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No Se Metan Con Mi Vaca

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Hay historias que pueden ser muy simples, pero que siempre dependerán de las cualidades de cómo son narradas para mostrar su gracia. Y es en esa capacidad de relatar lo cotidiano que “No Se Metan Con Mi Vaca” adquiere su sentido: acá se desarrolla la historia de un tipo común, un anónimo ser humano de un pueblo en África del Norte, que tiene como uno de los principales gustos de su vida cuidar de una vaca con celosa obsesión. La virtud de su director, el argelino Mohamed Hamidi, es hacer de esta travesía una comedia inspiradora y divertida que, sin caer en excesivos efectos moralizantes, pone en discusión valores básicos como la familia, la amistad, la tolerancia y la reivindicación de causas mínimas por las cuales se justifica y convalida la común batalla de cada día.

la-vache-01Para esto el filme nos sitúa en una rural Argelia, donde el protagonista, Fatah (Fatsah Bouyahmed), es un campesino que vive orgulloso de su vaca Jacqueline, a la que no para de mimar y consentir. Es tal la devoción de Fatah, que pareciera querer más al animal que a su mujer y a sus dos hijas. Esta particular e inusual relación de admiración y afecto, alcanza su punto mayor cuando Fatah se entera de que Jacqueline ha sido invitada al Salón de la Agricultura de París. Ahí comienza un viaje a pie lleno de aventuras que, en compañía de otros circunstanciales amigos, les llevan al ojo público de una Francia entre asombrada e incrédula por lo que ven.

El carácter de comedia y de fino humor mientras se desarrolla la travesía de estos inusuales personajes, es una de las principales cualidades de esta película. El humor situacional hace que lo simple del relato adquiera sentido. Guionista y director, de esta manera, dan profundidad a lo que se ve en pantalla y el viaje da la sensación de ir a algún lado y que, en el fondo, tiene un objetivo mayor. “No Se Metan Con Mi Vaca” es principalmente la crónica del viaje de estos dos antihéroes y de cómo la experiencia da nuevas luces a sus existencias: Fatah es cándido y torpe y, por torpe e ingenuo, encantador y querible. Por otro lado, Jacqueline es, como buena vaca, lenta e inexpresiva, pero a la vez sugestiva e enigmática en su encriptada sabiduría; tanto, que siempre parece saber qué es lo que le conviene.

la-vache-02A esos dos personajes de suma el revuelo que causa el viaje en los franceses, que vía medios formales y redes sociales van conociendo y participando de la marcha; así se crea una especie de efecto “Forrest Gump” (1994): por donde pasan los protagonistas, van generando un resultado positivo e iluminador. En esto también hay un leve objetivo político o reivindicativo de la historia hacia el valor de los inmigrantes en Europa y en Francia en particular, pero, más allá de algunos comentarios certeros o ácidos al respecto incrustados en el guión, esto es lo que menos parece funcionar en el contexto de la película.

En general, “No Se Metan Con Mi Vaca” funciona bien en dos de sus dimensiones principales: como comedia hace reír, y bastante, y como historia logra entregar una aventura divertida con personajes encantadores y de entrañable sencillez, enalteciendo lo que a primera vista puede parecer un título que no dice mucho y un guión poco verosímil, pero que en la ejecución y puesta en escena deja resultados convincentes.

Por Gonzalo Fernández

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David Lynch: The Art Life

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David Lynch: The Art Life

A través de su filmografía, y con el reciente regreso de “Twin Peaks”, David Lynch ha demostrado ser uno de los autores más prolíficos y complejos de las últimas décadas. Desde su primer largometraje, “Eraserhead” (1977), que su imaginario significa entrar a mundo de sensaciones donde representaciones visuales de la psiquis se vuelven tangibles. Debido a lo intrincado que podría ser su forma de narrar, experimentar su obra exige conectar con lo sensorial, pues su trabajo busca crear reacciones y evocar emociones. El director de “Blue Velvet” (1986) y “Mulholland Dr.” (2001) ha sido capaz de construir un estilo reconocible gracias las características que su obra comparte, en un estilo vago e incierto, pero envolvente, donde lo inexplicable convive con personajes que se ven atrapados en mundos complejos.

Dirigido en una colaboración entre Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm, el documental “David Lynch: The Art Life” se centra en el trabajo artístico pictórico del cineasta, mientras se va creando un relato autobiográfico de sus primeros años formativos y su acercamiento al arte, sirviendo como puente entre sus inicios en esta disciplina y sus primeras obras cinematográficas.

Las conversaciones de tres años entre los realizadores y el director estadounidense son condensadas en una hora y treinta minutos, en un relato íntimo en la voz del mismo Lynch. El hecho que sea construido como un monólogo produce una atmósfera más natural y cercana con el director, así también adjudicando un punto de vista donde el espectador sólo observa cómo se mezcla su creación artística y su biografía. La voz en off de Lynch se hace omnipresente en un montaje que mezcla al artista trabajando en sus obras plásticas, en su estudio en Los Angeles –a veces acompañado de su pequeña hija, Lula– intercalando material biográfico como fotografías, videos de archivo y sus pinturas.

La autobiografía que acompaña el viaje visual habla de sus inicios, vida familiar, la relación con sus padres y cómo su influencia inevitablemente ayudó a formar su primera relación con al arte, siendo capturado por esta disciplina cuando decide mudarse a Filadelfia, donde pudo estudiarlo de manera profesional. Y es a través de todas estas experiencias e historias acumuladas que se juntan para inspirar gran parte de su trabajo, y cómo en el proceso de absorber, internalizar y plasmar se ha moldeado un imaginario enigmático y surrealista.

Claramente el foco de este registro documental está puesto en sus creaciones plásticas, concebidas a partir de distintos materiales y mezclando técnicas pictóricas que le dan la libertad de crear pequeños universos, en cuadros que perfectamente podrían ser sacados de alguna de sus películas. Por otra parte, los realizadores utilizan estas obras en el montaje no tan sólo como un apoyo visual, sino también para poder crear pequeños episodios visuales que enfatizan los relatos en off, y utilizando los textos que el mismo Lynch incorpora en sus cuadros, se destaca el estado emocional del relato. Por último, el uso de stop motion le agrega un dinamismo a la narración, haciendo de estas obras pequeñas escenas de la vida del artista, donde algunas de ellas contienen personajes que parecen atrapados en distintas realidades.

Este documental termina siendo un estudio del autor en un estado mucho más primitivo, además de una exploración íntima, donde se logra ver el mundo a través de sus ojos y se puede conocer con frescura una etapa de descubrimiento y creación artística. No es un retrato biográfico de principio a fin, tampoco se centra en una obra en particular, sólo es un acercamiento a procesos creativos desde una mirada de total naturalidad y comodidad por parte del cineasta.

Para entender el universo interior de David Lynch, y posteriormente apreciar con mayor profundidad su trabajo, es importante considerar todos los aspectos y los procesos de creación que lo han llevado a posicionar su nombre y ser poseedor de un estilo particular y reconocible. Así, este documental logra dar a conocer ese otro aspecto del cineasta, un lado que tiene relación con su configuración estética. Se vuelve importante conocer y revisar su filmografía, no necesariamente para poder entender este relato –sólo se cita a sus primeros cortometrajes y las primeras etapas de producción de “Eraserhead”–, aunque sí puede servir como complemento para enriquecer este acercamiento diferente y privado.


Título Original: David Lynch: The Art Life

Director: Jon Nguyen

Duración: 88 minutos

Año: 2016

Reparto: David Lynch, Documental

 


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