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Sin Hijos

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El cine argentino ha demostrado ser con holgura el más importante a nivel latinoamericano, de eso no hay quien dude. Para Chile, la prueba empírica de aquello radica en el considerable y creciente número de títulos trasandinos que, desde un tiempo a esta parte, ha llegado para ser exhibido en las salas comerciales de nuestro país; desde la sentida animación de “Metegol” (2013), hasta el thriller policíaco de “Betibú” (2014) –pasando, claro, por el exitoso riesgo de “Relatos Salvajes” (2014)-, se puede hacer una lectura sobre el sello de calidad que firma la industria cinematográfica de la patria SIN HIJOS 01vecina. Claro, también hay que entender que la cultura en Argentina ha sido madurada por medio de las libertades que otorgan los tiempos en democracia, sin perjuicio de que la misma, en la época actual, no sea usada como moneda de cambio, ni tampoco se pertenezca sobre una pequeña elite.

Las credenciales mencionadas hoy día recalan en “Sin Hijos”, una película que tiene en su target la definición del padre soltero con más de 35 años, que ve en sus hijos el mayor logro que podrían completar en la vida. Y es que, el protagonista de esta historia, Gabriel (Diego Peretti), es un tipo separado hace cuatro años, que asume el cuidado de Sofía (Guadalupe Manent), su hija de nueve, como lo más importante por lejos en su quehacer, descartando la posibilidad de renovarse en el plano amoroso. Eso, hasta que aparece Vicky (Maribel Verdú), un antiguo amor de Gabriel, quien es una mujer independiente y decidida en busca de una relación seria para asentarse. El único problema es que a Vicky no le gustan los niños, por lo tanto Gabriel deberá encontrar una fórmula para ocultar a Sofía de su nueva pareja sin dañar a ninguna de las dos.

Una de las principales virtudes que se le reconocen a las cintas llegadas desde el otro lado de la cordillera, es la capacidad que tienen para diseñar, a través de la comedia como género, situaciones que podrían enmarcarse perfectamente en la realidad; más allá de lo convenientes o enrevesados que puedan ser los giros en una película, lo que se termina planteando en productos como “Sin Hijos” no dista mucho de lo que cualquier persona –guardando las proporciones- es susceptible de SIN HIJOS 02experimentar. En este largometraje el lenguaje que se ocupa se siente como algo familiar, como si en la pantalla estuviésemos viendo reflejada la vida de un amigo, o la propia nuestra, despojados los mini dramas de las circunstancias no ficcionales, para quedarnos sólo con la parte que es graciosa.

Lo último es tan divertido e interesante como lo referido sobre la relación padre-hija que mantiene Gabriel y Sofía, que pasa por un trato absolutamente horizontal, donde las dos partes pueden hablar a partir de la igualdad sin poner especial atención a la cadena de mando. Si bien esto no se acerca al límite de lo sugerido en “Soy Mucho Mejor Que Voh” (2013), que exponía al protagonista basureado por su hijo, sí hay un ánimo de decir que los pre púberes, o nuevos adolescentes, tienen el carácter suficiente para sacar provecho en condiciones adversas, llegando a ser la parte de la relación fraternal que cultiva menos codependencia, en contraste de progenitores que, castigados por la inseguridad, sólo quedan como los testimonios de alguna autoridad difuminada. Cuando Sofía trata a Gabriel de Cabau –que es su apellido y sobrenombre- y luego le dice “vos sos una rata”, se confirma la hipótesis del joven 2.0.

Por otro lado, en paralelo a los protagónicos que se encuentran muy bien desarrollados, los roles secundarios se incluyen en la misma medida –y a veces más- sobre la comedia que se va tejiendo: el amigo médico de Gabriel, o Keko, su hermano, aportan con sendas escenas por las que bien pueden ser recordados. Es aquí donde se nota el valor del detalle que tiene la cinta, en cuanto sus figuras SIN HIJOS 03menos visibles pueden hilvanar sus espacios con luces propias, proyectándose desde aquel sentimiento de identidad nacional tan salvaguardado que tienen los argentinos. Asimismo, el largometraje trabaja con más de algún formidable plano que calza de manera perfecta para las ocasiones que se van presentando.

Los reparos sobre “Sin Hijos” pasan por el extravío de su ritmo hacia tres cuartos del metraje, y el invariable en la técnica probada dentro de la dinámica comedia familiar y/o romántica a la que se apega, no obstante, esto no revierte en absoluto la más que correcta ejecución de un título que se sabe comprometido con lo que muestra, punto del que las producciones criollas deberían aprender, toda vez que es absolutamente factible hacer humor desde lo cotidiano, sin exagerar hasta lo absurdo –e irritante, por cierto- el mismo concepto. No es que esta sea una tendencia en todas las producciones que se apegan a la comedia en el escenario local, sin embargo, sí se advierte como una costumbre en las películas que gozan de mayor difusión es nuestra cartelera. No hay que hablar de cifras para saber que esto es un mal indicador.

Por Pablo Moya

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La Mirada Incendiada

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La Mirada Incendiada

Tiempos de dictadura, un hijo de exiliados políticos que vuelve a Chile por cuenta propia y un crimen de crueldad inconmensurable por parte de las fuerzas de orden. El tercer largometraje de ficción de la directora Tatiana Gaviola, “La Mirada Incendiada”, inicia con las palabras “Inspirada en un hecho real”, tomando como punto de partida el conocido Caso Quemados, atentado en el que Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas de Negri fueron víctimas de un ataque incendiario por parte de militares a plena luz del día en la vía pública.

Protagonizado por Juan Carlos Maldonado en el papel de Rodrigo, el filme prometía sin duda ser un aporte para la memoria de nuestro país, dada la historia en cuestión y su contexto, sin embargo, esta promesa metamorfoseó hasta convertirse no sólo en polémica, debido a la nula influencia que tuvo la familia de Rojas de Negri en materias de decisión cinematográfica, sino que también es una cinta que no cumple del todo con los objetivos que parece perseguir.

El inicio de la película muestra a Rodrigo volviendo a Chile con una cámara bajo el brazo y el propósito de desempeñarse cómo fotógrafo profesional. Tras andar un rato medio perdido, y luego de ser ayudado por una amiga vecina de su tía, logra llegar a la casa de esta y sus dos primas menores, quienes cariñosamente lo acogen a lo largo de la trama. Tras esto, se forjan lazos emotivos que dan cuenta de la personalidad dulce y templada del protagonista. De esta forma, se retrata claramente cómo Rodrigo influyó en la vida del resto de los personajes mediante escenas variadas, que muestran momentos íntimos en los que estos interactúan, desde conversaciones nocturnas y abrazos diurnos, hasta experiencias traumáticas que refuerzan vínculos.

A lo mencionado anteriormente, se suma la manera en que los personajes se comunican entre sí. Si bien, el guión resulta claro y conciso, los intercambios de palabras se articulan principalmente a través de diálogos medianamente breves y en ocasiones incluso un poco rígidos, cayendo en la sobre explicación del contexto dictatorial en el que ocurren los eventos una y otra vez, resultando en parte obvios. Además, el guión demuestra la clara intención de introducir gran variedad –y cantidad– de expresiones y/o dichos chilenos, dando así a entender una identidad lingüística acertada, que da cuenta de aspectos de nuestra cultura, pudiendo haber sido presentado de manera igualmente oportuna, pero a través de matices más sutiles.

Por otro lado, Rodrigo es retratado a través de conversaciones y acciones como un joven que no se encuentra realmente al tanto ni de la situación a nivel país, ni de las restricciones que esto implica, modificando el relato y añadiendo romanticismo mediante la presencia de un protagonista en parte inocente, que sueña con denunciar las injusticias del golpe sin pensar en repercusiones. En este sentido, resalta también el carácter poético que busca reflejar la voz en off de narradora de la historia –perteneciente al personaje de Carmen Gloria Quintana–, sugiriendo la existencia de una profunda relación previa al hecho incendiario entre Carmen Gloria y Rojas de Negri, interpelando acciones y decisiones tomadas por el protagonista. Esto agrega de manera similar un toque de romanticismo que resulta algo forzado y, sobre todo, algo lejano a la realidad de los hechos.

En cuanto a la atmósfera, la película logra reflejar el miedo colectivo y la tensión de la época, además de espacios y elementos característicos que resultan clave para retratar el período, tales como cacerolazos, protestas y allanamientos. Las escenas no son demasiado largas, por lo que hacen que la cinta sea dinámica y en su mayoría liviana, teniendo en consideración la carga del tema que trata. Sin embargo, esto mismo es lo que también genera que en algunas ocasiones se pierda un poco la continuidad entre una escena y la siguiente.

Por último, cabe destacar que, si bien las heridas dejadas por el flagelo dictatorial a lo largo y ancho de este territorio siguen estando cargadas de un rojo fresco y humeante, vale la pena que historias como estas vean a la luz en el formato cinematográfico, alimentando la memoria de nuestro país mediante expresiones artísticas cargadas de historia. Por desgracia, “La Mirada Incendiada” no cumple del todo con este objetivo, quedando al debe principalmente en temas de fidelidad con la memoria histórica nacional y la empatía hacia víctimas del caso, ya que, a pesar de que se deja en claro que el filme tan sólo se inspira en los hechos reales, este sin duda abre paso a preguntas que vale la pena hacerse. ¿Hasta qué punto es viable mezclar realidad y ficción? ¿De qué manera abordar temáticas delicadas de la manera más empática posible? Lamentablemente, en ese sentido “La Mirada Incendiada” desarrolla su narrativa omitiendo aquel elemento tan importante.


Título Original: La Mirada Incendiada

Director: Tatiana Gaviola

Duración: 102 minutos

Año: 2021

Reparto: Juan Carlos Maldonado, Catalina Saavedra, Gonzalo Robles, María Izquierdo, Cristina Aburto, Constanza Sepúlveda, Belén Herrera, Pascal Balart, Estrella Ortiz


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