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Silence Silence

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Silencio

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A lo largo de una carrera monumental, que ya se empina por el medio siglo, pocas veces Martin Scorsese ha establecido una ficción suya fuera de Estados Unidos. Judea regida por los romanos en “The Last Temptation Of Christ” (1988), el Tíbet en “Kundun” (1997) y París en “Hugo” (2011) han sido las excepciones dentro de una filmografía enclavada fuertemente en las raíces del país norteamericano. En aquellos casos el material ya existente o la obligación con la historia lo han empujado a salir y, al mismo tiempo, tomar cierta distancia de la violencia, los clanes y su retrato del mundo callejero, habitualmente vinculado a Nueva York. Con “Silencio”, basada en el libro homónimo de Shûsaku Endô de 1966, el director vuelve a abandonar su tierra natal con la mirada puesta en temas que le inquietan desde sus inicios cinematográficos.

Aquí se asienta en el siglo XVII y muestra cómo hasta Italia ha llegado el mensaje de que el padre Ferreira (Liam Neeson) ha apostolado en Japón, donde encabezaba una misión para cristianizar, una noticia que se esparce por cada rincón de un país donde impera el budismo y los intentos occidentales no prosperan. En ese momento es que dos padres jesuitas que fueron sus pupilos, Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver), van en su búsqueda, convencidos de que la información no puede ser cierta. Para ello, en un principio cuentan con la asistencia de Mokichi (Shin’ya Tsukamoto), quien los dirige hasta donde una comunidad compuesta por cristianos que viven su fe en secreto, por el miedo que causa la persecución que lidera un “Inquisidor”, dispuesto a someter a quienes desafíen la religión oficial.

La determinación es probablemente algo que define de sobremanera a los personajes de Scorsese. No son irresolutos ni se quedan en medias tintas; pueden estar embargados de dudas o encontrarse acechados por fantasmas, pero actúan, dan un paso adelante. En esta oportunidad, aquello se manifiesta en dos hombres que guiados por la fe parten a un lugar particularmente inhóspito para dos jesuitas portugueses que entran a hurtadillas.

Por sobre todo en sus ficciones suele ser sustancial lo que transcurre debajo de esas decisiones, insospechado, y el modo en que en algún momento aquello genera fricciones y halla una salida. Es la dimensión plenamente humana que Scorsese le concede a sus personajes, algo que en “Silencio” también encuentra eco. Bajo la lucha áspera que enfrentan sus protagonistas, bajo una historia principal que discurre más fluida que poética o etérea, lo que no es visible le otorga al relato una densidad inusual. Y lo es en este caso fundamentalmente por la amplitud que, mediante el cedazo de la fe, adquieren conceptos como la voluntad, la obstinación y el temor.

El director sumerge en un espiral donde los cuestionamientos se suceden y reiteran y no hay más escapatoria que detenerse en la mirada de Rodrigues y Garupe y en la de su contraparte japonesa, intentar acercarse a comprender el peso de sus decisiones y que en esa prueba irremediablemente todo parezca más inabarcable y abismal. ¿Quién va a ayudar a ese par de padres en un lugar donde apenas unos pocos los acogen y los perciben como la última esperanza? ¿Se apiadará su Dios de ellos? ¿Les responderá en algún momento? ¿O deberán padecer el mismo destino que el hijo de Cristo descrito en la Biblia? La historia es inexorable y, en ese cierre de opciones, tiene las características de un lento descenso a las tinieblas, por más que nunca se abandone un despliegue inquieto y tenaz de la cámara, opción que le otorga otra dosis de espesor a la película.

Por las razones referidas, sus más de horas y media de duración no son las más placenteras. Desajustan, incomodan, llevan a preguntarse hacia dónde conduce todo y por qué sus protagonistas no claudican. Todo, a la larga, se dirige hacia la fe y, cualquiera sea la sensibilidad del espectador, hace que se termine cuestionando sobre ella. Es la ardua exploración a la que invita un autor que desde siempre se ha interrogado acerca de lo que está más allá de lo humano, y seguramente hoy sigue teniendo más dudas que certezas sobre sus creencias. Aquí cada pieza está ubicada en pos de plantear –a través de una narración bien circunscrita– las mismas insistentes e inagotables preguntas que lleva décadas realizándose. No temiendo ser directo, hacia allá administra sus esfuerzos y por ello, por ejemplo, el cristianismo no parece la última panacea ni tampoco una mera víctima de una sociedad bárbara. Ni lo uno ni lo otro, simplemente porque su director no es condescendiente y está tan intrigado por la historia de estos jesuitas, que el acercamiento tiene carácter de interminable: no comienza ni termina con estos hombres perdidos en Japón, así como esas reflexiones no se inician ni concluyen con la mirada de Scorsese.

Quizás en su parte final lo que demandaba “Silencio” era que el cine se moviera con total libertad y las imágenes hablaran por sí solas, como ocurre con muchos de sus instantes más estremecedores, pero en ese momento se antepone el uso de lo discursivo para encarar algo que posiblemente no tiene respuesta. Es una disposición válida para un narrador habituado a no dejar cabos sueltos y, sobre todo, a sostener interrogantes serias usando como vehículos historias donde la pasión y la violencia están a la orden del día. Aun recostado sobre ficciones donde se impone la aspereza y no hay espacio para triunfos, su cine parece más lúcido que nunca. Son las lecciones que sigue dejando un director despojado de miedos, empecinado en extraer lo más elemental de sus relatos y personajes, y siempre entregado en honrar este arte.


Título Original: Silence

Director: Martin Scorsese

Duración: 161 minutos

Año: 2016

Reparto: Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, Issei Ogata, Tadanobu Asano, Shin’ya Tsukamoto, Ryô Kase, Sabu, Nana Komatsu, Yôsuke Kubozuka, Yoshi Oida, Ten Miyazawa


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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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