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Paul Thomas Anderson, el impredecible

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Uno de los directores contemporáneos más importantes”. Es aquel el rótulo que no sólo caracteriza hoy en día a Paul Thomas Anderson, sino que parece haberlo estado siguiendo desde que apareció como una suerte de niño prodigio en la escena norteamericana a finales de los 90. “El mejor cineasta estadounidense de su generación” y “Uno de los mejores talentos del cine moderno”, son títulos que pueden sonar hiperbólicos, pero que difícilmente pueden ser cuestionados al hablar de alguien con la ambición de Anderson. Porque incluso cuando sus películas no son universalmente celebradas, cuando no cuentan con una terminación redonda, completamente comprensible y coherente, las agallas del realizador siempre son mencionadas; sus intentos por superarse, explorar nuevo PAUL THOMAS ANDERSON BOOGIE NIGHTSterritorio, adaptarse y equivocarse, de dejar una huella. Eso es lo que hace trascender, no una filmografía uniformemente pulcra y sin identidad.

Y si es que Anderson ha obtenido comparaciones a lo largo de su carrera con Kubrick, Altman y Scorsese, no es sólo por su uso de imponentes composiciones simétricas, manejo de grandes elencos y predilección por planos secuencia, respectivamente, sino también por aquella visión y seguridad que distingue a los grandes directores del resto, aquel apetito que los lleva a manifestar su punto de vista utilizando sin miedo cualquier recurso cinematográfico a su alcance, nunca injustificadamente, siempre en busca de comunicar mejor lo que quiere decir, e intensificar la experiencia del espectador que somete a su obra.

A autores menores se les acusaría de indulgencia o pretensión, pero estos no han sido adjetivos que la crítica suele emplear para describir a Paul Thomas Anderson. A pesar de haber dirigido “Boogie Nights” y “Magnolia” antes de los treinta años –consideradas obras maestras por muchos, y dos de las mejores películas de los 90, por los demás–, esta precocidad nunca le jugó en contra, y más que ponerlo en duda, su corta edad y experiencia fue sólo razón mayor para anunciar la llegada de un cineasta a tener en cuenta.

“Boogie Nights” y “Magnolia” pueden englobarse dentro de la filmografía de Anderson, aparte de su sucesión, en lo que podría llamarse una “épica imperfecta”. Así como Tarantino con “Pulp Fiction” después de “Reservoir Dogs” son la clase de magnum opus que un director intenta tras haber tenido PAUL THOMAS ANDERSON MAGNOLIAun golpe de suerte (en el caso de Anderson, la modesta “Hard Eight”, su primera película) que les diera la oportunidad de aventurarse a proyectos más grandes, impulsados por el miedo de no poder volver a rodar de nuevo.

Son dos películas cuyo alcance trasciende más allá de lo que está en pantalla, la ambición detrás de ellas desbordando de cada secuencia sin ocultarse y, ocasionalmente, cayendo bajo el peso de la misma. Temáticamente disímiles, ambas obras son retratos de un grupo de angelinos (regulares de Anderson, como John C. Reilly, Philip Seymour Hoffman, Julianne Moore y William H. Macy, conforman ambos repartos corales) que tienen lugar, la primera, a lo largo de los últimos años 70, y la segunda, durante no más de unas cuantas horas. Son obras en que tanto los personajes como el director son protagonistas. Anderson mantiene el ritmo de estas películas que bordean las tres horas con constantes paneos y travellings, buscando crear interconectividad en “Boogie Nights” y simultaneidad en “Magnolia”, apuntando hacia la urgencia de lo que se nos está mostrando. En las películas de Anderson siempre se advierte importancia en lo que hay en pantalla. En ambas, sus personajes lidian con la redención (con la certeza de que la necesitan, no así de si la están buscando), y ambas películas llegan a conclusiones caóticas que desmoronan el mundo en el que están insertos, en un caso de forma figurativa, en el otro de manera literal.

PAUL THOMAS ANDERSON DIRECTINGEsta desorganización final, lejos de degradar el nivel de las cintas como un todo, sólo las hace más interesantes. El caos como parte de la estética filtrándose hacia el discurso de la obra; forma y fondo fundiéndose. Si ambos son retratos de decadencia, Anderson permite que este desorden se extrapole al montaje y a la narración. Y qué gusto da ver a un director tropezando por intentar lograrlo todo en vez de por miedo a aventurarse.

No es de sorprender, entonces, que sus cintas posteriores se empezaran a definir más por su mesura. El mismo torbellino de ideas que plagaba a sus obras iniciales se pueden encontrar en “There Will Be Blood”, “Punch-Drunk Love” y “The Master”, pero es revelador el que atrás hayan quedado los repartos corales y se haya restringido la particular cinética de su cámara. Desde “Punch-Drunk Love”, que es ampliamente considerada como la entrada más particular y cuestionable de su filmografía por su repentino bajo perfil, su innegable tono cómico y la inclusión de Adam Sandler en el protagónico, Anderson ha puesto su atención en el viaje de un solo personaje, el caos que caracterizaba sus cintas iniciales confinado ahora al cuerpo y la psiquis de un único protagonista conflictuado y errático.

PAUL THOMAS ANDERSON THERE WILL BE BLOODY sólo así pudo llegar a lo que podría llamarse su trabajo más realizado. “There Will Be Blood” es un logro en una filmografía repleta de ellos, enorme en lo que encapsula, pero microscópica en su foco: el ascenso, corrupción y descenso de un petrolero a principios del siglo XX, interpretado por Daniel Day-Lewis, en lo que es quizás la mejor actuación de la última década. Finalmente se podía ver la tendencia hacia la grandiosidad del director utilizada de forma acotada y precisa. El movimiento ahora encontrándose más dentro de plano que en la misma cámara; el director tomando una distancia que dejara hablar a la imponencia de lo que estaba retratando, se encontrase esta en los desolados paisajes desérticos, la conformación física del imperio del protagonista o las histriónicas actuaciones, todos ellos conformando un retrato nuevamente de la decadencia como tema central.

El estilo de Anderson estaba evolucionando y se seguía manifestando una inquietud por indagar en temas distintos, e incluso estéticas distintas, unas que se adecuaran a la historia específica que se estuviese contando más que a un sello personal dictado por sus trabajos anteriores. Con “The Master” llega lo que es quizás uno de los esfuerzos más personales del director, en el sentido de que ya no parecía haber un interés por sorprender, por encantar o por siquiera darse a entender completamente. La crítica no demoró en calificar la cinta de “obtusa” e “inaccesible”. La producción de la película no estuvo libre de controversias y obstáculos, con un estudio abandonando su desarrollo. Esto dio luces de lo curioso de la permanencia de Anderson en el sistema hollywoodense. ¿Cómo un director que no juega según las reglas había cultivado una carrera en dicho círculo y se había mantenido en él por tanto tiempo? “The Master” mostraba a un Anderson a quien, con su estatus solidificado, ya no le importaba darse a entender más que volcarse a explorar inquietudes propias en nuevos territorios. Una distancia que lo alejó de muchos, pero que lo volvió aún más fascinante para sus seguidores.

PAUL THOMAS ANDERSON THE MASTERY es con el recuerdo de “The Master” –que seguramente será discutida y redescubierta durante años venideros- que la llegada de su última cinta, “Inherent Vice”, se trata como un evento repleto tanto de incertidumbre como de excitación. Si alguna vez pudimos anticipar qué toque le daría Anderson a una película (¿pudimos hacerlo realmente?), ahora hay menos certeza que nunca. La película es una adaptación (la segunda de su carrera después de “There Will Be Blood”) de una novela de Thomas Pynchon, nuevamente con un gran elenco y protagonizada por Joaquín Phoenix como un investigador privado, en una mezcla de géneros desde la comedia hasta el crimen, y ambientada en los 70.

Son varios elementos que Anderson ha trabajando anteriormente, pero aun así cuesta dar luces de exactamente qué animal será su última obra, cómo esta dará forma a su filmografía completa y qué nos podrá decir de las ambiciones e inquietudes actuales del realizador. Es digno de asombro y celebración que Anderson nos tenga adivinando a puertas de su séptima película, pero teniendo en cuenta su trayectoria no debería sorprendernos. Este es un realizador que ha sabido reinventarse y seguir a su curiosidad donde esta lo llevase, incapaz de ceñirse a un solo molde, a pesar de contar con recursos y temas que puedan advertir un sello propio. Es esa ambición, maestría y franqueza lo que lo ha convertido en un favorito de cinéfilos y en un cineasta siempre interesante, cuya carrera vale la pena seguir. Es eso lo que lo hace uno de los más importantes directores contemporáneos, uno de los mejores talentos de su generación, sin duda alguna.

Por Ignacio Goldaracena

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Star Wars y el auge de los efectos visuales

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Star Wars

Desde prácticamente siempre, ha existido un odio irracional hacia las precuelas de Star Wars, aquella trilogía de películas que estrenada entre 1999 y 2005 que prometía conectar todos los hilos en torno a la historia que George Lucas iniciara en 1977. Amparado bajo una segunda explosión de popularidad de la saga, el director comenzó a principios de la década del 90 lo que sería la concepción de una idea que ya tenía cuando trabajaba “El Imperio Contraataca”, y que, según sus propias declaraciones en múltiples ocasiones, no le era posible filmar debido a las limitancias tecnológicas propias de la época. Así, el desarrollo del CGI hizo que Lucas pudiera adentrarse en la realización de una nueva trilogía, donde, más allá de su cuestionado argumento e innecesaria creación de fallas argumentales para la saga original, terminó por transformarse en una revolución gracias al elemento que fue más destacado por la crítica: los efectos especiales.

Fue en 1997 cuando comenzó el rodaje de “La Amenaza Fantasma” (1999) y, aunque se mantuvieron algunos elementos como la marioneta de Yoda y una utilización de escenarios reales con un cuidado diseño de producción, la transición se fue desarrollando de manera natural a lo que terminaría siendo “El Ataque de los Clones” (2002) y “La Venganza de los Sith” (2005), donde el uso de fondo verde fue más prominente que en ocasiones anteriores. Como dato curioso, y para reforzar la idea de que la animación digital fue el elemento principal de estas cintas, es sabido que no se construyó ni una sola armadura de trooper durante las tres películas, con dichos modelos siendo todos creados por computadora. A pesar de que el uso de CGI ya se había presenciado en otras películas previas –probablemente “Jurassic Park” (1993) siendo el caso más reconocido–, su utilización dentro de la producción de Star Wars significó todo un precedente, gracias a un innovador software donde se crearían los efectos visuales, al punto de que en la primera cinta existe una sola secuencia que no contiene efectos digitales.

A veinte años de su estreno, los efectos visuales en el cine son cosa de cada día, con prácticamente la totalidad de las cintas más taquilleras utilizándolo en su mayoría, lo que en un espectro más crítico ha terminado por omitir en el espectador el deseo de intentar diferenciar qué es real y qué no al momento de mirar una película. Asimismo, los directores actualmente pueden gozar de la misma libertad que Lucas describió a la hora de realizar las precuelas, pudiendo crear un guion a su antojo sin preocuparse de restricciones en torno a la producción, el desarrollo de personajes y, sobre todo, la creación de mundos y criaturas tan fantásticas como se ha caracterizado la saga desde sus orígenes. Todo lo anterior permitió también una reducción en los tiempos de rodaje, comenzándose a producir blockbusters en masa gracias a la implementación de la fotografía digital, y el uso de cámaras digitales que permiten grabar sin la necesidad de revelar el celuloide, pudiendo así montar y modificar escenas de una manera mucho más rápida.

Ya con la trilogía original Lucas había innovado en una serie de técnicas cinematográficas que eran prácticamente desconocidas para la época, pero todo ese trabajo fue opacado en cierta forma gracias al abrumador éxito que la saga tuvo más allá de la pantalla, transformándose en un icono de la cultura pop gracias a la explosiva venta de juguetes y una creciente popularidad que nunca decayó en el período de 1977 a 1983. Y es así como las tecnologías fueron evolucionando en pos de una saga que desde sus orígenes buscó una forma de deslumbrar y crear experiencias nunca vistas, algo que sin duda se logró con todos los contratiempos que pueda significar. Pasar de un aproximado de 365 tomas con efectos visuales en la primera cinta de 1977 a las más de 2200 que tiene la última de la era Lucas en 2005, habla de una necesidad de incorporar la tecnología con el fin de contar historias, derribando límites y permitiendo que la creatividad e imaginación de los realizadores pueda verse reflejada en la gran pantalla.

Hoy en día, con una nueva trilogía que llegará a su fin este 19 de diciembre, se puede ver como las técnicas de las otras seis entregas se van complementando para darle un romanticismo a la producción, omitiendo de plano un uso totalmente digital para seguir incluyendo animatronics, marionetas, maquillaje y otras técnicas de producción. Sin embargo, es imposible no reconocer el trabajo e influencia de George Lucas en el desarrollo del cine de fantasía como lo conocemos hoy en día y, más allá de cualquier falencia narrativa que haya cometido en sus cuestionadas precuelas, el cine y la tecnología comenzaron una relación que ha beneficiado tanto lucrativa como creativamente a la industria.

  • Star Wars: El Ascenso de Skywalker” se estrena el próximo 19 de diciembre. Preventa AQUÍ.

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