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Lucy

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Si hay un punto que concederle a Luc Besson, independiente de la preferencia personal, es su preocupación por dar vida a personajes femeninos poderosos e innovadores en una industria que nos tiene acostumbrados a encumbrar al hombre como el héroe. Es probablemente su principal carta de presentación, de igual manera que es la excéntrica y, por ende, algo incomprendida conjunción de acción, humor negro, ciencia ficción y romance que suele imprimir en su filmografía. Al francés se le nota que disfruta haciendo sus películas, les tiene cariño, hay un dejo de auto-indulgencia en ese afán de insistir con las situaciones bizarras, ritmos vertiginosos, estéticas arraigadas a la cultura pop y ese toquecito de surrealismo que a instantes impide tomar sus cintas demasiado en serio. Guste o no, el sujeto se arriesga, juega e inventa como un niño hiperactivo que no descansará hasta obtener lo que desea. Porque, en efecto, la mejor forma de describir “Lucy” es como su más reciente capricho.

LUCY 01Obligada por su amante narcotraficante, Lucy (Scarlett Johansson) se involucra en el negocio comandado por  Mr. Jang (Choi Min-Sik). Su labor es portar en el estómago una peligrosa droga que deberá transportar desde Taiwán a Europa, sin embargo, el paquete se le rompe en el camino, y su organismo en vez de colapsar ante la sobredosis, reacciona fortificando su inteligencia hasta el punto de dotarla de habilidades literalmente impensadas para un mortal. El fenómeno llega a oídos del profesor Norman (Morgan Freeman), quien ha dedicado su vida al tema y verá en Lucy a la primera persona en usar la capacidad total del cerebro humano.

La película consta de una velocidad frenética que le juega a favor y en contra en partes iguales. Por un lado la dota de una agilidad que mantiene el ritmo fresco y encendido en todo momento, inspirado en tratamientos cercanos a la publicidad y el videoclip, que a estas alturas se ha vuelto costumbre en producciones modernas y que, más allá de la calidad de su aporte al cine, proyectan un espectáculo visualmente seductor. Pero esa es la superficie, ya que al momento de colaborar con el discurso que pretende plasmar el argumento, ese ritmo descalabra el objetivo. Jugar con el ritmo es válido, está bien coquetear con lenguajes dinámicos, no obstante, el recurso se torna antojadizo cuando deja de ser proporcional al texto. La temática del tiempo es el común denominador, su importancia es subrayada una y otra vez, pero en pantalla somos testigos de una serie de aceleramientos que no sólo acaban siendo excesivos (y tal vez derechamente insufribles), sino que también impiden profundizar en la premisa en cuestión.

LUCY 02Hay un afán tan obsesivo porque todo luzca rápido con tal de metaforizar sobre nuestro modo de vida actual, donde nos movemos de tal forma que acabamos insensibilizados respecto a nuestro alrededor, que ese mensaje figurativo se pierde porque la misma película resulta vacía en su fondo. Es el mayor error de la cinta; su tratamiento no le ayuda. Termina cayendo en su propia trampa. Pretende ahondar en temáticas contingentes a través de una estructura que se asemeja a la de una exposición académica con sus comparaciones con el mundo animal, tiene ambiciosas aspiraciones de ensayo medio filosófico-medio científico con sus cuestionamientos sobre nuestros orígenes, cómo hemos construido paradigmas con tal de comprender el universo y qué hemos hecho con ellos, pero esas no son más que interrogantes que se quedan flotando en un ambiente nebuloso, donde sólo logra distinguirse su cualidad estética. Curiosamente, sus fallas se asemejan a la de su contemporánea “Transcendence: Identidad Virtual” (2014); leyéndolas en perspectiva, ambas son primas que coinciden tanto en su tópico central como en las características de su protagonista y sus falencias.

Johansson, la reina absoluta del foco de atención, despliega un desempeño aceptable para un rol físicamente llamativo, pero que tampoco exige demasiado en términos de complejidad interna. Esto resulta engañoso, porque en primera instancia Lucy da luces de una personalidad desenvuelta y fascinante que marcará una diferencia, sin embargo, esa ilusión se desvanece demasiado pronto como para lograr apreciarla como personaje icónico del todo. Por desgracia, es la gran sensación que se genera a lo largo de todo el metraje: que las acciones ocurren con demasiada prisa y, entonces, todo aquello que tenía potencial para ser grande va quedando en el camino, siendo el desarrollo de la heroína la víctima que la saca más cara, lo que bajo ninguna circunstancia es un error remediable, a raíz de que Lucy es el motor del film, y si el motor decepciona, entonces el resto del engranaje lo hace en reacción encadenada. Da la impresión de que Besson se encontraba tan ansioso por materializar su idea de esta mujer superhumana cuya existencia pondría en cuestionamiento nuestra perspectiva de LUCY 03la vida, que pasó por alto la necesidad de entregarle el tiempo suficiente para armarla a cabalidad como personaje que, a través de su transformación, realmente fuera capaz de dejar huella.

“Lucy”, tanto la película como su figura principal, se queda como un esbozo de un concepto a primeras irresistible, mas eventualmente desencantador conforme se desenvuelve frente a nuestros ojos a una velocidad que, aunque engancha a nivel de envoltorio, arruina en el contenido. En cintas como estas es fácil –y entendible- quedarse con ese exterior atrayente, donde el ritmo atrapa, la música envuelve y la protagonista porta esa actitud intrépida que cualquier muchacha envidiaría, pero cuando es la misma obra la que explícitamente aspira a ser un documento de reflexión e intelectualidad, no basta conformarse con el espectáculo. Es más, no debiera ser tan explícita en su intención en primer lugar, pues eso implica construir promesas que no sabe concretar, y gozar de un subtexto lo bastante macizo para prescindir de un texto tan directo. Esto no la convierte en una mala película, en todo caso, sólo en un imperfecto intento más de su inquieto realizador por impactar.

Por María José Álvarez

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Minari

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Minari

“Minari” exhibe, a través de un relato sencillo, la historia de una familia coreana que llega a fines de los años ochenta a Arkansas, Estados Unidos, buscando la oportunidad de progresar a través del cultivo de vegetales coreanos, con el fin de venderlos a la creciente comunidad de dicho país. Desde que llegan al terreno donde se ubica la nueva casa familiar, el padre se ve obligado a contagiar de su propio optimismo al resto de la familia, en especial a su esposa, quien no puede evitar mencionar detalles que en un principio parecen anunciar la ruptura de la visión idílica del nuevo hogar.

Dentro de lo que parece ser una caravana sostenida sobre pilares y ruedas, se construye con resignación el nuevo hogar. Los niños parecen aceptarlo y adaptarse, pero la madre parece extrañar la ciudad desde un principio. La abuela llega de Corea con el propósito de acompañar a sus nietos, pero principalmente a su hija, a quien le cuesta lidiar con la soledad que provoca el aislado lugar.

En este punto la historia se convierte más que el sueño de una familia, en la concreción de los planes que el padre quiere cumplir para probarse a sí mismo de que es capaz de reescribir su historia, y eso resulta bastante original en la trama, ya que da espacio para que los demás personajes puedan abordar sus propias inquietudes en paralelo a algo común como el éxito de un proyecto que tiene el potencial de mejorar las condiciones de vida que afecta a la familia. También se percibe la necesidad de la madre no sólo de sacar adelante a sus hijos, sino que también de integrarse a una comunidad o, a lo menos, recuperar partes de su vida pasada, y con una poco convencional abuela ayudando a su nieto en la lucha silenciosa por superar sus propios límites.

El eje del conflicto de “Minari” se centra en la relación del matrimonio, que comienza a dar las primeras señales de un problema más profundo a través de los diálogos que se refieren a decisiones del pasado, cuyas consecuencias parecen situarse con más fuerza en el presente. Esto es justamente lo que coloca una mayor presión en el resultado de la cosecha, convirtiéndose en un acontecimiento decisivo, ya no sólo para mejorar las condiciones económicas de la familia, sino que también para evitar el desencanto definitivo de su mujer. Si bien, la premisa es bastante sencilla, la clave parece ser la naturalidad con la que transcurre la historia, y en este sentido no es necesario saturar al espectador de explicaciones o diálogos para imaginarse el camino por el que transitó la familia para llegar hasta ahí y lo que verdaderamente está en juego.

La película tiene varios elementos dramáticos, pero van develándose progresivamente, evitando la sensación de agobio que podría provocar este tipo de enfoque. En este sentido, aparte del conflicto principal constantemente presente, los acontecimientos cotidianos logran elaborar una construcción sólida de las características de los personajes y consiguen que el espectador empatice y, por momentos, se divierta con lo que sucede. El problema se presenta al mostrar las emociones de los personajes, ya que no se alcanza a profundizar en ellas, tornándose superficial a ratos en este aspecto. Esto lleva a que se vea un poco caricaturizada la figura de la abuela y que los sentimientos entre el matrimonio sólo se manifiesten en las partes en que discuten, mostrándose en las demás escenas su relación como en una especie de piloto automático. El intento de integración a la comunidad se anuncia como algo relevante, que termina por no tener ningún impacto, quedando como un antecedente más que hubiera sido interesante conocer.

En otras destacadas películas coreanas, el elemento metafórico también ha rodeado la trama, tal como se observa por medio de la piedra en “Parasite” (2019) y el palo de golf en Bin-Jip” (2004). En el caso de “Minari”, Lee Isaac Chung incorpora un vegetal que, según entienden los mismos protagonistas, renace aún más fuerte después de morir, lo que deja entrever una luz de esperanza, pese al último acontecimiento que golpea a la familia. La planta también crece y se afirma en un lugar improbable, reflejo de la fortaleza de la acción de emigrar a una cultura absolutamente diferente, que en esta historia se transmite por el esfuerzo culminante para lograr el anhelado sueño americano que parece acercarse y alejarse en distintas ocasiones.

En definitiva, el mérito de “Minari” no se encuentra en la temática de fondo porque no es novedosa; se han hecho numerosas películas sobre inmigración que incluso muestran un camino mucho más sufrido. Lo que sí es posible destacar es la forma en que se exhibe la historia, dando un espacio a todos los personajes y mezclado una situación que puede parecer desesperanzadora con situaciones cómicas, dando un respiro a la trama, y la aparición de la abuela es clave para este fin, convirtiéndose poco a poco en un personaje que posiblemente será capaz de quedar en la mente de los espectadores. Estos elementos compensan el hecho de que las emociones no alcancen a tocar del todo a los personajes y pone el foco en el curso de la historia, que se acelera de forma muy efectiva en el desenlace, terminando en un excelente final.


Título Original: Minari

Director: Lee Isaac Chung

Duración: 115 minutos

Año: 2020

Reparto: Steven Yeun, Han Ye-ri, Youn Yuh-jung, Alan S. Kim, Noel Cho, Will Patton, Scott Haze, Eric Starkey, Esther Moon, Tina Parker, Darryl Cox

 


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