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Pasajeros

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Siempre es grato ver a dos estrellas en el peak de su carrera interactuar juntos en una superproducción que promete. Chris Pratt y Jennifer Lawrence, cada uno por su lado, han construido una filmografía completa con más triunfos gloriosos y permanentes que caídas –algunas ya olvidadas–. Con tremendos potenciales que funcionan tan bien en pantalla y especialmente en la fantasía, cuando la propuesta frente a la cual trabajan es una tan pobremente elaborada en sus conceptos fundamentales, el talento de los rostros no es suficiente para paliar una ópera que paulatinamente se hunde por sí sola.

250 tripulantes y 5.000 pasajeros a bordo lleva el crucero espacial Avalon hacia una nueva colonia que se formará en el planeta Homestead. Mientras todos están bajo hibernación inducida, Jim Preston (Chris Pratt) se da cuenta de que despertó 90 años antes que las demás personas. Acompañado sólo por un bartender robótico (Michael Sheen), tendrá que decidir si busca una solución rápida para acabar su sufrimiento, terminar con su soledad, o aceptar su destino aprovechando los lujos de la nave.

Con un guion escrito hace casi diez años por Jon Spaiths, –mismo guionista que colaboró en “Doctor Strange” (2016) y “Prometheus” (2012)–, “Pasajeros” finalmente logró ser llevada a pantalla grande, pero pese al positivo augurio que propuso meses atrás, lamentablemente se presenta como un trabajo insuficientemente pulcro, con una idea perfectamente planteada y seductora, pero increíblemente poco procesada, la que lentamente va repitiendo sus mismos errores en una homogénea y poco apasionante obra.

Morten Tyldum, el director que hace un año ganó gran fama por su delicada pieza sobre la vida de Alan Turing, “The Imitation Game” (2015), hace un intento por explorar nuevos horizontes arriesgándose con un sci-fi en parte romántico, al que le sobra espectacularidad y contemplación, incluso planteando grandes preguntas que apuntan a la ética y al comportamiento humano frente a las crisis. Pero la falta de emoción real, verosímil a su ficción y sostenible en sus extenuantes dos horas, van mermando las expectativas de la panacea visionaria a través de un producto pop que se diluye frente a los clichés propios del género, impuestos en Hollywood. Aunque intenta por mostrarse consciente de ellos, tampoco hay demasiados esfuerzos por recobrar un tono algo más fresco. Es cierto que hay escenas intrigantes y de alguna forma conmovedoras que funcionan en niveles más profundos, mas el limitado desarrollo en la idea macro y en lo particular contrastan todos los esfuerzos por lograr la trascendencia a través de prototipos tan marcados que llegan a ser tediosos.

Con ciertos toques tipo “Cast Away” (2000), “Gravity” (2013) y “The Martian” (2015) se entremezcla el romance a través de relaciones forzadas. Pratt y Lawrence, pese a funcionar juntos con creces en la realidad futurística, sufren con el insuficiente desarrollo de sus papeles, dilapidando los esfuerzos por entregar una cinta íntegramente satisfactoria. Sumado a ello, el desperdicio de metraje en los otros dos personajes que vemos –empobrecidos en motif y vigencia– impiden revivir la historia, que acaba con débiles y predecibles giros dramáticos. El score tampoco es material de halago, aunque haya estado a cargo increíblemente de Thomas Newman: si bien la composición es enérgica y llamativa, se siente fuera del tono interno que se intenta impregnar en la cinta. El resultado: una ficción con alma postiza.

Por cierto, sci-fi no siempre significa una gran carga de efectos especiales: el nivel de detalle y realidad futura logrados con la construcción material y digital persuaden a ratos los vacíos argumentales. Aun así, hay momentos en que el FX es desmesuradamente sucio, como el caso del androide interpretado por Michael Sheen, que descoloca intencionalmente hacia la comedia, pero no logra los resultados esperados.

Desaprovechando oportunidades inmensas de ser penetrante e impredecible, y ahondar en los dilemas éticos planteados, las escenas más cautivadoras se pierden en un progresivo fracaso que deja demasiadas dudas evidentes sin responder, repartiendo la acción, drama y romance de forma irregular y descuidada. Con un tratamiento estropeado, una historia que cae en malas decisiones, pero dos populares actores que dan todo de sí y un romance planteado en el espacio, “Pasajeros” cuenta con lo mínimo para entretener como cualquier otro flick de temporada estival, aunque definitivamente sea una de las grandes decepciones cinematográficas que nos deja 2016.

Por Daniela Pérez

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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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