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Resulta casi inevitable en estos tiempos asistir al cine sin tener una idea preconcebida de lo que se podrá ver en la pantalla grande. La cantidad de información que circula es abrumadora, y va desde los adelantos que circulan por la red, la televisión y antes de cada función, hasta el comidillo que uno puede encontrar en diversos sitios acerca del proceso de producción de estas obras. Rumores en la selección de los actores, quién aceptó y quién se negó a embarcarse en el proyecto, quien abandonó a medio camino, los cambios en el guión, los retrasos inesperados, en fin, toda la información que uno desee está disponible y al alcance, la cual, por cierto, predispone al espectador al momento de que se apaguen las luces y comience la función.

ROBOCOP 01En la actualidad, con la moda de remakes de películas clásicas, este fenómeno ocurre de manera aún más intensa, ya que siempre estará ese grupo de fanáticos acérrimos decididos a no perdonar la más mínima alteración al producto original y a llenar los sitios con comentarios sostenidos, en su mayoría, únicamente en apariencias y prejuicios. Por lo demás, los remakes no suelen ser productos que consigan un éxito tanto de crítica como de público. “The Fly” (1986) o recientemente “Evil Dead” (2013) podrían citarse como casos aislados, mientras que productos como “Total Recall” (2012) nos recuerdan que el fracaso es el destino casi inevitable de estas producciones.

Con esta  “RoboCop” nos enfrentamos a un caso muy particular, ya que existen diversas razones por la cual la película original de 1987 es considerada un clásico que marcó a una generación. Algunos la recordarán como una bestial obra de ciencia ficción, otros por su singular y desmedida violencia propia del cine de Paul Verhoeven, otros por el futuro distópico que presentaba, con una lectura acerca del mundo excesivamente comercial y deshumanizado al cual nos aproximábamos y al que parece hemos llegado. Pero es innegable que uno de sus principales potenciales era el atractivo de este personaje mitad hombre, mitad máquina y todo un policía entre el público infantil y adolescente. Esta cualidad fue explotada de manera poco acertada en sus múltiples secuelas tanto en el cine como en otras plataformas de entretención, incluyendo televisión y cómics, resultando sorprendente que nombres como Irvin Kershner (“Star Wars: Episode V – The Empire Strikes Back”, 1980) y Frank Miller (autor de “Batman: Year One”)  estén asociados a estos olvidables productos.

Esta nueva lectura toma elementos de la historia original y trata de darle un giro a algunos puntos para profundizar ciertas temáticas sólo esbozadas en la versión de Verhoeven. Es el año 2028 y OmniCorp está posicionada como la empresa líder en el mercado de la tecnología robótica al producir drones y robots de uso militar, pero no puede entrar en el mercado estadounidense ROBOCOP 02en virtud de una ley que prohíbe su uso dentro de país. El director de la compañía, Raymond Sellars (Michael Keaton) ve una oportunidad de eludir la norma mediante la creación de un robot mitad hombre, mitad máquina, que pueda hacerse cargo del crimen que reina en la ciudad de Detroit y se convierta en el primero de muchos, para lo cual se aprovecha de la desgracia del oficial Alex Murphy (Joel Kinnaman), quien fue herido de gravedad en un atentado. Con la ayuda del doctor Dennett Norton (Gary Oldman), y la venia de la esposa de Murphy, Clara (Abbie Cornish), el malogrado oficial es reconstruido y programado para convertirse en un arma letal dispuesta a detener el crimen, resolver su propio intento de asesinato y luchar contra los problemas que le acarrea a él y a su familia su nueva situación.

Los cambios entre una y otra versión resultan notorios y son los principales responsables de la ira de cierto grupo de fanáticos. Más allá del llanto de algunos por el cambio en el color del traje o que ahora el compañero de Murphy, el oficial Lewis, sea un hombre, es la relevancia de ciertos temas en el desarrollo del relato lo que podría chocar a más de alguno. La película se pregunta repetidamente acerca de lo que pueden sentir las máquinas y cómo podemos humanizarlas, en un contexto en que la humanidad gira hacia la automatización del hombre mediante la idiotización a través de la manipulación mediática y el consumo. En este sentido, el papel del Dr. Norton, interpretado de manera solvente por Gary Oldman, es fundamental, pues actúa como un mentor para el renovado Murphy y busca que su parte humana prevalezca por sobre la máquina. Del mismo modo, la presencia de la esposa e hijo de Murphy, casi nula en la anterior trilogía, también resulta esencial.

Si bien este giro es interesante, el modo en que lo aplica es demasiado solemne, cortando imprudentemente el ritmo de la narración y dejando casi completamente de lado ese relato en clave de sátira característico de la original, que sin duda influyó para ROBOCOP 03convertirla en un buen producto de entretención. Afortunadamente, la cinta cuenta para ello con los personajes de Pat Novak, presentador de noticias que apoya los proyectos de OmniCorp, y el del director de la compañía Raymond Sellars, los que aportan el  “elemento facho” y no tan distante de la realidad contemporánea a una mezcla que por momentos se pone monótona.

Un apartado que se ve severamente resentido en este reinicio de la franquicia es el de la acción. Si bien es un acierto la elección de poner en la dirección a José Padilha (“Tropa de Elite”, 2007), quien por cierto logra sacar a relucir sus pergaminos junto a su colaborador en la fotografía Lula Carvalho, la reducción del nivel de violencia a niveles aptos para todo público no dejará contento a más de alguno. Ello también incide en el nivel de maldad mostrado por los villanos de la cinta, donde el talento de Jackie Earle Haley y Patrick Garrow parece muy desaprovechado, puesto que ninguno prueba ser lo suficientemente atemorizante, lo que llevará a más de alguno a recordar con cariño al Clarence J. Boddicker interpretado por Kurtwood Smith.

Esta nueva versión de “RoboCop” no es una película para nostálgicos. Aún cuando conserva varios elementos que invitan al espectador a recordar buenos momentos de la cinta original, como el tema principal compuesto por Basil Poledouris y algunos inolvidables “one-liners”, su objetivo es presentar la franquicia a un nuevo público que probablemente no había nacido en 1987 y, de paso, vender unos cuantos productos con la imagen del super policía del futuro. Una película de acción por sobre el promedio actual que quiere venir a revitalizar una marca casi enterrada en el olvido, pero cuya falta de riesgo probablemente la conduzca de vuelta por la misma senda.

Por Rodrigo Garcés

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Minari

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“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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