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Nunca Vas A Estar Solo

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Una ciudad cubierta por la bruma y a medio ralentizar, cerca de estar estancada en el tiempo; en medio de esa urbe, un joven que escapa alegremente de otro en medio de una calle de Santiago, en una dinámica algo infantil. Sin timidez, la música incidental hace su juego y contribuye a dar arranque a la narración, la primera en formato largometraje del músico Álex Anwandter, que en más de una ocasión ha dirigido los videoclips de sus propios sencillos y esta vez pasa a desafíos mayores.

nunca-vas-a-estar-solo-01La historia es la de Pablo (Andrew Bargsted), un joven que anda por los 18 años y se le ve concentrado en ir a una audición, pasar buenos ratos junta a su amiga Mari (Astrid Roldan) y encontrarse ocasionalmente con su vecino-más-que-amigo Félix (Jaime Leiva), mientras debe soportar estoico las ofensas y ataques de un par de tipejos que viven en el barrio. También es la historia de su papá, Juan (Sergio Hernández), un administrador de una fábrica de maniquíes, cuya grisácea existencia quiere ser sacudida por una vecina (Gaby Hernández) que lo busca con insistencia. Las acciones de terceros llevarán a que, para hijo y padre, nada vuelva a ser igual desde ese momento.

Desde la sala de máquinas del director se lleva intempestivamente el mando de la película, y todo lo demás parece estar allá abajo, un poco sometido, un poco insignificante. Lo primero podría ser una perogrullada, algo absolutamente obvio cualquiera sea la cinta, pero en este caso no lo es tanto; no en este filme que cuenta una historia de crueldad, de abandono, de impunidad, de seres apaleados por la historia, de un país donde el horror se esparce de manera rutinaria.

A través de ese relato, Anwandter saca a lucir un paisaje opaco, donde la felicidad yace en pequeños momentos: en las risas con las amistades, en el calor del acto sexual, en el baile sugerente ante el espejo con artistas de hace medio siglo sonando de fondo. Fragmentos de cine donde se palpan sensaciones y una que otra idea valorable que, sin embargo, no van constituyendo un relato impenetrable cuyo potencial escape el efecto fugaz de una cámara ocasionalmente bien puesta y una actuación que da repentinamente en el clavo. No, porque simplemente la escritura de este drama nunca-vas-a-estar-solo-02tiene estándares de finura muy restringidos: un a veces sí y a veces no, que en su dimensión total no da con altas cotas de autenticidad y espesor.

En suma, la película puede estar plagada de buenas intenciones, pero es incapaz de trascender más allá del aquí y ahora. De modo parcial las cosas decantan en ese punto porque, desperfectos y uno que otro acomodo, transforman algo espeluznante y tremendo –como el caso Zamudio– en una historia aleccionadora, ante la que le basta decir estos son los antecedentes, estas son las consecuencias, y qué horror somos. Así de simple, así de estrecho. Avanza en esa dirección la mezquindad con que la cinta pacta con sus personajes, quienes ocupan una función determinada y no hay atisbo de acceder a la complejidad de seres humanos; sólo al impulso de un guion por cuidarse las espaldas. En el mejor de los casos, un par de rasgos asoman en cada uno de ellos, y en el peor, lo que hay es una línea que se reitera sin pudor para instalar una motivación.

Anwandter tiene claro que el cine es representación y proyección de discursos, el problema es qué nivel de entendimiento tiene de esa idea. Lo que sucede con la inclusión de personajes como el de la vecina chismosa y la reiteración de líneas como “dile a la niña que preste el Play” es francamente indescifrable. No se entiende simplemente porque la única utilidad de la inclusión de elementos como esos sería algo demasiado rudimentario e infantil, casi inverosímil de ver en una película que se dice seria en estos tiempos. Pero si así fuese, lo suyo es toscamente reduccionista, digno de un ejercicio que busca establecer una postura para una comprensión universal, sin mínimos, sin obstáculos, y al costo que sea.

nunca-vas-a-estar-solo-03Empobrece las conclusiones el panorama que se moldea una vez acaece el hecho principal, cuando los efectos, las secuelas del dicho suceso, aquel llevado a la pantalla luego de recorrer los titulares de prensa, llegan a ocupar las vigas de la narración. La cinta se queda cortísima de argumentos, con muy poco que proponer, y es una versión realmente pueril de lo que le pasa en un grado moderado en “Aquí No Ha Pasado Nada”. ¿Cómo queda representado el estado mental del magullado personaje del padre? Siguiéndolo por la capital, con un sentido motivo musical, y no mucho más. El resto del tiempo se ocupa en darle espacio a los aprietos económicos y al desarrollo y pormenores de lo laboral. Aquello indiscutiblemente no presenta un vínculo poderoso con lo enseñado en un comienzo, sino que viene a encarnar otro comentario sobre Chile y, en términos argumentales y de trasfondo, termina siendo concluyente respecto a que el filme no es orgánico.

La suma de apuestas de Anwandter responde más bien a una moral de videoclip, donde todo vale, donde la liviandad del discurso pasa colada, donde apuntar en diversas direcciones no es pecado y la dispersión puede ser incluso una jugada bien valorada. No es el caso del cine, y por ello los méritos de su ópera prima cuesta encontrarlos. Quizás todos reposan en algunos instantes (no el final, que es insulso) de la escena de Sergio Hernández con Antonia Zegers en el hospital, en ese momento de contención y complicidad en que queda al desnudo lo humano. Ahí es donde la cinta más se acerca a capturar una esencia de película honesta y urgente, algo que no pilla jamás ni antes ni después.

Por Gonzalo Valdivia

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