Luz de Luna

jueves, 2 de marzo de 2017 | 2:17 am | No hay comentarios

Título original:

Moonlight

Dirigida por:

Barry Jenkins

Duración:

111 minutos

Año:

2016

Protagonizada por:

Trevante Rhodes, Naomie Harris, Mahershala Ali, Ashton Sanders, André Holland, Alex R. Hibbert, Janelle Monáe, Jharrel Jerome, Shariff Earp, Duan Sanderson, Edson Jean

Hace unos días, “Luz de Luna” se convirtió en una ganadora del Oscar a Mejor Película un tanto peculiar. Es la primera de temática gay, la segunda en representar personajes afroamericanos, y es una de las producciones de menor presupuesto en llegar tan lejos, sin un reparto conocido y hecha -al parecer- sin las intenciones de recolectar premios. Quizás la motivación de galardonarla venía de una Academia que quiere ser vista como más progresiva (los últimos años ha sido duramente criticada por su falta de inclusión), pero independiente de ello, lo importante es que el impacto del Oscar logrará que más gente vea y comente la película, sometiéndose a una historia necesaria y poco representada.

“Luz de Luna” empieza con Little (Alex Hibbert), un niño callado y más pequeño que sus compañeros, que corre para evitar que le den una golpiza. Dejado de lado por su madre drogadicta y sin entender su identidad sexual, Chiron (su verdadero nombre) acepta el apodo con el que los demás lo disminuyen y crece en un ambiente de violencia, negligencia y abandono. El siguiente episodio de la película nos lleva años después, con Chiron (Ashton Sanders), ahora adolescente, aún de pocas palabras, escondiéndose del bullying de sus pares y con la situación con su madre más descontrolada.

Sólo cuando llegamos a la tercera viñeta, con Chiron adulto (Trevante Rhodes) y alejado de la ciudad en que creció, podemos empezar a entender cómo lo vivido le ha afectado y le ha llevado a querer alejarse tanto de quién solía ser. Son tres actos llamados por el nombre con el que el personaje se identifica en cada etapa y un logro no menor de la película es que fluya como una misma historia, retratando a una misma persona a través de su vida para mostrar las consecuencias de su soledad, y que el total sea mayor que la suma de sus partes.

Cuando Juan (Mahershala Ali), un traficante del barrio que se encariña con Chiron y lo apadrina, le dice que en algún punto tendrá que decidir quién va a ser, y la película se declara abiertamente como una historia de identidad. Sólo que, en vez de la búsqueda, como estaríamos más acostumbrados a ver, es la negación de esta. Así, el miedo provocado por la violencia que hemos visto en la infancia de Chiron se convierte en la represión que lo persigue por años, y la película se vale de miradas y las cosas que no se dicen para enfatizar este punto.

El silencio nos hace entender que cada palabra de Chiron, aunque sea un murmullo poco elocuente e indirecto, es información vital sobre lo que él decide mostrar y expresar de sí mismo, lo que lleva a un clímax que no es más que una corta conversación, pero que no por eso es menos intenso. El guion, a diferencia de la cámara e iluminación, busca pocas veces ser poético o demasiado expresivo. La obstinación de la cinta por el naturalismo en las palabras y caracterizaciones de los personajes asegura que se está representando a gente que existe, haciendo un poderoso llamado a la empatía y dando licencia a que se experimente más libremente desde la forma.

Barry Jenkins, trabajando una historia innegablemente personal, se detiene en varios momentos como pequeñas cápsulas visuales donde los diálogos no son importantes: clases de nado en el mar, el reflejo en el espejo antes de una decisión o la mirada amenazante de la madre que la muestra por quien realmente es, son momentos ralentizados o reiterativos, estilizados desde una iluminación a veces bordeando lo teatral, acompañados de una banda sonora clásica y ostentosa para crear con emotividad momentos de intimidad y complicidad. Y aborda de la misma manera las secuencias de mayor exposición y vulnerabilidad del personaje, que se sienten más dolorosas para él que el abuso físico: siempre con el énfasis puesto en la compasión.

“Luz de Luna” parece entender la fuerza de una película como ventana a la vida de otras personas y su sufrimiento, así como la responsabilidad que tiene de mostrar los problemas y las vidas de sus personajes con empatía y afecto, para así generar en otros lo mismo. Esa es razón suficiente por la que la gente debiese ver “Luz de Luna”, más allá de cualquier premio.

Por Ignacio Goldaracena

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