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Mátalos Suavemente

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Las películas son pequeños universos de sentido, donde cada elemento es puesto en funcionamiento para entregar un mensaje, de acuerdo a los intereses expresivos del autor. En un primer instante, la cinta debe funcionar en su interior, ser una unidad coherente donde nada sobre ni falte para entender el mensaje. Sin embargo, el cine no sólo habla de sí mismo, habiendo casos en donde las ficciones de un relato escapan a la pantalla y se instalan como verdades incómodas dentro del discurso social. El problema surge, en este caso, cuando se le entrega demasiada significación a elementos inocentes en un texto, o cuando otras aristas, ricas en dobles lecturas, se dejan de lado por simple desidia o pereza mental.

¿A qué viene este alegato a favor del cine como herramienta para entregar un discurso social, político o cultural? Porque, más allá de valoraciones más cerradas (bueno/malo, aburrido/entretenido), -casi- todo el cine es capaz de entregar mensajes, sólo deben existir quienes sean capaces o quieran o se atrevan a realizar estas lecturas. Tal como sucede con “Mátalos Suavemente”, tercer largometraje de Andrew Dominik (“Chooper”, “The Assasination Of Jesse James By The Coward Robert Ford”), donde se desliza una incómoda similitud entre la dinámica económica de un país y de la Mafia, extrapolando una sutil crítica política y social.

Johnny Amato (Vincent Curatola), dueño de una lavandería, convence a Frankie (Scott McNairy) y Russell (Ben Mendelsohn), dos ladrones de poca monta, para que roben una casa de juegos clandestina manejada por la mafia local. Los dos ingenuos se tientan por el plan que Johnny tiene para inculpar al gerente del establecimiento, Markie Trattman (Ray Liotta), quien ya estuvo involucrado en un asalto parecido. Luego de acontecido el hecho, y para salvar la economía criminal de la ciudad, la mafia contrata a Jackie (Brad Pitt), un asesino a sueldo, para que restablezca el orden y haga pagar a los responsables.

Más allá del guión, una historia bastante clásica sobre los negocios del crimen organizado, uno de los puntos fuertes de esta cinta está en el paralelo que se realiza entre la crisis de la economía mafiosa y la de Estados Unidos. El tiempo absoluto del relato está fijado en 2008, justo cuando el país del norte vivía la recesión más profunda desde 1929, y se sucedían las campañas de Obama y McCain a la presidencia. En una especie de extraña música incidental, los discursos de Obama, McCain y del presidente de ese momento, George W. Bush, decoran las escenas centrales del relato, como por ejemplo el robo a la casa de juegos.

Como recurso expresivo, la sola inclusión de estas palabras a manera de escenografía sonora obliga a aterrizar los hechos relatados, que son pura ficción, pero terminan pareciéndose demasiado a la “realidad”. Es aquí donde la película termina por incomodar, en lo que podría considerarse como una “economía de la violencia”, aquel grado de agresión propia de los sistemas capitalistas, que son capaces de absorber sus propias irregularidades, restableciendo el orden a través de Jackie, un administrador de esa violencia. Es el personaje interpretado por Brad Pitt quien se lleva el peso de la propuesta discursiva de la cinta, al ejecutar los mandatos de la mafia, siempre intentando ser lo más KILLING THEM SOFTLY 04“económico” posible respecto a los castigos que debe perpetrar. La complejidad, y riqueza final de su actuación radica en la humanidad que supuestamente trasunta, lo que no es más que un minucioso cálculo de las posibilidades de sí mismo, de la realidad económica y política donde está inserto; y finalmente de cómo esta mecánica está englobada en el mismo film.

“Mátalos Suavemente”, ya en el final, se vuelve consciente de sus posibilidades, redondeando toda la crítica esbozada de forma paralela anteriormente. Porque sólo los ingenuos -o los idiotas- creen que la realidad económica de una sociedad está desligada de su aparato político, donde algunos dicen gobernarnos sin un interés creado en las riquezas que se generan para unos pocos. De ellos no puede venir el cambio, así que lo único que queda es hacer el trabajo y cobrar.

Por Juan Pablo Bravo

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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