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Paterson Paterson

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Paterson

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“Paterson” se propone mostrar una rutina más que contar una historia. Es un ciclo en el cual Paterson (Adam Driver) despierta cada día a la misma hora, junto a una novia que le dedica algunas palabras. Fija su atención en algo (el clima, una caja de fósforos, lo que sea) y, antes de empezar su trabajo, ya está escribiendo poesía sobre ello. Maneja un bus por la ciudad, escuchando interesado las nimias conversaciones de sus pasajeros mientras pasan las horas. Almuerza solo, escribiendo. Vuelve a su casa, saca a pasear al perro, lo amarra afuera de un bar y entra a tomarse una cerveza. De lunes a viernes nada cambia tanto y a Paterson parece no importarle.

No mucho pasa en “Paterson” la película, ni Paterson el pueblo en el que está situada, y tanto Jarmusch como el protagonista parecen preferirlo así. Es más bien el paso del tiempo y las conversaciones mundanas, los hobbies y las actividades que rellenan los días, las pequeñas coincidencias que empiezan a acumularse y a llamar nuestra atención ante la ausencia de mayores sucesos. La cinta está menos interesada en la trama que en situaciones y fragmentos de la rutinaria vida de su personaje (capturada siempre de la misma forma: un cenital a la cama que lo despierta, la casa en un frontal simétrico, planos que nunca buscan llamar la atención), que en sucesión empiezan a convertirse en algo más. La novia de Paterson (Golshifteh Farahani) adquiere identidad cuando observamos día a día su entusiasmo respecto a distintos intereses; la pareja que pelea en el bar avanza en su discusión de pareja, Paterson escribe algo distinto cada día.

La relación del protagonista con la poesía también tiene ese dejo de calma. No es el tipo de sueño que lo consume, sino más bien se ajusta a su diario vivir. Y no es la clase de impulso que espera que lo saque del pueblo ni mucho menos: Paterson no tiene intenciones de cambiar su estilo de vida y la película no tiene ese tipo de pretensiones. El mundo ordinario que presenta no requiere ni espera cambios, y en la forma en que Jarmusch relata esto no hay melancolía ni condescendencia, hay algo más simple que podría considerarse meramente como cotidianeidad. El director ya había mostrado ritmos similares en algunos segmentos de “Coffee And Cigarettes” (2003) y especialmente “Broken Flowers” (2005) y se entiende la decisión detrás de la falta de impacto, en que los sucesos no exploten ni dirijan a algún lado, en la insistencia a mirar una vida normal de la forma menos espectacular posible.

Son días tranquilos mostrados sin apremio y esto hace llevar la atención a las ilusiones mundanas, como un concurso que podría o no ganarse; a las horas perdidas en que se mantienen conversaciones triviales; a los pequeños gestos de ternura que son los que terminan solidificando una relación y a la tristeza de las pequeñas pérdidas. Es quizás el mayor logro de una cinta tan modesta el otorgar valor a estos detalles y entender las emociones que transmiten desde la sutileza con la que son mostradas, sin énfasis, así como ocurren en la vida misma.

“Paterson” rehúye grandes gestos, peripecias, momentos climáticos y cualquier cosa que asemeje una trama convencional en el acto deliberado de introducirnos en su micromundo y mostrarnos la vida a su ritmo. Su valor radica en la modestia y en lo poco que parece ambicionar, muy en sintonía con el personaje que retrata.


Título Original: Paterson

Director: Jim Jarmusch

Duración: 118 minutos

Año: 2016

Reparto: Adam Driver, Golshifteh Farahani, Kara Hayward, Sterling Jerins, Luis Da Silva Jr., Frank Harts, William Jackson Harper, Jorge Vega, Trevor Parham, Masatoshi Nagase, Owen Asztalos


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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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