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Minions

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En el mundo de las cintas de animación gringas de los últimos años, un buen puñado de secundarios ha germinado para brillar con destellos propios, desplazando muchas veces a la historia y protagonistas que inicialmente debían escoltar. Así es cómo –en un fenómeno que mezcla la amplia convocatoria que gozaron esos títulos y las peculiaridades de los personajes mismos- creaciones destinadas a cumplir la función de mero acompañamiento, como Toothless (Chimuelo), los pingüinos de Madagascar o el Gato con Botas, ya están incrustadas en la cultura popular. De ese ramillete, tal vez los más populares y transversales sean los Minions, esas adorables e hilarantes criaturas amarillas con forma de banana que conocimos en “Despicable Me” (2010) trabajando al servicio del villano Gru, como una especie de tierno ejército que más contribuía al caos que a facilitar los planes de su amo. MINIONS 01Su arrastre no hizo más que subir con “Despicable Me 2” (2013), filme que, pese a que era menos fresco que el original, se encumbró como la tercera cinta más taquillera de ese año. Perfecta conexión y precisa sincronía con el público, algo que no dejó de aprovechar el estudio Illumination Entertainment: exactos dos años después de esa irregular secuela, está en los cines la película que tiene a los pequeños e imprudentes amarillos como los exclusivos protagonistas de la función.

Desde incluso antes del origen de la humanidad, los Minions han tenido el propósito de servir al mayor villano del mundo,como real motor de sobrevivencia. Después de quedarse definitivamente sin amos, deciden recluirse en el ártico durante décadas, hasta que en 1968, desanimados por la ausencia de una figura a quien seguir, deciden salir a buscar a un nuevo malvado. De eso se encargarán Kevin, Stuart y Bob, quienes tras una serie de giros terminan trabajando con Scarlet Overkill, la primera mujer en ser la mayor villana del orbe. Guiada por su ambición, les encomienda nada menos que traerle la corona de la reina Isabel de Inglaterra.

MINIONS 02El tránsito de la maldad a la bondad, asociado a la formación de una familia por parte de Gru, marcó el puente entre “Despicable Me” y su secuela. Pero también sirve para explicar la caída en las dosis de diversión de la segunda respecto a la original. Si sobre la primera descansaba una conservadora (aunque bien trabajada) idea, la segunda transformaba al instante eso en su corazón, ingresando en una zona de letargo y excesiva cautela, que proviene de la absoluta falta de ambición y el accionar del piloto automático. Con “Minions”, la noticia saludable es que se reconquistan las cotas de goce de la cinta de 2010, fruto de, sobre todo, una asombrosa y muy bienvenida inyección de frenesí  en el tejido de la historia. En 90 minutos de película, la dupla conformada por Pierre Coffin y Kyle Balda (que releva a Chris Renaud en la dirección) mantiene arriba la entretención: apenas da tregua, mantiene el ojo inquieto y multiplica las risas.

El triunfo que es la cinta nace de aciertos en varias direcciones, pero seguramente el principal es que toma como energía propia e ímpetu narrativo la inquieta personalidad de sus protagonistas. Se anuncia como película de los Minions y la cinta no emplea fraude en esa promesa, y arriba a tiempo con ese ofrecimiento de la mano de un guión simple pero llenos de detalles valiosos, que dosifica, equilibra y exprime sus recursos con una destreza que se ve rara vez en las producciones gigantescas que Hollywood pone en cartelera cada dos o tres semanas.

MINIONS 03Aunque la popularidad de los Minions está por los cielos, este título invita a pensar que la ternura y risas que habían provocado hasta ahora sólo era una pizca de todo el provecho que se les podía sacar. La cinta explota todo su potencial, les exprime hasta su última reserva, conservando por otro lado la sensatez de centrar la historia en sólo tres de ellos, justamente los que más destacaban en las “Despicable Me”. Kevin, Stuart y Bob son introducidos para guiar una historia en que, ya sea golpeándose unos a otros, haciendo diabluras, intentando hablar en español, francés o inglés, ellos son los amos de la función. Sin embargo –y aquí asoma parte de la brillantez del guión-, se cuida de no caer en el agobio, adornando el cuadro con personajes hechos a la medida de sus protagonistas y un modo de contar la historia que casi no brinda pausas. Otorgándoles un rol preciso y funcional, los humanos que emergen en la trama no son de papel cuché, pero tampoco amenazan con quitarle protagonismo a las criaturas amarillas, ni ralentizar el vehemente avanzar de la cinta.

El contexto en el que se sitúa la porción más importante de la película también viene a jugar un rol fundamental. Audazmente, el reinado de Inglaterra y la cultura que durante fines de los 60 predominaba en la isla, sirven de foco de risa del filme, dando pie para que emerja de manera certera el ojo para el detalle, para ese pequeño agregado que bien explotado puede elevar el conjunto, y que acá implica delirio puro (el coctel trae a The Doors y The Kinks como parte del soundtrack). El desenfado se apodera de la pantalla a tal nivel, que permite que personajes mueran dentro del cuadro y nadie se escandalice. Es que, como hace rato no pasaba, la locura y el desenfreno se apoderan de una cinta de niños. Lejos de proyectarse en el camino de la ternura o la reflexión, MINIONS 04como se intentó con escasa suerte en las películas de Gru y sus tres hijas, “Minions” se pone con seguridad la camiseta del cine de animación más afilado, ese que tiene su padre en “Shrek” (2001), un sobresaliente e irreverente heredero en “The Lego Movie” (2014) y un reciente representante en “Penguins Of Madagascar” (2014). Si bien la cinta adopta una postura moderada en ese grupete de títulos animados, sin duda es hermana de todas esas producciones, más incluso que de las dos “Despicable Me”.

Entregada a la diversión pura, la película no encuentra obstáculos en su frenética carrera, ubicándose, con escasas pretensiones, por sobre el par de filmes del que proviene. Cierto es que no es mucho con lo que cuenta, pero todo lo que tiene a disposición lo pone en marcha con una habilidad que roza la genialidad. Es evidente que los Minions ya son queridos y esta cinta sólo hará que su popularidad se dispare. La buena noticia es que será fruto de una película más que disfrutable, que con desenfado y astucia hace vibrar al menos por una hora y media. Otra cosa es qué tanto perdura en la memoria.

Por Gonzalo Valdivia

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Minari

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“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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