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Nada Que Perder Nada Que Perder

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Nada Que Perder

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Podríamos decir que Texas es el corazón del Estados Unidos más conservador. Uno donde los hombres portan armas a la luz de la del día, y donde los pozos de petróleo y los hombres vestidos de vaquero son parte del paisaje. Un lugar demasiado tradicional para algunos (muy seguro, dirán otros) y que el cine ha aprovechado tanto como escenario para películas de terror, así como para clásicos western, donde abundan historias de blancos contra indios o policías atrapando ladrones, y cuyo clímax suele extenderse en el encuentro de dos enemigos que se baten por alzar las pistolas primero. Un panorama que sabe un poco añejo, pero que “Nada Que Perder” articula con consciencia, sagacidad, donde una vieja estructura se desarrolla y tensiona con una perspectiva actual y social.

Toby (Chris Pine), un padre que desea asegurar el futuro de sus hijos, y Tannen Howard (Ben Foster), un impulsivo ladrón que hace poco ha salido de la cárcel, son dos hermanos tejanos que deciden asaltar el banco que le está cobrando la hipoteca de su granja para pagar sus deudas. Ambos atracarán por varias sucursales de Texas, mientras dos policías, siguen sus pasos para detener un próximo asalto.

Al igual que cualquier película de policías y ladrones, “Nada Que Perder” es la historia de la persecución y el intento de dos delincuentes por no ser atrapados. Algo que podría sonar conocido hasta el hartazgo, pero que su director, David Mckenzie, y su guionista Taylor Sheridan han urdido con sencillez, inteligencia, humor y una cierta impronta social.

Como sostenida en el aforismo “menos es más”, esta película ha optado por la simpleza del relato, que a su vez evidencia lo mucho –y bien– que ha sido pensado. La fórmula del asalto de los hermanos Howard es el clásico modus operandi y la investigación de los policías sigue el conducto regular, pero su curso y sus diálogos son diseñados con una agudeza que se refleja a lo largo del guion. Este, además, ha sido cimentado en una brillante construcción de personajes, donde posiblemente sus dos mejores caracteres sean Marcus y Tannen, ambos ejemplar y brillantemente personificados por Jeff Bridges y Ben Foster, respectivamente. En ellos se revela su luz y sombra, pero sobre todo su humor y singularidad. Mientras Tannen es un impulsivo ladrón adicto a la acción y cuyo proceder raya en lo absurdo, Marcus es un policía ad portas de la jubilación, con un humor negro que raya en lo racista, pero coherente con su personalidad y al que Bridges ha dotado de una gestualidad única. A ellos se suma un solemne Chris Pine y un Bill Cunninghan demasiado paciente con su jefe, más una larga tropa de enérgicos secundarios con momentos dignos de recordar.

“Nada Que Perder”, aun en estos lados, donde la realidad tejana parece estar basada más en mitos que en verdades, nos ofrece una historia de pueblos chicos e infiernos grandes. La acción de robar, sin observarse de modo condescendiente, expone cómo las deudas abruman tanto a los protagonistas como al resto de su pueblo, así como el poder de un banco no se evidencia sólo en la cantidad de dinero que es extraída de ellos, sino en cómo gobiernan y ganan en más de una forma. La película de Mckenzie es más que una historia de cacería de ladrones: es una reflexión sobre la realidad del sur estadounidense, que también se expresa de modo sencillo y realista. Mediante frases que aparecen como chispazos, los personajes dan cuenta de la dureza en la que se mueven, mientras intentan seguir resolviendo sus propios problemas.

La dirección artística y la estética es consecuente con el relato: simple, pero poderosa. La luz y el color son aprovechados en su discreción y limpieza. Sucede lo mismo con los planos y la música, donde los primeros son claros, simétricos y bien armados, lo que permite sacar más provecho a los diálogos; y donde la segunda es usada con justicia. Si bien, se ha publicitado cuantiosamente la participación musical de Nick Cave y Warren Ellis, a lo largo de la cinta su presencia es más bien reducida, pero aplicada con astucia y siguiendo la lógica de la cinta.

Elocuente y coherente en su ejecución, “Nada Que Perder” es una historia sencilla y orgánica, mediante la que podemos conocer con mayor densidad la realidad del Estados Unidos sureño y granjero, uno que a veces conocemos de modo superficial y hasta caricaturesco, sin embargo, lo hace a través del sentido del humor, diálogos disruptivos y un trabajado guion. Un western sobre ruedas que, más que un intento por reavivar un tipo de cintas, ha reutilizado sus recursos para contar una nueva vieja historia.


Título Original: Hell Or High Water

Director: David Mackenzie

Duración: 102 minutos

Año: 2016

Reparto: Jeff Bridges, Chris Pine, Ben Foster, Gil Birmingham, Katy Mixon, Dale Dickey, Kevin Rankin, Melanie Papalia, Lora Martinez-Cunningham, Amber Midthunder, Dylan Kenin


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Cine

Deadpool 2

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Deadpool 2

Brazos, cabezas y sesos volando a través de la pantalla. Humor negro, descarnado, absurdo y completamente hilarante. Una cuarta pared hecha añicos y un interlocutor tierno y demente por partes iguales. “Deadpool” (2016) nos introdujo a uno de los más exóticos antihéroes de nuestro tiempo y, junto con él, todo un nuevo y desconocido límite para el género de las películas de superhéroes, en el que la acción y las bromas políticamente incorrectas son el motif al servicio de la historia, y no viceversa.

Terreno fértil para una sátira jocosa y llena de referencias pop, “Deadpool 2” rompe sus propias barreras para contar una historia que continúa tras la anterior, que, si bien no propone nada nuevo en cuanto a relato dramático se refiere, sí ambiciona con dos horas cargadas de la más pura esencia del sarcasmo balístico del mercenario “bocazas”.

Tras la aparición de un neófito mutante, Russell (Julian Dennison), Wade Wilson (Ryan Reynolds) es convencido de unirse a los X-Men para intentar ayudarlo. Pero la llegada de Cable (Josh Brolin), un mutante del futuro dispuesto a matar al adolescente, hará que Deadpool arme su propio team de héroes para detener la amenaza: la X-Force.

Muy, muy pocos temas actuales se salvan del sarcasmo mordaz que esta secuela nos entrega, como un espectáculo que toma elementos de su propia ficción y de nuestra realidad para usarlas a su favor: las últimas cintas de Marvel y Fox, además de personajes de su universo; temas de la agenda contingente; chistes sobre los actores principales y referencias por doquier para nutrirse de un atiborrado mundo de la cultura pop referenciable, lenguaje que la audiencia objetiva maneja y comprende a cabalidad. Como es de esperar, no hay límites en cuanto a las bromas, aunque nuevamente la proeza está en que funcionan como tal sin transformarse en ofensas que puedan pasar a un mayor nivel.

Ahora bajo la dirección de David Leitch, experimentado stuntmant, también director de escenas de acción y quien recientemente encabezó la producción “Atomic Blonde” (2017), el relato se desarrolla sin pausas y a toda máquina, dejando ciertos momentos para desviarse hacia escenas algo más dramáticas, que permiten que la aventura siga su camino. Sabiendo que su fórmula funciona, predica y practica su ‘religión’ de comedia saturada e ingeniosa donde más sabe utilizarla, sin salir de esa zona de confort tan característica como efectiva, de la cual lo único esperable es lo inesperado.

Compararla con su predecesora no es justo, ya que la primera funciona mejor como un experimento introductorio desde el cual fue posible tantear el terreno para presentar al personaje y probar el estilo de comedia. Hoy, con altísimos excesos e insaciable de referencias, esta entrega ofrece mucho más que un rato divertidísimo –sin exagerar, estamos frente a la cinta poseedora de la mejor escena post créditos del cine del género–, pero menos que una historia narrativamente ejecutada (aunque con gran futuro) o personajes realmente memorables.

Porque la excusa del team X-Force si bien genera expectación, su finalidad es menos honrosa en un principio, teoría que probaremos si es que una tercera película es confirmada. De la misma forma, hay varios dispositivos bastante cuestionables en la trama, los cuales, aunque no molestarán sustancialmente al espectador, sí dejan entrever un cierto descuido a nivel de guion en beneficio del efectismo. Pero claro, en una cinta que hasta se ríe de sus propios escritores, cabe preguntarse: ¿realmente importa?

Con grandes áreas para la mejora en cuanto a efectos y CGI de personajes respecta –pues sigue presentando problemas al igual que su antecesora, algo que es posible notar especialmente en Coloso– y algunos arcos narrativos planos, no hay nada que su humor salvaje multi-objetivo, referencias y estilo marcado por el metarrelato marketero en redes sociales, gobernado por Ryan Reynolds, puedan sopesar. Con cameos a otro nivel, esta nueva e inapropiada entrega es un mini universo inimitable e inagotable, que a su vez trabaja con todos sus vecinos de forma hilarante, creando una fiesta de sangre y humor negro a la que todos estamos invitados, y cuyo plato principal es el mercenario regalón que, pese a todo, adoramos ver en pantalla.


Título Original: Deadpool 2

Director: David Leitch

Duración: 119 minutos

Año: 2018

Reparto: Ryan Reynolds, Zazie Beetz, Josh Brolin, Morena Baccarin, T.J. Miller, Karan Soni, Brianna Hildebrand, Leslie Uggams, Jack Kesy, Julian Dennison, Eddie Marsan, Lewis Tan, Bill Skarsgård, Rob Delaney, Terry Crews


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