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Presencia Siniestra

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A veces, una película es mala, y no hay nada que se pueda hacer al respecto. En otras ocasiones es buena, y a veces incluso excelente. Entre estos dos extremos se desenvuelve una gama de grises muy extensa. Son tantos los elementos y equipos y opiniones que se cruzan en la realización de una cinta, que resulta casi milagroso que todas las piezas terminen por encajar a la vez. Puede que un detalle como la música de fondo falle irremediablemente, manchando una ejecución técnica y actoral que quizás era impecable. Ejemplos como este se pueden inventar por montones.

Quizás uno de los más dramáticos de presenciar es cuando una cinta que a todas luces no está funcionando, cuenta con una gran actuación en su centro. Pareciera que la película se convierte en una lucha de una persona contra una avalancha. Ejemplos recientes de esto hay por montones: Jennifer Aniston en “Cake” (2014),  Eddie Redmayne en “The Theory Of Everything” (2015) e incluso Naomi Watts en “Diana” (2013), quien se repite el plato en “Presencia Siniestra”, una película que, aunque no es del todo un desastre, tampoco es un éxito.

Luego de que un trágico accidente dejara a su hijastro Stephen (Charlie Heaton) en estado vegetal, Mary Portman (Naomi Watts) ha reordenado su vida en torno a su paciente. Mary paga los medicamentos y el cuidado de Stephen trabajando como sicóloga infantil, donde trata, entre otros, con el pequeño Thomas (Jacob Tremblay), un niño mudo y acomplejado. Cuando este último desaparezca, Mary comenzará a descubrir una trama siniestra y llena de peligro, para la que deberá enfrentar tanto amenazas externas como internas.

“Presencia Siniestra” es una película atípica, pero no lo suficiente como para ser rupturista. Tiene un poco de cinta de terror, otro poco de thriller psicológico y bastante de drama doméstico. A pesar de ser vendida en el tráiler como lo primero, es el elemento dramático el que más destaca. Durante los primeros 45 minutos el desarrollo del personaje central y su relación con los niños se va desenvolviendo y enriqueciendo de manera progresiva y muy hábil. Un ritmo narrativo pausado, y capaz de darse el espacio para detenerse si es necesario remachar un punto, sirve a esto a la perfección. Todo este buen trabajo es comandado con decisión y experiencia por Naomi Watts. Demostrando que no es sólo uno de los rostros más bellos del cine, la actriz encarna, comprende y hace suyos todos los aspectos y matices de su personaje. A momentos herida y trágica, en otros cálida y tierna, e incluso a veces algo agresiva, su interpretación otorga al personaje un barniz de humanidad que muchas veces se echa de menos en otras cintas similares: a diferencia de lo que pasa en la narrativa cinematográfica, en la vida real las personas traumadas no pasan todo el día llorando encerradas en el baño. También hay momentos de felicidad, e incluso de aburrimiento. Todo eso está en “Presencia Siniestra”, y se desliza con soltura por las manos de Naomi Watts.

Ahora, es en el último tercio de la película en que esta se sale de los rieles. Toda la sutileza que caracterizó a la presentación del personaje central desaparece. En su lugar se instalan una sucesión de hechos de lo más predecibles, debido a que son recursos utilizados hasta el cansancio en el cine de suspenso. Incluso hay momentos que sólo pueden justificarse como homenajes directos, y muy poco elegantes, a clásicos del género, como “The Shining” (1980), y lo más lamentable es que se desperdicia toda una serie de herramientas y opciones narrativas. Sabiendo lo que se sabe del personaje de Naomi Watts a estas alturas, la narración podría haber aguantado una infinidad de resoluciones y giros de lo más creativos y valiosos. Lo que hace en su lugar es ir tropezándose sobre sí misma hasta volverse una avalancha de malas ideas.

Lo único que destaca dentro de todo esto es la ejecución de la protagonista. Como ya demostrara hace tiempo en cintas como “King Kong” (2005) o “The Ring” (2002), Naomi Watts puede transmitir la emoción que se le antoje, aunque esto le signifique estar actuando sola frente a una pantalla verde. Acá los estímulos son un poco más reales, pero sea cuál sea el caso, ya esté haciendo de víctima o mostrando coraje en los momentos más inesperados, cada uno de sus momentos parecen cargados con la complejidad que demostró media hora antes. Es una lástima que la cinta no le diera el espacio suficiente para poder realizarse por completo.

Da para especular infinitamente sobre qué pasó, en qué momento se tomó un desvío así de deliberado. Quizás la película no parecía ser lo suficientemente comercial, o las temáticas que sugería terminaron por ser demasiado pesadas para un público masivo. Sólo hay una cosa clara: no es culpa de la señorita Watts.

Por Lucas Rodríguez

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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