aunque a veces tenga que recurrir a incidentes demasiado fuertes para lograrlo.

A pesar de contar con un buen reparto, uno de los principales defectos de la película radica en los muy débiles personajes secundarios. Con la notable excepción del niño Oliver, el resto del elenco se pierde en roles blandos, más enfocados en avanzar la trama y generar momentos, que en desarrollarse y volverse relevantes por sí mismos. Es así como el grado de importancia de algunos personajes sobre otros sólo puede distinguirse por medio de su cantidad de tiempo en cámara, siendo el más defectuoso el interpretado por Melissa McCarthy.

Uno de los méritos más raros a destacar de la obra, es como se va armando y sintiendo como una película divertida, pero con una vocación más para el drama que para la comedia. Dejando de lado casi por completo los gags o chistes situacionales, el humor en “St. Vincent” se va desarrollando a la ST VINCENT 03par con su historia, volviéndose a ratos algo imposible de eludir: a medida que se van conociendo más y más facetas de la vida del personaje de Bill Murray, al mismo tiempo que la incómoda inclusión de Oliver en ellos, el humor va progresivamente creciendo.

Junto con la recientemente estrenada “Chef, La Receta de la Felicidad” (2014), “St. Vincent” representa una alternativa más aterrizada dentro de la cartelera local, la que a pesar de encontrarse muy próxima a volcarse a los estrenos en competencia para la temporada de premios, nunca ha escondido su preferencia por las mega producciones. Dentro de estas dos, “St. Vincent” es la más perdurable, aunque es muy probable que si no hubiera contado con la presencia de Bill Murray, no habría estado ni cerca de lograr levantarse como una dramedia consumada, y de lo más disfrutable.

Por Lucas Rodríguez

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Artículos Cine

Star Wars y el auge de los efectos visuales

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Star Wars

Desde prácticamente siempre, ha existido un odio irracional hacia las precuelas de Star Wars, aquella trilogía de películas que estrenada entre 1999 y 2005 que prometía conectar todos los hilos en torno a la historia que George Lucas iniciara en 1977. Amparado bajo una segunda explosión de popularidad de la saga, el director comenzó a principios de la década del 90 lo que sería la concepción de una idea que ya tenía cuando trabajaba “El Imperio Contraataca”, y que, según sus propias declaraciones en múltiples ocasiones, no le era posible filmar debido a las limitancias tecnológicas propias de la época. Así, el desarrollo del CGI hizo que Lucas pudiera adentrarse en la realización de una nueva trilogía, donde, más allá de su cuestionado argumento e innecesaria creación de fallas argumentales para la saga original, terminó por transformarse en una revolución gracias al elemento que fue más destacado por la crítica: los efectos especiales.

Fue en 1997 cuando comenzó el rodaje de “La Amenaza Fantasma” (1999) y, aunque se mantuvieron algunos elementos como la marioneta de Yoda y una utilización de escenarios reales con un cuidado diseño de producción, la transición se fue desarrollando de manera natural a lo que terminaría siendo “El Ataque de los Clones” (2002) y “La Venganza de los Sith” (2005), donde el uso de fondo verde fue más prominente que en ocasiones anteriores. Como dato curioso, y para reforzar la idea de que la animación digital fue el elemento principal de estas cintas, es sabido que no se construyó ni una sola armadura de trooper durante las tres películas, con dichos modelos siendo todos creados por computadora. A pesar de que el uso de CGI ya se había presenciado en otras películas previas –probablemente “Jurassic Park” (1993) siendo el caso más reconocido–, su utilización dentro de la producción de Star Wars significó todo un precedente, gracias a un innovador software donde se crearían los efectos visuales, al punto de que en la primera cinta existe una sola secuencia que no contiene efectos digitales.

A veinte años de su estreno, los efectos visuales en el cine son cosa de cada día, con prácticamente la totalidad de las cintas más taquilleras utilizándolo en su mayoría, lo que en un espectro más crítico ha terminado por omitir en el espectador el deseo de intentar diferenciar qué es real y qué no al momento de mirar una película. Asimismo, los directores actualmente pueden gozar de la misma libertad que Lucas describió a la hora de realizar las precuelas, pudiendo crear un guion a su antojo sin preocuparse de restricciones en torno a la producción, el desarrollo de personajes y, sobre todo, la creación de mundos y criaturas tan fantásticas como se ha caracterizado la saga desde sus orígenes. Todo lo anterior permitió también una reducción en los tiempos de rodaje, comenzándose a producir blockbusters en masa gracias a la implementación de la fotografía digital, y el uso de cámaras digitales que permiten grabar sin la necesidad de revelar el celuloide, pudiendo así montar y modificar escenas de una manera mucho más rápida.

Ya con la trilogía original Lucas había innovado en una serie de técnicas cinematográficas que eran prácticamente desconocidas para la época, pero todo ese trabajo fue opacado en cierta forma gracias al abrumador éxito que la saga tuvo más allá de la pantalla, transformándose en un icono de la cultura pop gracias a la explosiva venta de juguetes y una creciente popularidad que nunca decayó en el período de 1977 a 1983. Y es así como las tecnologías fueron evolucionando en pos de una saga que desde sus orígenes buscó una forma de deslumbrar y crear experiencias nunca vistas, algo que sin duda se logró con todos los contratiempos que pueda significar. Pasar de un aproximado de 365 tomas con efectos visuales en la primera cinta de 1977 a las más de 2200 que tiene la última de la era Lucas en 2005, habla de una necesidad de incorporar la tecnología con el fin de contar historias, derribando límites y permitiendo que la creatividad e imaginación de los realizadores pueda verse reflejada en la gran pantalla.

Hoy en día, con una nueva trilogía que llegará a su fin este 19 de diciembre, se puede ver como las técnicas de las otras seis entregas se van complementando para darle un romanticismo a la producción, omitiendo de plano un uso totalmente digital para seguir incluyendo animatronics, marionetas, maquillaje y otras técnicas de producción. Sin embargo, es imposible no reconocer el trabajo e influencia de George Lucas en el desarrollo del cine de fantasía como lo conocemos hoy en día y, más allá de cualquier falencia narrativa que haya cometido en sus cuestionadas precuelas, el cine y la tecnología comenzaron una relación que ha beneficiado tanto lucrativa como creativamente a la industria.

  • Star Wars: El Ascenso de Skywalker” se estrena el próximo 19 de diciembre. Preventa AQUÍ.

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