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Luz de Luna Luz de Luna

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Luz de Luna

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Hace unos días, “Luz de Luna” se convirtió en una ganadora del Oscar a Mejor Película un tanto peculiar. Es la primera de temática gay, la segunda en representar personajes afroamericanos, y es una de las producciones de menor presupuesto en llegar tan lejos, sin un reparto conocido y hecha -al parecer- sin las intenciones de recolectar premios. Quizás la motivación de galardonarla venía de una Academia que quiere ser vista como más progresiva (los últimos años ha sido duramente criticada por su falta de inclusión), pero independiente de ello, lo importante es que el impacto del Oscar logrará que más gente vea y comente la película, sometiéndose a una historia necesaria y poco representada.

“Luz de Luna” empieza con Little (Alex Hibbert), un niño callado y más pequeño que sus compañeros, que corre para evitar que le den una golpiza. Dejado de lado por su madre drogadicta y sin entender su identidad sexual, Chiron (su verdadero nombre) acepta el apodo con el que los demás lo disminuyen y crece en un ambiente de violencia, negligencia y abandono. El siguiente episodio de la película nos lleva años después, con Chiron (Ashton Sanders), ahora adolescente, aún de pocas palabras, escondiéndose del bullying de sus pares y con la situación con su madre más descontrolada.

Sólo cuando llegamos a la tercera viñeta, con Chiron adulto (Trevante Rhodes) y alejado de la ciudad en que creció, podemos empezar a entender cómo lo vivido le ha afectado y le ha llevado a querer alejarse tanto de quién solía ser. Son tres actos llamados por el nombre con el que el personaje se identifica en cada etapa y un logro no menor de la película es que fluya como una misma historia, retratando a una misma persona a través de su vida para mostrar las consecuencias de su soledad, y que el total sea mayor que la suma de sus partes.

Cuando Juan (Mahershala Ali), un traficante del barrio que se encariña con Chiron y lo apadrina, le dice que en algún punto tendrá que decidir quién va a ser, y la película se declara abiertamente como una historia de identidad. Sólo que, en vez de la búsqueda, como estaríamos más acostumbrados a ver, es la negación de esta. Así, el miedo provocado por la violencia que hemos visto en la infancia de Chiron se convierte en la represión que lo persigue por años, y la película se vale de miradas y las cosas que no se dicen para enfatizar este punto.

El silencio nos hace entender que cada palabra de Chiron, aunque sea un murmullo poco elocuente e indirecto, es información vital sobre lo que él decide mostrar y expresar de sí mismo, lo que lleva a un clímax que no es más que una corta conversación, pero que no por eso es menos intenso. El guion, a diferencia de la cámara e iluminación, busca pocas veces ser poético o demasiado expresivo. La obstinación de la cinta por el naturalismo en las palabras y caracterizaciones de los personajes asegura que se está representando a gente que existe, haciendo un poderoso llamado a la empatía y dando licencia a que se experimente más libremente desde la forma.

Barry Jenkins, trabajando una historia innegablemente personal, se detiene en varios momentos como pequeñas cápsulas visuales donde los diálogos no son importantes: clases de nado en el mar, el reflejo en el espejo antes de una decisión o la mirada amenazante de la madre que la muestra por quien realmente es, son momentos ralentizados o reiterativos, estilizados desde una iluminación a veces bordeando lo teatral, acompañados de una banda sonora clásica y ostentosa para crear con emotividad momentos de intimidad y complicidad. Y aborda de la misma manera las secuencias de mayor exposición y vulnerabilidad del personaje, que se sienten más dolorosas para él que el abuso físico: siempre con el énfasis puesto en la compasión.

“Luz de Luna” parece entender la fuerza de una película como ventana a la vida de otras personas y su sufrimiento, así como la responsabilidad que tiene de mostrar los problemas y las vidas de sus personajes con empatía y afecto, para así generar en otros lo mismo. Esa es razón suficiente por la que la gente debiese ver “Luz de Luna”, más allá de cualquier premio.


Título Original: Moonlight

Director: Barry Jenkins

Duración: 111 minutos

Año: 2016

Reparto: Trevante Rhodes, Naomie Harris, Mahershala Ali, Ashton Sanders, André Holland, Alex R. Hibbert, Janelle Monáe, Jharrel Jerome, Shariff Earp, Duan Sanderson, Edson Jean


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Midsommar

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Midsommar

“Midsommar”, el segundo largometraje de Ari Aster, logra reafirmar un estilo particular de dirección para abordar el terror. A diferencia de “Hereditary” (2018), su película anterior, aquí la idea de la ritualidad es abarcada desde una puesta en escena que ya no es oscura y nocturna, sino que totalmente iluminada para transmitir una idea pureza y virginidad.

Dani (Florence Pugh) es una joven estudiante que acaba de sufrir el fallecimiento de su hermana y de sus padres. Christian (Jack Reynor), su pareja, es el único lazo que la contiene frente a sus constantes crisis, pero la relación de ambos se encuentra en un momento de inestabilidad. Dani se entera por el grupo de amigos de él de que viajarán todos juntos a Suecia, donde se celebrará un evento especial de la comunidad a la que uno de ellos perteneció. Por compromiso, Christian decide invitarla. Entregados a admirar y participar de este festival de verano, al poco tiempo son testigos de rituales que son a lo menos duros de mirar, y de los cuales inevitablemente se van volviendo parte, hasta convertirse en pilares fundamentales de la celebración.

La construcción de esta historia gira en torno a lo desconocido y lo ajeno que resulta para los personajes todo lo que está por ocurrir en esta semana de festividad de acuerdo a las creencias de los mismos participantes. Sin embargo, estas son mostradas con antelación al espectador, por lo que el desarrollo de la película no estaría marcado precisamente por la sorpresa de los acontecimientos, y más bien se avanza a través de ella como compañeros de su protagonista, interpretada por Florence Pugh, quien encarna perfectamente a este personaje atormentado y confundido, siendo parte de un universo que no entiende, pero del que se sumerge casi sin darse cuenta.

Si bien, el guion juega con darle un carácter de “cultural” o una justificación religiosa a las acciones de sus antagonistas –ya que los mismos personajes mantienen la intención de una investigación antropológica–, no profundiza en ello, para así dejarnos principalmente con la sensación de terror frente a imágenes crudas que no pueden ser fácilmente entendidas por quienes no somos parte de esa espiritualidad, la que, a su vez, pareciera tener un futuro ya predeterminado.

Ari Aster crea así una atmósfera de ensoñación acorde a los estados de sus personajes, drogados con las pócimas, la belleza del lugar y lo extraño de los distintos acontecimientos. El Midsommar es representado desde la dirección de arte a través de un espacio que se presenta como pulcro y perfecto, con los colores cálidos del verano y el colorido de las flores. La fotografía, por su parte, forma una especie halo blanco que remite a un lugar paradisíaco, bañado con la luz del sol, el que se distorsiona de manera interesante en ciertos momentos para enfatizar un estado mental abierto a “la influencia”.

La calidad en las distintas áreas técnicas del cine del director logra formar una pieza de valor artístico que es sin duda un aporte para el género de terror, sin embargo, si bien aquí de todas maneras juega con elementos de suspenso a través de la música o sus movimientos de cámara, “Midsommar” no resulta una película que deje con una sensación constante de demasiado miedo ni terror, sino más bien de una espera frente a lo que está por venir y una contemplación constante.

Conociendo a grandes rasgos los elegantes mecanismos técnicos que le dan a Aster un carácter de autor al que vale la pena seguir el rastro, su tercer filme exigirá dar un paso más allá respecto de cómo abordar situaciones “terroríficas”, donde quizás su mayor desafío sea el de seguir mezclando una buena historia de terror o suspenso con una hermosura de imágenes y sonidos que le den otra capa de profundidad o, al menos, algún tipo de cuestionamiento de la misma, y así poder ver las dos caras de la moneda, es decir, poder percibir lo “especial” que ve el antagonista respecto a eso que a nosotros nos da terror. En este sentido, no remitirse al susto exclusivamente por lo brutal e inesperado, sino que enlazarlo con una mirada artística, que necesite cada vez menos sustentarse en los clichés, continuando también con una construcción de personajes y dirección de actores impecable, que puedan transmitirnos una historia completamente ajena al espectador, pero a la vez cercana y posible.

“Midsommar” resulta una película que aborda el terror desde un interés cercano a la antropología, que, al igual que “Hereditary”, explora la idea del ser parte de una comunidad con ciertas creencias y tradiciones que ya tienen un plan establecido para los protagonistas, y de los que ellos no están enterados, pero que, en el caso particular de esta cinta, propone crear un contraste entre prácticas brutales y una apariencia visual pura o virginal, idea que pudo haber sido explotada más profundamente para generar un impacto potente en el espectador, y que acá no se consigue del todo. De todos modos, cabe destacar que, en lo que va de su filmografía, Aster logra unas gloriosas escenas finales, que dejan con una sensación perturbadora e incómoda de, a pesar de todo, estar admirando algo realmente bello.


Título Original: Midsommar

Director: Ari Aster

Duración: 147 minutos

Año: 2019

Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Will Poulter, William Jackson Harper, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Vilhelm Blomgren, Julia Ragnarsson, Anna Åström, Anki Larsson


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