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Cine

Operación Zulu

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Si un thriller policiaco no usa un tema superficial para desarrollar uno más amplio, no vale la pena perder el tiempo viéndolo. Aunque tenga todo tipo de peleas emocionantes o persecuciones en auto sorprendentes, si no hay algún trasfondo de peso, sea político, social, racial, o de otra índole, la sensación final va a ser invariablemente de insatisfacción. Dicho esto, el caso de “Operación Zulu” es uno muy puntual: aquí el problema no es la falta de trasfondos de peso, sino que el exceso de ellos.

ZULU 01Cuando el extraño y en extremo violento homicidio de la hija de un millonarioen Sudáfrica caiga en manos de los detectives Ali Sokhela (Forest Whitaker) y Brian Epkeen (Orlando Bloom), estos irán develando una red ligada al narcotráfico, la venta de armas, y una serie de proyectos secretos relacionados con el oscuro pasado del país que alguna vez estuvo dividido por el apartheid.

“Operación Zulu” no es una gran película; está lejos de serlo. Aun así, tiene un par de elementos que funcionan correctamente, y uno de los más notables es el casting. Ambos protagónicos están muy bien elegidos, y no sólo porque uno de ellos sea Forest Whitaker, un actor con gran trayectoria y un estilo actoral y apariencia inolvidables, sino que Orlando Bloom, quien siempre es puesto en roles de segundón moralmente correcto y bienintencionado, aquí hace de un detective decadente y arrogante, del tipo “policía malo” que se rige por sus propias reglas, y su interpretación da justo en el clavo. A pesar de que ambos protagónicos no tienen demasiada química como dupla, esto nunca llega a ser un problema: cada uno opera más por su cuenta que en conjunto, tejiendo por partes el enigma que los lleva a identificar a los culpables detrás de los cruentes crímenes que investigan. Esto también sirve para contrastar los métodos de cada uno, que son un obvio reflejo de sus morales y éticas personales. Aunque ambos son bastante arquetípicos, resultan creíbles.

Otro acierto son las escenas de acción. Están filmadas sin hacerle asco a mostrar crudeza, pero nunca cayendo en lo morboso. Como reflejo de la ira callejera en un país con una altísima tasa de pobreza y repleto de guetos sumamente violentos, todos los enfrentamientos se sienten crudamente reales, ayudado por la decisión de incluir la menor cantidad de espectacularidad y acrobacias posibles. A esto hay que sumarle la carencia casi absoluta de música incidental, un recurso que suele tener el efecto inmediato de imbuir de solidez a una película realista. Pero, a pesar del buen nivel de lo ZULU 02anterior, es la historia y cómo es contada, además de una parte importante de los diálogos, lo que desbalancea a “Operación Zulu” y la lleva al terreno de la mediocridad. La gran mayoría de los intercambios entre los personajes caen o dentro de la categoría del diálogo que se ve bien en papel pero que no funciona en la realidad, o ya de frentón en frases confusas que dicen menos de lo que parecen. Ni siquiera la convicción de los protagonistas al decirlos sirve para salvarlos.

Con este problema de diálogos, resulta lógico que el muy enrevesado trasfondo de la película nunca llegue a entenderse. Como chef que no conoce bien la receta, el director Jérôme Salle trata de incluir todos los sabores fuertes que pueda para que su producto resalte. Hay un subtexto étnico, otro de relaciones padre-hijo separados, uno relacionado con el apartheid, e incluso uno de violencia de pandillas rivales, y ninguno es desarrollado a cabalidad, ni tampoco logran en ningún momento hacer sentido. Todos terminan siendo fácilmente identificables, pero como no van acompañados de una reflexión de peso o alguna novedad, terminan por cuajar como nada más que justificativos para que la historia siga hacia adelante.

Eso sí, hay que darle el mérito a la cinta de que, por mucho que no logre hacer nada con los temas importantes que pone sobre la mesa, al menos los comprende. No es poco frecuente que las obras que tratan de trabajar con problemáticas como el racismo o los conflictos étnicos terminen ZULU 03disparándose en el pie. Cuando esto ocurre, suele ser porque la representación del grupo discriminado o en peligro es basada en estereotipos llenos de prejuicios, que terminan resultando ofensivos de entrada. En “Operación Zulu” conflictos tan complejos como el apartheid o los enfrentamientos entre los grupos étnicos originarios de Sudáfrica, son tratados como elementos conflictivos, pero pertenecientes a un contexto específico desde el que debe ser necesariamente analizado.

Aunque finalmente no termine por lograr mucho de lo que se propone, “Operación Zulu” sí cuenta con varias escenas emocionantes y bien filmadas, por lo que no está totalmente carente de mérito. Sirve para matar un poco de tiempo, pero nada más. Peculiarmente, la película termina por caer en la misma trampa que intenta evitar con tanto ahínco: al tratar demasiado por ser profunda, se vuelve vacía.

Por Lucas Rodríguez

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Artículos Cine

Star Wars y el auge de los efectos visuales

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Star Wars

Desde prácticamente siempre, ha existido un odio irracional hacia las precuelas de Star Wars, aquella trilogía de películas que estrenada entre 1999 y 2005 que prometía conectar todos los hilos en torno a la historia que George Lucas iniciara en 1977. Amparado bajo una segunda explosión de popularidad de la saga, el director comenzó a principios de la década del 90 lo que sería la concepción de una idea que ya tenía cuando trabajaba “El Imperio Contraataca”, y que, según sus propias declaraciones en múltiples ocasiones, no le era posible filmar debido a las limitancias tecnológicas propias de la época. Así, el desarrollo del CGI hizo que Lucas pudiera adentrarse en la realización de una nueva trilogía, donde, más allá de su cuestionado argumento e innecesaria creación de fallas argumentales para la saga original, terminó por transformarse en una revolución gracias al elemento que fue más destacado por la crítica: los efectos especiales.

Fue en 1997 cuando comenzó el rodaje de “La Amenaza Fantasma” (1999) y, aunque se mantuvieron algunos elementos como la marioneta de Yoda y una utilización de escenarios reales con un cuidado diseño de producción, la transición se fue desarrollando de manera natural a lo que terminaría siendo “El Ataque de los Clones” (2002) y “La Venganza de los Sith” (2005), donde el uso de fondo verde fue más prominente que en ocasiones anteriores. Como dato curioso, y para reforzar la idea de que la animación digital fue el elemento principal de estas cintas, es sabido que no se construyó ni una sola armadura de trooper durante las tres películas, con dichos modelos siendo todos creados por computadora. A pesar de que el uso de CGI ya se había presenciado en otras películas previas –probablemente “Jurassic Park” (1993) siendo el caso más reconocido–, su utilización dentro de la producción de Star Wars significó todo un precedente, gracias a un innovador software donde se crearían los efectos visuales, al punto de que en la primera cinta existe una sola secuencia que no contiene efectos digitales.

A veinte años de su estreno, los efectos visuales en el cine son cosa de cada día, con prácticamente la totalidad de las cintas más taquilleras utilizándolo en su mayoría, lo que en un espectro más crítico ha terminado por omitir en el espectador el deseo de intentar diferenciar qué es real y qué no al momento de mirar una película. Asimismo, los directores actualmente pueden gozar de la misma libertad que Lucas describió a la hora de realizar las precuelas, pudiendo crear un guion a su antojo sin preocuparse de restricciones en torno a la producción, el desarrollo de personajes y, sobre todo, la creación de mundos y criaturas tan fantásticas como se ha caracterizado la saga desde sus orígenes. Todo lo anterior permitió también una reducción en los tiempos de rodaje, comenzándose a producir blockbusters en masa gracias a la implementación de la fotografía digital, y el uso de cámaras digitales que permiten grabar sin la necesidad de revelar el celuloide, pudiendo así montar y modificar escenas de una manera mucho más rápida.

Ya con la trilogía original Lucas había innovado en una serie de técnicas cinematográficas que eran prácticamente desconocidas para la época, pero todo ese trabajo fue opacado en cierta forma gracias al abrumador éxito que la saga tuvo más allá de la pantalla, transformándose en un icono de la cultura pop gracias a la explosiva venta de juguetes y una creciente popularidad que nunca decayó en el período de 1977 a 1983. Y es así como las tecnologías fueron evolucionando en pos de una saga que desde sus orígenes buscó una forma de deslumbrar y crear experiencias nunca vistas, algo que sin duda se logró con todos los contratiempos que pueda significar. Pasar de un aproximado de 365 tomas con efectos visuales en la primera cinta de 1977 a las más de 2200 que tiene la última de la era Lucas en 2005, habla de una necesidad de incorporar la tecnología con el fin de contar historias, derribando límites y permitiendo que la creatividad e imaginación de los realizadores pueda verse reflejada en la gran pantalla.

Hoy en día, con una nueva trilogía que llegará a su fin este 19 de diciembre, se puede ver como las técnicas de las otras seis entregas se van complementando para darle un romanticismo a la producción, omitiendo de plano un uso totalmente digital para seguir incluyendo animatronics, marionetas, maquillaje y otras técnicas de producción. Sin embargo, es imposible no reconocer el trabajo e influencia de George Lucas en el desarrollo del cine de fantasía como lo conocemos hoy en día y, más allá de cualquier falencia narrativa que haya cometido en sus cuestionadas precuelas, el cine y la tecnología comenzaron una relación que ha beneficiado tanto lucrativa como creativamente a la industria.

  • Star Wars: El Ascenso de Skywalker” se estrena el próximo 19 de diciembre. Preventa AQUÍ.

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