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Ralph, El Demoledor

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Durante las últimas décadas, los videojuegos se han transformado en una importante fuente de inspiración para la industria cinematográfica, sobre todo después de que los productores de Hollywood se dieran cuenta de que el nicho de los gamers era lo suficientemente rentable como para comenzar a lanzar sagas de películas basadas en los títulos más populares del mercado, sin importar si la calidad de las cintas era medianamente decente, con tal de tener la taquilla asegurada. Es así como, salvo contadísimas excepciones, hemos tenido que sufrir una serie de producciones nefastas, destrozando las esperanzas de todos los que vemos en el basto mundo de los videojuegos algo más que una excusa barata para sacar dinero. Para apoyar esta idea, tenemos como ejemplo la insípida saga de “Resident Evil”, protagonizada por Milla Jovovich, la cual se aleja casi por completo del material original, aprovechándose de la marca para vender una película de acción genérica. Por otra parte, tenemos prácticamente la totalidad de la filmografía del alemán Uwe Boll, en quien muchos han visto la reencarnación de Ed Wood, y ha dedicado gran parte de su carrera a adaptar videojuegos a la pantalla grande, “consagrándose” con bodrios de culto como “House Of The Dead” (2003) y “Alone In The Dark” (2005), transformándose en la pesadilla de todo videojugador.

Los videojuegos no han tenido un buen pasar en la pantalla grande, y aunque nuevas adaptaciones siguen llegando cada año y recaudando grandes sumas de dinero, hace falta un largometraje que haga honor y justicia a la industria que se busca consagrar como el décimo arte. “Ralph, El Demoledor”, la última producción de Walt Disney Animation Studios, no es una adaptación directa de algún título en particular, pero enmarca su historia en el mundo de los videojuegos y se transforma en un digno homenaje a un mundillo que ha unido a generaciones a base de guiños a las franquicias y personajes más queridos por los aficionados, y por sobre todo, respeto y cariño por el material que tiene entre manos.

Ralph (John C. Reilly) está aburrido de desempeñar el rol de villano en su videojuego. Viviendo en un basurero y despreciado por sus compañeros, decide cambiar su destino y abandonar su juego para convertirse en el héroe que todo el mundo aprecia. Sin embargo, sus acciones traerán consecuencias nefastas, ya que al abandonar su juego pone en riesgo la continuidad de este, condenando a sus compañeros a ser desconectados para siempre. En su desventura, Ralph terminará varado en un videojuego de carreras llamado “Sugar Rush”, donde conocerá a Vanellope (Sarah Silverman), una “falla” que, en teoría, no debería existir en el sistema, pero que se ha mantenido viviendo al margen de sus compañeros, soñando con el día en que pueda correr y ganar el título que le demostrará al mundo que no es sólo un glitch. Juntos unirán fuerzas para ganarse el respeto que siempre les ha sido negado.

La última gran apuesta de Disney es una delicia para su público objetivo, principalmente por el gran desfile de personajes de videojuegos que se pasean por la pantalla, algunos más populares que otros, pero cada uno con su momento para brillar, los cuales se hacen especialmente disfrutables para quienes hemos pasado gran parte de nuestra existencia detrás de un joystick. Desde “Q*bert” hasta “Mortal Kombat”, aquí hay espacio para los jugadores nostálgicos y para los más noveles, cuidando cada detalle del universo de los personajes, rindiendo homenaje a la industria como ningún otro filme lo había hecho antes. Independiente del desarrollo de la trama, “Ralph, El Demoledor” se erige como la producción hollywoodense que retrata con mayor gracia y respeto la cultura gamer. Por ese lado, la película cumple con todas las expectativas.

Si no se es un aficionado a los videojuegos, la película ofrece una historia muy entretenida, quizás, demasiado orientada al público infantil y algo lenta en su desarrollo, sobre todo pasado su punto medio, alargándose hasta llegar al divertido tramo final. Ralph es un personaje entrañable y empático en todo momento, viviendo en el eterno cuestionamiento sobre su propia “maldad innata” que lo ha llevado a cambiar su destino, aunque eso signifique acabar con su propio mundo. La pequeña Vanellope comienza como el típico personaje irritante y metido con calzador para agradar al público infantil en plan “Jar Jar Binks”, pero conforme conocemos su historia, se hace más querible hasta el punto en que se pasa por alto su desagradable voz, que en la versión doblada está realizada por Maria Antonieta De Las Nieves, más conocida como “La Chilindrina”. El resto de los secundarios está conformado por Felix (Jack McBrayer), el “héroe” del videojuego de Ralph, quien es incapaz de entender los motivos por los cuales su archienemigo quiere dejar su trabajo, y Calhoun (Jane Lynch), líder del escuadrón de un videojuego de guerra, quien está en busca de Ralph luego de que este se llevará consigo un peligroso monstruo capaz de propagarse como un virus y consumir videojuegos completos. Por último, King Candy (Alan Tudyk), es el verdadero malo de la película, haciendo lo imposible por mantener lejos a Vanellope, guiado por oscuras motivaciones.

La última gran película de animación de este 2012, llega como un regalo navideño para todos los amantes de los videojuegos alrededor del mundo, quienes al fin tendrán entre sus manos un producto cinematográfico que hace justicia a la industria y a sus personajes. “Ralph, El Demoledor” es una película para todo público, independiente de que se esté familiarizado o no con los videojuegos, Disney está detrás de la cámara y parece estar recobrando su magia con el paso de los años, poniendo su estampa a una producción que dejara “chochos” a los gamers, que después de años de sufrimiento, al fin pueden respirar con alivio y satisfacción.

Por Sebastián Zumelzu

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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