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No Molestar

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La adaptación de una obra de teatro al guión cinematográfico no es un ejercicio sencillo (sobre todo si no está basada en un clásico Shakesperiano que funcione como enganche seguro para el espectador), sin embargo, mantiene la ventaja de poseer mayores recursos estructurales,  los que debiesen hacer más llevadero el trabajo del guionista en cuanto a establecer una puesta en escena y una consistencia narrativa. Aún más interesante resultaría la adaptación del mismo dramaturgo a un guión UNE HEURE DE TRANQUILLITE 01cinematográfico, tal como hiciera Tennessee Williams en “A Streetcar Named Desire” (1951) o el contemporáneo Charlie Kaufman con “Anomalisa” (2015). Particularmente “No Molestar” (2014) de Patrice Leconte cuenta con un guión adaptado desde el teatro por el dramaturgo Florian Zeller en base a su propia obra homónima. Esta adaptación resulta un ejemplo de una película que tiene todos los recursos para convertirse en un éxito de taquilla, pero que falla en su columna vertebral: el mencionado guión.

Michel Leproux (Christian Clavier), un acomodado dentista de medio siglo de edad, apasionado por la música y aparentemente de todo lo que sólo tenga relación con sus propios intereses, una mañana encuentra en una tienda de vinilos usados un disco invaluable: “Me, Myself And I” de Niel Youart, un exponente del jazz a quien Michel le brinda toda su devoción. Al llegar a su hogar y estar pronto a escuchar el álbum, aparecerá su esposa empeñada en conversar con él de un asunto muy importante. Es así como, a partir de este momento, una seguidilla de enfrentamientos con diferentes personajes, tales como su hijo desempleado, el hostigamiento de un vecino o su amante dispuesta a contar la verdad, le impedirán concretizar su único y gran deseo: una hora de soledad escuchando su disco favorito.

UNE HEURE DE TRANQUILLITE 02Bajo la dirección del experimentado director Patrice Leconte, autor de éxitos como “Monsieur Hire” (1989), “Le Mari De La Coiffeuse” (1990) y “Ridicule” (1996), esta cinta cuenta con excelentes actuaciones, además de una meticulosa puesta en escena y la participación del guionista, dramaturgo y novelista Florian Zeller, quien es muy conocido y premiado en Francia por sus obras. Aun teniendo todos estos recursos a disposición, la película falla en su ejecución; la narración carece de profundidad dramática, lo que resulta fundamental hasta en la comedia más ligera, cometiendo errores ingenuos para la trayectoria del director, presentando un humor facilista y repetitivo que, luego de los primeros veinte minutos, comienza a decaer y quedarse en un limbo, generando la  sensación de que con un poco más de explotación a los recursos utilizados hubiese funcionado.

Una ejemplificación acerca de este recurso a medio explotar se da en el nombre del disco, el cual resulta fundamental: “Me, Myself And I”, un alcance al egoísmo del protagonista y su deseo infatigable por pasar un tiempo consigo mismo. El problema radica en que el personaje finalmente resulta ser el menos egoísta de todos, cediendo ante las problemáticas de los demás e intentando amenizar los conflictos, en un punto que ya no parece ser por sus propios intereses. Lo que se consideraba una lección planificada a propósito por parte de sus creadores, pareciera ser más bien un accidente generado por el poco manejo del guión.

UNE HEURE DE TRANQUILLITE 03La exageración superficial del personaje transforma al mismo en una caricatura imposible de sostener, ya que queda en el medio, donde aún el protagonista es muy humano para convertirse en lo que pretendían que fuese. En otras palabras, el actor queda más grande que el personaje. Otro ejemplo de aquello es la utilización de chistes racistas. Burlándose de toda persona que no es de nacionalidad francesa, recae nuevamente en un límite donde no logra transmitir una crítica hacia la sociedad, sino, simplemente, bordear la vulgaridad.

“No Molestar” plantea una lamentable forma de hacer cine, abarcando más de lo que realmente puede contener. Termina siendo pretensiosa, queriendo exhibirse como una inteligente comedia ligera cuando en realidad es una narración incompleta que logra esconderse detrás de una refinada puesta en escena.

Por Marcela Montiel

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Duna

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Duna

Adaptar la novela “Dune” de Frank Herbert a la pantalla grande, ha sido ambición del séptimo arte desde su publicación en 1965. Conocidos son los casos de Alejandro Jodorowsky con un proyecto que, sin nunca haberse concretado, alcanzó estatus de culto, y el de la cinta de 1984 de David Lynch, fracaso crítico y de taquilla, que a la postre se convertiría en la única mochila con la que uno de los mejores directores del mundo ha debido cargar. De esta forma, la adaptación 2021 de “Duna”, a cargo del connotado Denis Villeneuve, se convertía en el esperado gran evento cinematográfico del último tiempo.

Es el año 10.191 y el emperador Shaddam IV mandata a la Casa de Atreides, regida por el Duque Leto, a trasladarse al desértico planeta Arrakis para encargarse de la explotación de la Melange, una sustancia con propiedades asombrosas. Leto se muda junto a Lady Jessica, su concubina y parte de la Bene Geserit (un grupo de misteriosas mujeres con habilidades mentales), y su hijo Paul, un muchacho que es percibido como una especie de mesías, además de todo su ejército y hombres de confianza, pero apenas llegan al lugar, percibe que, más que un servicio de honor, la movida podría ser una trampa del imperio en colusión con la Casa Harkonnen, regida por el malvado Barón Vladimir, para acabar con los Atreides.

En sus primeros minutos, lo primero que llama la atención de “Duna” es su empleo práctico de las secuencias: a diferencia de la cinta de 1984, e incluso de la misma novela, Villeneuve establece el universo de la historia sin muchos guiños a los aspectos filosóficos y psicológicos de los personajes, más bien va dejando en claro quién es quién y cómo se mueven dentro del tablero para luego, tal como ha hecho con sus películas anteriores, ir soltando pequeñas bombas de información y las motivaciones de cada personaje. Y esto se agradece, pues ese mecanismo le permite a la cinta avanzar sin tropiezos en el ritmo que establece en un principio.

Además del meticuloso guión, que denota un esfuerzo por incorporar todos los frentes de los postulados con los que Herbert nutrió su obra, lo anterior es encarnado por un reparto que está más que a la altura de las circunstancias, moviéndose por todos los extremos, mezclando de manera natural la impronta shakespeariana con las más atrevidas acrobacias físicas. En este sentido, Timothée Chalamet, como protagonista y quien más debe hacer gala de aquel rango dinámico, da el ancho a cabalidad. Por otra parte, destacables son las actuaciones de Charlotte Rampling y Stellan Skarsgård, quienes, con un velo sobre el rostro la primera y grandes capas de maquillaje el segundo, impresionan en sus cortas apariciones, sobre todo la presentación del Barón Harkonnen evocando sin empacho alguno a “Apocalypse Now” de Francis Ford Coppola.

Pero “Duna” también es una historia épica y bélica, donde el diseño de producción, los artilugios y el vestuario cumplen un rol importante, y en este aspecto la cinta deja boquiabierto. Se agradece que Villeneuve en su mayoría opte por efectos prácticos y sólo aplique CGI de manera circunstancial (gran acierto la forma en que es representada la Melange en el aire). Está todo tan bien trabajado, que queda la sensación de que uno como espectador jamás ha visto una puesta en escena como la que plantea el director junto a su equipo creativo y técnico, destacando los diseños de Patrice Vermette (con quien también trabajó en “Arrival” de 2016) y la fotografía del australiano Greig Fraser, últimamente un especialista en escenarios épicos, resaltando de distintas maneras en la ambientación de los planetas, cada uno con sus singularidades lumínicas. Como complemento a la maravilla visual, el diseño de sonido es impecable, y el score de Hans Zimmer, pese a sus pocas sutilezas por momentos, acompaña adecuadamente el relato y tiene un par de melodías que dejan sin aliento al son de sus característicos tambores y la destrucción que se muestra en pantalla.

Así como las virtudes de la película son evidentes, también lo son sus pequeños defectos. Al ser una novela con un abanico tan amplio de tópicos, Villeneuve es consciente de que debe elegir caminos, y en ese accionar va perdiendo los temas o, más bien, el foco va alumbrando discriminadamente a medida que el metraje se acerca a su último acto. Lo anterior genera los pasajes más bajos en cuanto a diálogo, ya que se ve en la obligación de desprender información de forma gruesa a través de los personajes para mantener el equilibrio de los hilos conceptuales, desembocando en un cambio de percepción rítmica. También hay ciertos datos que son omitidos, pero que en la cinta terminan siendo cruciales, casi como dirigidos exclusivamente al lector de la novela. Sin embargo, esto es apenas un lunar dentro del gran marco que la película propone, y bajo ningún sentido le resta mérito a todo lo visionado antes de los créditos finales.

“Duna” es un espectáculo narrativo y visual que le hace justicia a la gran obra de Herbert, donde la política, la religión, la ecología y el romance de la novela (este último sólo oníricamente) son tratados respetuosamente por Villeneuve, pese a las libertades creativas que se toma, donde los más puristas podrían poner el grito en el cielo. Si Jodorowsky representó el anhelo y Lynch el ensayo, Denis Villeneuve encarna el sueño cumplido, aunque sea de aquellos en que uno despierta a la mitad y se esfuerza por volver a dormir y retomarlo, simbolizando una segunda parte y final que, como ya es sabido, lamentablemente está supeditada a su resultado en la taquilla.


Título Original: Dune

Director: Denis Villeneuve

Duración: 155 minutos

Año: 2021

Reparto: Timothée Chalamet, Rebecca Ferguson, Oscar Isaac, Josh Brolin, Jason Momoa, Stellan Skarsgård, Zendaya, Javier Bardem, Sharon Duncan-Brewster, Charlotte Rampling, Chang Chen, Stephen Henderson, Dave Bautista


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