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Ocho Apellidos Vascos

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Cualquier especie de adaptación de “Romeo y Julieta”, por más vaga y desfigurada que sea, asegura un poco de expectación. No debe existir premisa más atrayente: hijos de bandos distintos que se enamoran. Con aquella base lista, hay una interminable libertad de hilar posibles contextos que diferencien la nueva versión, muchos de ellos buscando la manera de zafar del infame término. En el caso que nos convoca, se escogió la vieja hostilidad entre dos pueblos de España, lo que podrá OCHO APELLIDOS VASCOS 01resultar de lo más jocoso ahí, pero que afuera de sus latitudes sabe un poco a nada.

Tras romper con su prometido, Amaia (Clara Lago) es llevada a Sevilla por sus amigas para pasar las penas. Ahí conoce a Rafael (Dani Rovira), con quien tiene un breve encuentro amoroso que dará para un tremendo malentendido, cuando el padre de Amaia siga esperanzado de que su hija se casará y ella deba obligar a Rafael a hacerse pasar por su novio vasco.

Lúdica en términos globales, pero no particularmente graciosa. De ritmo ágil, pero tal vez demasiado, porque acaba dejando agujeros en medio del relato que uno debe rellenar por defecto. Comedia de enredos genérica que descansa en antiquísimos clichés y que, por tanto, no le otorgan ningún asomo de distintivo propio ni alguna lectura inteligente bajo las aguas, “Ocho Apellidos Vascos” es el vivo ejemplo de que la globalización no siempre garantiza un beneficio. Su gracia está gestada en la familiaridad del espectador  con el conflicto que aborda, suposición que se derrumba cuando el público de turno vive más allá de sus fronteras. Repleta de referencias a la enemistad entre andaluces y vascos que demandan tanto conocimiento como interés por el asunto, resulta muy difícil para el extranjero disfrutar de la trama del todo, principalmente porque esta gira en torno a la misma problemática.

OCHO APELLIDOS VASCOS 02La bandera publicitaria ya debiese alertar: “la comedia española más vista”. Suele ocurrir que cuando una producción, sobre todo de ese género, arrasa en su lugar de origen, es porque de forma más o menos explícita apela a la identidad de su cultura, y ni siquiera en cuanto a la temática necesariamente, sino en el manejo de sus dichos, guiños a su idiosincrasia y detalles de esa naturaleza que despiertan la carcajada del asistente al cine al reconocerse él y a su entorno en la pantalla. Pasa algo semejante con “Qu’est-ce Qu’on A Fait Au Bon Deau?” (2014), que llegó avalada por su triunfo en la taquilla europea, y no es de extrañarse si su conflicto se agarra de un tópico contingente en aquellas tierras, como es la inmigración y la aceptación del europeo, de que cada vez el continente se torna más cosmopolita, pero se ve en Chile y no es más que una comedia de situaciones promedio.

Excluyendo a la chica (que pasa todo el metraje de ceño fruncido y tratando mal a su novio falso, aunque el hombre le esté haciendo un favor gigante), lo que la salva es el carácter de sus personajes OCHO APELLIDOS VASCOS 03protagónicos, que despiertan simpatía y están bien caracterizados. Poseen encanto a pesar de estar estereotipados –el torpe sujeto embobado por la mujer, el padre cabeza dura y la juguetona señora madura-, sobresaliendo la actuación de Rovira: es divertido, tiene presencia y se roba gran parte de la película. En una historia pobre de sustancia, textos flojos, de alcance limitado y con un final que se augura desde los créditos iniciales, son ellos los que invitan a no pararse del asiento.

Más allá de su dilema de exportación, falla en hacerse cargo de la temática, desperdiciando la tribuna para haber contribuido a lo que es un asunto real en España. Por otro lado, como la trama es tan básica y encima repetida, la mayoría de sus escenas no son más que relleno; excusas para alargar su duración que parecen más bien sketches de un programa de comedia para la televisión. De hecho, el film tiene más potencial como eventual serie tipo “Aquí No Hay Quien Viva” que como pieza cinematográfica, con su humor unidimensional y sus personajes caricaturescos. De tener encanto, lo tiene, mas tampoco explica el inmenso éxito que recaudó. Dependerá de la procedencia del ojo que la mire.

Por María José Álvarez

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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