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Selma: El Poder de un Sueño

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Muchas películas históricas justifican su existencia con la ventaja de que cuentan, por defecto, con la relevancia de que el tema tratado ocurrió y es lo suficientemente significativo para retratarse. Directores suelen descansar en el poder del material con el que cuentan, y hay ocasiones en que la historia que reproducen ni siquiera tiene la contingencia actual para poder repercutir. Afortunadamente, esa no es la situación en la que se encuentra “Selma: El Poder De Un Sueño”, cinta que retrata hechos ocurridos hace medio siglo, pero que expone con intensidad su caso para ser contada de nuevo hoy.

SELMA 01Cuando la película comienza, Martin Luther King (David Oyelowo) ya es una figura emblemática en el movimiento por los derechos civiles, que busca erradicar la discriminación contra los afroamericanos y promover su igualdad con los demás ciudadanos ante la ley. Pronto el activista gana el Premio Nobel de la Paz y se encuentra manteniendo conversaciones con el presidente Lyndon B. Johnson (Tom Wilkinson) sobre la mejor manera de llevar a cabo el movimiento. La llegada a la fama ya está cubierta y así la película se puede centrar en lo ocurrido en el pequeño pueblo de Selma, localidad en la que King organiza una marcha para conseguir el respeto en el derecho a voto para afroamericanos, no sin enfrentarse a los obstáculos, las amenazas y la violencia de los opositores.

Ya sabemos cómo operan la mayoría de los biopics de figuras históricas importantes, que muchas veces terminan componiendo una serie de escenas que repasan los momentos más importantes de la vida de un sujeto, con énfasis en grandes decisiones y discursos, y glorificando a unos protagonistas que superan a aquellos adversarios que se pararon en el lado incorrecto de la historia. “Selma: El Poder De Un Sueño” peca de algunas de estas convenciones: recae más de lo necesario en la oratoria de la gran actuación de Oyelowo, para convencer a las masas dubitativas de que están tomando la decisión correcta y los políticos blancos que se interponen en su camino rayan en lo caricaturesco, especialmente un insistente George Wallace (Tim Roth) empeñado en atentar contra los ideales de Martin Luther King sin que se le dé mayor cabida a sus motivaciones, o reduciéndolas a una simple expresión del racismo de la época.

SELMA 02Pero los aciertos son mayores que los tropiezos. El situar la historia en un marco temporal y espacial tan determinado como lo son las primeras semanas de 1965 en el pueblo de Selma, permite encausar mejor los acontecimientos, así como que una narración particular hable del contexto general de la época y el seguir mucho más de cerca el estado mental de Luther King, dotando a las escenas detrás de las marchas y las apariciones públicas de una intimidad refrescante, que nos permite entender las decisiones que él toma y el peligro que suponen. De esta manera, la película permite también introducir varios temas potentes y no quedarse en retratar sólo a su héroe, y de esta forma en varias ocasiones se vuelca la discusión hacia el movimiento mismo y su composición, así como si este, caracterizado por su insistencia en la no-violencia, no sería más exitoso si luchara de igual a igual con el pueblo que los oprime agresivamente. Otro de los grandes logros es que, a pesar de que se trate indudablemente de la historia de Martin Luther King, se crea con claridad a la comunidad que lo rodea. En la producción se utilizaron los mismos extras en todas las escenas que muestran a los seguidores del líder, por lo que en el público se pueden notar rostros que se repiten, y aparecen brevemente personajes que pueden o no tener líneas de diálogo, pero ayudan a caracterizar a esta comunidad como una formada por personas, no por accesorios de relleno.

En su insistente retrato de las injusticias sufridas por la comunidad negra, la directora Ava DuVernay muestra casos reales ocurridos en la época, desde aquellos que ya no son más que una memoria distante y bochornosa para los estadounidenses (el no permitir que una mujer ejerza su derecho legal de votar y humillarla debido a su color de piel), hasta algunos que se repiten hoy en día, como las golpizas y matanzas a manos de civiles y oficiales blancos. Este inevitable paralelo con acontecimientos actuales, le da a “Selma: El Poder De Un Sueño” la irónica relevancia de una película SELMA 03basada en hechos del pasado que también habla del presente, uno en el que remirar lo vivido hace cincuenta años, dista de dejarnos con una sonrisa de satisfacción debido al no total progreso logrado por la sociedad.

El inconveniente de esto está en que, claro, la urgencia y relevancia de Selma inevitablemente queda relegada más que nada al público estadounidense, en cuyas calles sucedieron estos hechos y a cuyos ciudadanos les afectó. El espectador chileno puede admirarse de lo mostrado y compartir el sentimiento, pero difícilmente sentiremos de igual forma la importancia que beneficia a la película y la convierte en algo más que una pieza audiovisual. Al tratarse de una obra histórica tan arraigada a un lugar específico, se dificulta lograr la empatía completa, aunque esta distancia no disminuya ninguno de los logros de la película.

A pesar de no poder apreciar la película como un discurso que refleje el estado de nuestra propia sociedad, los temas que trata son presentados en escenas más que capaces de enganchar y emocionar. DuVernay crea una obra que no complejiza los conceptos y las posturas que presenta, sino que los muestra por cómo son y cómo afectaron a una comunidad, creando a partir de material y hechos poderosos, una historia que logra honrarlos.

Por Ignacio Goldaracena

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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