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Mala Junta

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El simple hecho de abordar un tópico distinto -léase poco tratado- en cualquier obra de arte, ya equivale a un plus. Encumbra un peldaño más arriba de inmediato; como quien se pasea por una feria y, entre decenas de puestos similares, se asomara el que se atreve a ofrecer un producto diferente. Diferente y contemporáneo, desde luego. Dentro del panorama fílmico nacional, para cualquier autor inquieto, esto resulta una necesidad. Como “Ulises” (2011) que habla del inmigrante, o la reciente “Una Mujer Fantástica” (2016) que presenta una mujer transgénero, el cine chileno ha entendido la importancia de la representación como herramienta validante para el invisible.

Tras cometer un asalto fallido, el problemático adolescente Tano (Andrew Bargsted) se va a vivir al sur junto a su padre, mientras los tribunales deciden su destino. Allí conoce a Cheo (Eliseo Fernández), un tímido chico que es molestado en la escuela y que participa de las luchas sociales mapuche. Entre ambos se forja un inesperado lazo fraternal.

Siendo su primer largometraje, la realizadora nacional Claudia Huaiquimilla demuestra un tacto que varios renombrados en la escena carecen. A los pocos minutos de metraje se observa esta calidad sin esfuerzo de los buenos trabajos, que se describen así porque están filmados con una delicadeza y realismo que dan la impresión de que funcionan por su propia cuenta. Naturales y transparentes. Esta sensación responde a, en realidad, un desempeño de dirección maduro y dedicado, con pretensiones coherentes, un sentido terrenal y altura de miras. Está Huaiquimilla detrás del lente y del guion, una posesión sobre la historia que reluce. La película funciona a dos bandos: por un lado, avanza la trama de Tano con su adaptación a la escuela, la convivencia con su padre, su amistad con Cheo y su deber de no involucrarse más en problemas. Y al mismo tiempo se desarrolla el conflicto entre la comunidad mapuche a la que la familia de Cheo pertenece y el Estado por la presencia de una fábrica tóxica en la zona. Ambas líneas argumentales se entrecruzan de manera orgánica y bien pensada, con un objetivo que su creadora tiene claro y que, por tanto, registra con solidez.

Ambas tramas se entremezclan porque son, después de todo, analogías. Las dos responden a las paupérrimas políticas de estado en Chile, cargadas de ignorancia, negligencia y exclusión. Decisiones que se toman por patanes entre cuatro paredes y que reverberan en millones de personas. La historia de Tano, un joven delincuente de clase baja abandonado por su madre, víctima de violencia por el padrastro, hijo de un padre apenas presente y que está obligado a no caer en ningún lio con tal de que la asistente social no dé cuenta a tribunales y no termine en el SENAME, es la historia de la comunidad mapuche de Cheo que no tiene más opción que protestar ante los abusos de las empresas que no son fiscalizadas, y entonces son culpados de agresivos. A Tano no se le da chance, como tampoco a la gente de Cheo. Ellos, pobres e indeseados, son segregados. Círculos viciosos que, como tales, no acaban.

Hay un trabajo fotográfico naturalista, porque no podía ser de otro modo. La cámara respira conforme observamos las andanzas del protagonista, la escala de planos no es ni impersonal ni melosa, y la iluminación se mantiene grisácea, a tono con el estado de ánimo del relato. Tanto el arte como el vestuario son verosímiles, encajando de nuevo con esta estética híper-realista de la cinta que se debe recalcar que es un logro –hay precariedad (sin ser miseria lacrimógena) que se siente verdadera, tangible, como en cualquier hogar de clase trabajadora. No hay sutiles mejorías publicitarias. Tano come su pan con huevo en esta mesa de madera, sin mantel y sin plato donde apoyar el pan. Muy chileno.

Todo el reparto está correcto, y es refrescante ver a Pérez-Bannen en otra cosa aparte de galán, pero sin objeción el que destaca es Bargsted. Tras “Nunca Vas A Estar Solo” (2016) continúa demostrando que es uno de los rostros nuevos interesantes: un actor valiente y versátil, que entrega sus líneas con espontaneidad y porta una fuerte carga dramática. Junto a Fernández -que ya había trabajado con la directora en el corto “San Juan, La Noche Más Larga” (2012)- le dan vida a dos amigos tan improbables como entrañables, aportando cada uno con sus polarizadas personalidades que encuentran en punto en común en sus atribuladas infancias y sentir marginal. Es una amistad evasiva, de gestos silentes pero cómplices.

Una brisa de aire fresco en términos artísticos y no tanto en términos de contenido –no porque sea débil, sino por la gravedad de lo que narra que de frescura no tiene nada–. Una temática triste, desalentadora, que genera impotencia; personajes atrapados en una realidad indolente, enfrentados a un sistema que por ellos no da un peso. Un título sabio, de doble lectura, que habla del prejuicio ante una relación de hermandad disfuncional en la teoría, pero enriquecedora en la práctica. Sólo vale aplaudir a Huaiquimilla, porque tiene bastante de qué enorgullecerse. “Mala Junta”, más que una película bien hecha, es una película necesaria.

Por María José Álvarez

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Maléfica: Dueña del Mal

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Maléfica

El estreno de producciones animadas Disney en versiones live action ha traído discusiones frente a la real relevancia que dichas cintas tienen en el panorama actual. Y lo cierto es que la curiosidad de la audiencia asegura el éxito comercial. Sin embargo, el duplicado de estas producciones, dejando a un lado la originalidad de sus primeras versiones, obliga a recurrir a una expansión un poco más libre sobre la interpretación de los cuentos clásicos que inspiraron las obras del estudio. En este caso, el estreno de “Maleficent” en 2014 insinuó ciertos elementos que pretendían otorgar frescura a la reinvención de la malvada antagonista de “Sleeping Beauty” (1959).

Luego de varios años de los hechos ocurridos en la primera cinta, “Maléfica: Dueña del Mal” se centra en la relación que la oscura hada (Angelina Jolie) tiene con Aurora (Elle Fanning), luego de que esta anunciara su matrimonio con el príncipe Phillip (Harris Dickinson). La unión entre el reino y el páramo traerá rencillas entre humanos y hadas, poniendo a Maléfica y Aurora en lados opuestos para, a la vez, enfrentarse a un enemigo en común.

La primera cinta, con énfasis en la oscura hada, centraba su atención en cómo la traición forjaba las motivaciones de Maléfica, llevándola a actuar en venganza, siendo este su principal motor. La villana, que aparecía en la cinta original de 1959, se despojaba de un velo superficial, permitiendo escarbar entre sus profundas heridas y dejando entrever las razones para seguir con un plan trazado desde el momento en que se vio decepcionada con la raza humana.

Esta segunda parte deja a un lado la exploración de Maléfica hacia su pasado, concentrándose principalmente en su relación con Aurora y cómo juntas han mantenido la paz entre las criaturas del páramo y el reino de los humanos. Entre ellas se ha forjado un lazo cercano al de madre e hija, y los momentos retratados a solas dan cuenta de cómo su relación ha evolucionado y, al mismo tiempo, sitúa la urgencia cuando la paz que han construido se ve amenazada por el miedo y el poder de una fuerza externa que aparece temprano en el desarrollo del relato.

Una vez separadas, la cinta se toma el tiempo para explorar un lado más vulnerable de Maléfica, el que tiene relación con el origen de su raza y la forma en que la nueva conexión con los de su especie servirá como llama para encender una lucha interna que se veía apagada. Sin embargo, la exploración de aquel lado es trabajado de tal manera, que sólo la superficie es visible, pero no deja espacio para profundizar en cómo este descubrimiento realmente afecta a la protagonista, otorgando a la audiencia llenar ciertos espacios sólo gracias a las reacciones que el personaje tiene frente a ciertos estímulos.

La construcción visual del mundo ficticio donde habitan los personajes está basada principalmente en CGI, recurso que apoya la exploración de un mundo que sobreexplota colores y el diseño de algunas de las criaturas que habitan el lugar. El uso de imágenes creadas digitalmente está justificado frente al mundo de fantasía que se está presentando, pero, al mismo tiempo, su uso afecta visualmente la interacción entre humanos y criaturas, por lo tanto, es necesario entrar en este universo con ojos crédulos frente a lo que ocurre en pantalla.

Dirigida claramente para un público infantil, “Maléfica: Dueña del Mal” no reúne el mínimo compendio de características para sostenerse como una secuela necesaria, olvidando los elementos que le otorgaron frescura a su antecesora y fallando principalmente en la exploración de su protagonista, quien con sus apariciones no justifica la existencia de esta producción.


Título Original: Maleficent: Mistress of Evil

Director: Joachim Rønning

Duración: 118 minutos

Año: 2019

Reparto: Angelina Jolie, Michelle Pfeiffer, Elle Fanning, Ed Skrein, Chiwetel Ejiofor, Juno Temple, Sam Riley, David Gyasi, Lesley Manville, Imelda Staunton, Harris Dickinson, Jenn Murray


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