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Spy, Una Espía Despistada

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Paul Feig, el director encargado de la próxima entrega de la franquicia “Ghostbusters”, que tendrá a cuatro mujeres cazafantasmas, se ha enfocado en otorgar a actrices el protagonismo cómico. Esto quedó claro en “Bridesmaids” (2011) y dos años más tarde cuando trabajó junto a Sandra Bullock y Melissa McCarthy en “The Heat”, logrando un parcial apoyo de la crítica y redescubriendo el gran potencial de la comedia de acción no romántica, cuyos personajes son (anti) heroínas y no simplemente damas en apuro. Nuevamente Feig apuesta por algunos nombres de sus películas SPY 01anteriores y, con McCarthy a la cabeza, lanza “Spy: Una Espía Despistada”, una comedia fresca, atrevida y sumamente hilarante.

Bradley Fine (Jude Law) es uno de los mejores agentes de la CIA, trabajo que complementa gracias a los conocimientos de la analista Susan Cooper (Melissa McCarthy). Pero cuando una de las misiones para hallar dónde se esconde un artefacto nuclear no sale como fue planeado, Cooper se ofrece voluntaria para infiltrarse en París y reportar los movimientos de Rayna (Rose Byrne), quien es la única que sabe dónde está escondido el aparato. Sin embargo, Rick Ford (Jason Statham), otro espía de la agencia, toma la decisión de ir por su cuenta a aniquilar el objetivo, por lo que pondrá en riesgo la misión.

Es casi imposible no irse a la segura con Melissa McCarthy; su candidez y su peculiar estilo de comedia siempre caen bien. No tiene miedo a que se “rían de ella”, pero logra algo más allá con sus personajes: nos reímos junto a ella y conectamos con sus expresiones, efecto que pone en alto cualquier falla menor en el trazado argumental. Se nota cómoda en este tipo de papeles, obviamente SPY 02tomando algunos riesgos, para salir triunfante como ama y señora de la acción ocurrente.

En paralelo tenemos un casting que funciona sorprendentemente perfecto. Statham presenta a un espía terco, rudo y extremo, que logra varias de las escenas más graciosas. La estrella del sitcom “Miranda” y la serie inglesa “Call The Midwife”, Miranda Hart, interpreta a Nancy, la mejor amiga de la protagonista. Juntas presentan una dupla jocosa que, aunque pasen por una comedia más pueril y frágil, responden impecable a la trama. La única que quizás no termina por encajar del todo en su papel es Rose Byrne, pero mientras McCarthy está en pantalla con ella, no hay de qué preocuparse.

A pesar de tener como foco ser una semi parodia de James Bond y las películas de espías en general, “Spy, Una Espía Despistada” se presenta cuidada en sus diálogos, algunos gags y en las escenas más enérgicas, no así en la estructura en que está armada la historia. Más de algún agujero argumental se SPY 03queda sin ser respondido. Por suerte, la rapidez en el desarrollo de la cinta es lo bastante elocuente como para dejar atrás esas fallas. Lo visible, en este caso, es tanto o más importante y eficaz que el motivo detrás.

“Spy, Una Espía Despistada” tiene un parecido al estilo slapstick –torcido a brutal- de “Kingsman: The Secret Service” (2015), con escenas algo fuertes para algunas personas más sensibles y totalmente inesperadas. No obstante, es mucho más fecunda de principio a fin, y logra mantener una línea que no sólo se nutre de las escenas de acción, sino que de las dimensiones de los personajes principales.

Siempre es un agrado ver comedias de acción en las cuales no se teme proponer protagonistas mujeres que salen del común denominador impuesto en otras barbaridades cinematográficas, que si bien se sustentan en la parodia y en situaciones límite que lindan en lo vergonzoso o inverosímil, presentan un soporte que rompe con los estándares de los papeles pensados “para mujeres”. Nuevamente McCarthy demuestra que puede llevar la batuta de la acción sin tapujos, incluso para hacer el esfuerzo de quedarse después de los créditos para una última escena final.

Por Daniela Pérez

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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