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Matar A Un Hombre

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El sur de Chile como refugio de una familia que se sostiene a duras penas y de un matrimonio que siente gradualmente el dolor del desgaste. Todos encapsulados en un cine de mirada sutil, sensible, precisa. Un cine que no necesita discursear para hablar de política. Un cine que no necesita contener un mensaje explícito para referirse a la sociedad. Un cine que no necesita remarcar su perspicacia para dejar una profunda huella. Uno que los presenta más como personas que como personajes. Contundente e indispensable, la obra de Alejandro Fernández Almendras ensancha sus dimensiones con su tercer componente.

MATAR A UN HOMBRE 01La historia sigue a Jorge (Daniel Candia), un apacible hombre que mantiene a su esposa y dos hijos con su trabajo como cuidador de una reserva natural. Una fatal noche, luego de llegar de una jornada laboral, es asaltado por un grupo de delincuentes de su población liderados por el Kalule (Daniel Antivilo). Su hijo (Ariel Mateluna) se decide a recuperar sus pertenencias, pero en ese intento resulta gravemente herido. Pasan dos años y el Kalule obtiene su libertad, regresando el calvario a la vida de esta familia. El hombre los acosará cada vez con mayor violencia, por lo que buscarán protección en el sistema legal, pero no encontrarán más que una muralla de burocracia. En medio de esta condición de completa vulnerabilidad, Jorge se lanzará a tomar una crucial decisión.

Impunidad y culpa se cruzan en esta historia basada en hechos reales, que le permite a su director, a diferencia de “Huacho” (2009) y “Sentados Frente al Fuego” (2011), explotar su capacidad para narrar y sintetizar una gran cantidad de información que escapan a las posibilidades del plano. Fernández Almendras tiene una historia en que a todos niveles hay muchas más cosas que explicar, y lo que hace es adaptar brillantemente sus pautas de cine más reposado a lo que tiene entre manos. Para todos los propósitos, mantiene intacta su lucidez dada por la exploración que realiza; observa, contempla, analiza, sin un leve tono de superioridad moral o altanería. El director retrata a su protagonista –un tipo descaminado, empujado por las circunstancias, que no sabe muy bien qué diablos está haciendo- siempre con una proximidad certera: no dispuesto desde una perspectiva de calidez, sino que desde la posición de un cineasta conmocionado y decidido a no decantarse por respuestas simples.

MATAR A UN HOMBRE 02Quizá lo más notable de la cinta es que, pese a todo lo anteriormente dicho, priman las sensaciones antes que los hechos. “Matar A Un Hombre” es una película que no opera desde la lógica o el raciocinio, sino que desde una óptica emocional, desgarradora, visceral. Apartada de todo cálculo u operación preliminar, lo que transmite es que fue hecha con el corazón en la mano. De ahí que los alcances de la obra no estén concebidos desde una vereda ética o moral. Su propósito mayor está en convertirse en un viaje mucho más profundo y atípico, que desentrañe los abismos del ser humano. Y en esa búsqueda es que se zambulle en territorios de penumbra, lo que no  hace más que corroborarse cuando se acontece el punto más álgido del relato.

Por su intención de explorar los procesos internos de un protagonista abatido, podría haberse inclinado por una cámara que no le diera tregua, como hiciera hace no tanto “Carne de Perro” (2013). En cambio, su apuesta va por mezclar planos amplios y otros más cerrados, alejándose de la corriente más dardenniana. Se afinca a una distancia justa –dada por la puesta en escena- para que el personaje no sea observado como ratón de laboratorio, ni tampoco para que la implicación con él sea forzosa.

MATAR A UN HOMBRE 03La suntuosa dirección de fotografía de Inti Briones, por esa razón y por la preponderancia del entorno, resulta vital en la película. Por su parte, la música, prácticamente inédita en el cine del director, también es trascendental en la construcción de la cinta. Ya sea con composiciones que pareciera que van a consumir la pantalla o tenues sonidos que sólo sirven para hacer transiciones, la banda sonora guía un relato de permanente y abrumadora tensión.

La de “Matar A Un Hombre” es otra de esas tantas historias que en la prensa son tratadas con sensacionalismo y destacadas por la rareza que las envuelve, pero acá sirve como base de un drama excelso, superior, avasallador. Eso no se debe a otro motivo más que detrás está un autor que maneja con delicadeza y minuciosidad un abanico interminable de dispositivos narrativos y audiovisuales, partiendo por siempre tener el cuidado de conferirles dignidad a personajes usualmente relegados a la compasión. En sus historias situadas en pueblos del sur de Chile –unas más reveladoras y grandes que otras- se deja ver lo más íntimo del ser humano, sus transformaciones internas, sus dudas, sus miedos y sus culpas.

Por Gonzalo Valdivia

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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