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Revancha

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Aunque la película misma no brinde inmediatas luces del dato, anteriores a Antoine Fuqua, Jake Gyllenhaal y su estreno en 2015, se hallaban implicados Eminem, el creador de la serie “Sons Of Anarchy”, Kurt Sutter, y hechos que ocurrieron cinco años atrás. A fines de 2010, se informó que DreamWorks adquiría el primer guión de Sutter para cine, una historia centrada en un boxeador que tomaba inspiración de parte de la vida del rapero y actor, y que contaría con su presencia para protagonizarla. Con su condición de metáfora de las experiencias del artista y suerte de secuela espiritual  de “8 Mile” (2002), la producción avanzaba camino a concretarse; sin embargo, en este SOUTHPAW 01intercambio de roles, identidades y cargos que encanta en Hollywood, nada termina como empieza. Una vez que el estudio de Spielberg se bajó del proyecto y Eminem desistió de estalarizarla, en marzo de 2014 se confirmó que Fuqua y Gyllenhaal llevarían la batuta definitiva de la cinta.

“Revancha” sigue la historia del boxeador Billy Hope (Gyllenhaal), deportista de estilo impetuoso y directo, que ostenta el título de campeón mundial en la categoría de peso semipesado y un invicto de varias decenas de peleas. Rodeado de lujos procedidos de ese éxito deportivo,  Hope vive en una mansión con su esposa Maureen (Rachel McAdams) y su hija Leila (Oona Laurence), decidiendo ahora rival y momento para revalidar su cinturón. Sin embargo, drásticamente todo se oscurece luego de que, tras ser intimidado por el púgil Miguel “Magic” Escobar (Miguel Gomez), se desata un hecho que lo dejará hundido, física y económicamente, y sin la custodia de la niña. En su intento por poder recuperarla, el boxeador buscará a  Titus “Tick” Wills (Forest Whitaker), un entrenador que, retirado de su labor a nivel  profesional, se dedica a trabajar sólo con menores de edad.

Contrario a tantas películas que terminan en el varadero luego de pasar de mano en mano, “Revancha” suma empeños y se instituye como un trabajo consistente y maduro de su director, como una de las obras más convincentes de un tipo que, en algo más de quince años, se ha despachado largos de disparejo nivel pero innegable –y a veces interesante- columna vertebral. De estofa menor, Fuqua SOUTHPAW 02suma otro movimiento en una carrera marcada por desplazarse con comodidad por diversos tonos y paletas, desde la acción desenfrenada (“The Replacement Killers”, 1998; “Bait”, 2000; “The Equalizer”, 2014), el drama criminal (“Training Day”, 2001; “Brooklyn’s Finest”, 2009), hasta la épica histórica (“King Arthur”, 2004) y el drama bélico (“Tears Of The Sun”, 2003), pasando también por la acción de intrigas y agentes (“Shooter”, 2007; “Olympus Has Fallen”, 2013).

Estrujando su respetable amplitud de registro, en su primera película circunscrita en el drama deportivo el director se anota un buen triunfo. Un importante favor le hace el hecho de que hay elementos familiares en la trama de los que logra sacar muy buen provecho: un personaje de estela errática, azotado por el destino, que en un entorno que lo oprime debe vivir el peso de sus elecciones anteriores y  tomar decisiones trascendentales para su futuro. Fuqua conoce esos héroes, y su manejo detrás de cámaras, si bien no es magistral, va bien conducido, incluso cuando la carga eminentemente dramática se asienta en el relato. Si bien en la puesta en escena de las desgracias de su protagonista da cada paso con estridencia, existe de parte de Fuqua un cuidado de mantenerla a raya para no volcar todo hacia la inverosimilitud.

SOUTHPAW 03En otro ámbito, la delicia que generalmente son las peleas de box acá también reciben un tratamiento a la altura; lícitamente, la naturaleza de drama deportivo de la película y todo lo que emana a partir de ahí –lo que, a primeras, surgía como más ajeno y complejo para el director- termina siendo lo más potente del filme. La cinta opera con solvencia especialmente en el camino de vuelta, en la ruta hacia la luz, en definitiva, en aquello que define casi por antonomasia a ficciones como esta: la reconducción de la vida de su protagonista. Sin artificios, aunque tampoco con mayores riesgos, la película se lanza a confeccionar el trazo final de la historia.

Siendo una obra de ejecución correcta, que no se pone a ofrecer más de lo que tiene y que no inventa nada nuevo, las interrogantes del meritorio vuelo que emprende se vuelcan hacia el buen despliegue de algo elemental, pero no siempre bien ponderado: las interpretaciones. De vuelta de ese papelazo que clavó en “Nightcrawler” (2014), lo de Jake Gyllenhaal es nuevamente  formidable y tiene, en esta oportunidad, el sello especial de buena parte de las mejores actuaciones: pasa casi desapercibido que está encarnando a un boxeador, porque parece realmente estar convertido en uno. Las anécdotas en torno a la preparación de su personaje llamarán la atención por años, pero lo concreto es que su trabajo es, al mismo tiempo, silencioso y de una fuerza atronadora.

SOUTHPAW 04Su desempeño se ve acertadamente escoltado por una equilibrada Rachel McAdams y, sobre todo, por un portentoso Forest Whitaker, brillando como hace rato no lo hacía. Como el entrenador del protagonista, un personaje inamovible del esquema de cinta de box, desborda cada línea y momento que el guión le da, inclusive empequeñeciendo a ratos lo hecho por Gyllenhaal. Tanto en esa actuación de viejo cuño como en la película misma, se evidencia la virtud de convertir en algo valioso una tuerca que ya parecía oxidada. No obstante el filme se limita a jugar con tópicos empleados en innumerables ocasiones, concediendo como adicional sólo una actualización de los excesos y rasgos que definen al deporte, pero logra salir indemne con tranquilidad.

Si bien terminado julio y las vacaciones de invierno, el bombardeo de megaproducciones no presenta intención de cesar, de todas maneras existe espacio para que ocurran pequeños milagros. Como que arribe sin mayor retraso una película directa, efectiva y bien actuada como “Revancha”. Un título que no ameritará descorchar botellas, pero cuyo buqué sabe especialmente bien en el escenario actual. Una cinta a valorar que es consciente de dónde le aprieta el zapato y no pretende ser más de lo que es, características que se agradecen más allá de que por sí misma tiene difícil ubicarse entre lo mejor del año.

Por Gonzalo Valdivia

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Chicos Buenos

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Chicos Buenos

El género coming-of-age se define como historias que tratan el período de crecimiento de un adolescente y su paso a la adultez. Esto es tratado de diferentes formas en diferentes cintas. De manera más bien dramática en películas como “The Spectacular Now” (2012) o “Call Me By Your Name” (2017), y también de manera humorística como en la clásica “Superbad” (2007). “Chicos Buenos” tiene muchas similitudes con esta última, que fue una película sumamente exitosa e influyente durante la década pasada, por lo que las comparaciones son casi inevitables. Afortunadamente, “Chicos Buenos” es lo suficientemente fresca e ingeniosa para mantenerse y brillar por sí sola.

Max (Jacob Tremblay), Thor (Brady Noon) y Lucas (Keith L. Williams) son tres amigos preadolescentes que, al ser invitados a una “fiesta de besos” por Soren (Izaac Wang), el chico más popular de la escuela, intentan espiar a la vecina de Max junto a su novio con un drone para aprender a besar. El plan sale mal y el drone es destruido, y los tres amigos deben encontrar la forma de conseguir otro para no ser castigados y poder asistir a la fiesta.

Las comparaciones con “Superbad” son bastante obvias: Seth Rogen y Evan Goldberg, guionistas de la primera, son productores ejecutivos en este filme, y ambas tratan sobre un grupo de amigos intentando ir a una fiesta con fines románticos y para ganar estatus, y terminan pasando por diversas peripecias que ponen a prueba su amistad. Es en este punto donde “Chicos Buenos” realmente brilla y sorprende, ya que, a pesar de parecer una película sumamente tonta que no busca más que hacer reír –cosa que logra con creces–, también llega a interesantes reflexiones sobre la amistad, cómo la gente cambia y cómo las relaciones cambian con ellas. A medida que se acerca el final, la película adquiere un tono de melancolía muy refrescante, aunque es arruinado por un gag que se siente redundante.

Este es un problema durante casi toda la película. Pese a haber instancias de humor muy inteligentes, también hay momentos sumamente burdos y repetitivos, particularmente los que tienen que ver con la ingenuidad de los niños sobre el sexo. En muchos momentos los personajes interactúan con objetos sexuales sin saberlo, dildos, muñecas inflables, entre otras, y el humor radica en que el público, a diferencia de los protagonistas, sabe lo que estos objetos significan. Estos gags son por mucho lo peor de la película, son repetitivos y no particularmente graciosos, pero la cinta a ratos parece apoyarse en ellos en vez de sus elementos más inteligentes.

Los personajes también pueden volverse un poco agotadores por momentos, debido a su ingenuidad e inocencia, en particular el personaje de Lucas. Max y Thor son dinámicos y multidimensionales, pero Lucas se siente algo plano, incluso en el tercer acto cuando tiene un insight importante respecto a su amistad con Max y Thor. A pesar de esta pequeña evolución, el personaje se siente algo blando, aburrido y, si bien esto es discutible, llega a caer mal. Sin embargo, los tres protagonistas (y, de hecho, todos los personajes de la película) se sienten bastante bien construidos, sin importar cuánta relevancia tienen en la historia. Desde los protagónicos a los secundarios más insignificantes, todos tienen una personalidad definida y se sienten reales.

No obstante a lo anterior, un elemento importante en que la película queda corta es en las actuaciones, específicamente de los niños. Teniendo un reparto principalmente infantil, este era un desafío importante y lamentablemente no alcanza a superarlo. Las actuaciones son inconsistentes; hay momentos en que funcionan muy bien, pero en otros –particularmente las escenas más emocionales– se sienten un poco forzadas y sin vida. Las lágrimas que vemos son claramente maquillaje y esto es algo que a ratos puede sacarnos de la intensidad de la escena.

Por otra parte, visualmente podría ser más arriesgada, ya que no hay mucha propuesta de dirección desde el tipo de encuadres y color. Por otro lado, el universo que se muestra también resulta poco interesante: los personajes se mueven en el mismo mundo suburbano estadounidense que ya conocemos muy bien, incluso en películas de temáticas similares como la mencionada “Superbad” o “Booksmart” (2019), además de otras comedias de Point Grey, productora de Rogen y Goldberg, como “Neighbors” (2014) y “Blockers” (2018). Es un ambiente sobre explotado en la comedia y ya se está volviendo aburrido.

Sin embargo, todos estos elementos en que la película se cae no alcanzan a arruinar su inteligencia, gracia y honestidad. En vez de ser una simple comedia tonta sobre niños que quieren dar un beso, “Chicos Buenos” va más allá, reflexionando sobre la naturaleza de los lazos que nos unen con nuestros amigos, y se podría ubicar cómodamente en el canon de cine coming-of-age estadounidense.


Título Original: Good Boys

Director: Gene Stupnitsky

Duración: 90 minutos

Año: 2019

Reparto: Jacob Tremblay, Keith L. Williams, Brady Noon, Molly Gordon, Midori Francis, Josh Caras, LilRel Howery, Millie Davis, Chance Hurstfield, Enid-Raye Adams, Lina Renna


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